Pocas cosas resultan tan agradables en esta vida como la genuina pereza dominguera, esa que hace que despierte sin levantarme, con un libro en la mano y una película en la pantalla, sin ganas de moverme, ducharme o cualquier otro gesto que obligue a la acción. Tras mucho esfuerzo traslado mi cuerpo al cubículo sanitario, me entrego al noble acto de la defecación, cepillo mi dentadura y vuelvo a la colchoneta otras dos horas, seis largos capítulos, hasta que acumulo energía suficiente para trasladarme al sofá a seguir con la lectura. La modorra es insuperable. Bostezo entre página y página hasta que en algún punto de la historia me duermo una vez más. Sueño con rostros anónimos.
Hacer nada es el mejor plan para un domingo anodino. Es decir, entregarse al zapping, leer un par de periódicos y revistas, comer cualquier cosa que no requiera ser cocinada, apagar el teléfono, olvidar la computadora, soñar despierto, dormir de día. A eso me dedico, a vagar de una idea a otra mirando el techo con atención. De fondo, la narración del fútbol me adormece, aunque quizá la culpa sea de la cerveza (el café, abandonado a un lado, hace rato que dejó de humear). De hecho, ni siquiera tengo ganas de escribir...
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Hueva —o güeva—, es una mexicanísima palabra utilizada para designar una pereza superlativa, única, y metaforea en torno a un supuesto peso testicular causante de tal inmovilidad. Así, echar la hueva (o tener hueva) es el estadio supremo del inhacer, del inactuar, del nihilismo más profundo e inmediato. Es la máxima institución nacional, prima hermana de la siesta, y sin duda la autoridad a la que ofrendo mis domingos.
Un domingo sin hueva es antinatural, impropio de un día en el que hasta el creador se entregó a ella, según aseguran quienes saben del tema. Pero hay huevas que van más allá de la pereza y rozan el aburrimiento, la indiferencia e incluso el desagrado. Hay personas, situaciones y cosas que dan hueva, y nada cambia esa percepción una vez establecida.
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Me ducho con desgano, me visto con lo primero que encuentro y salgo de casa convencido de mi inusitada capacidad para hacer nada. Por paradójico que parezca, es la pereza la que me mueve: el hartazgo de estar en casa, el aburrimiento, el cansancio que produce echar la hueva. Camino guiado por imágenes que fotografío con desgano. La ciudad está llena de instalaciones naturales, detalles aquí y allá que conforman la imaginería popular de la urbe. Los puestos callejeros o los negocios familiares se anuncian con complejas decoraciones polícromas, algunas de indudable buen gusto y exquisita provocación. No hay hueva en esas puestas en escena de honda tradición altarística (en una esquina casi tropiezo con un zigurat edificado con neumáticos viejos); lástima de las decoraciones navideñas que insisten en afear la ciudad —¿qué adjetivo utilizar para esos automóviles «adornados» con cuernos de reno?
Paso junto a un puesto de máscaras de luchadores y una veintena de lánguidos rostros vacíos y colgantes, dalilianos, me miran con ojos huecos. Más adelante, un muro de dulces detiene mi andar con su colorida composición geométrica. Así avanza el comercio: decorándose, exhibiéndose con más o menos pudor. Es sin duda ese exhibicionismo lo que seduce de esta urbe megalómana; el insistente ¡mírame! que a veces se expresa con combinaciones imposibles de pigmentos varios, y a veces con imágenes y construcciones por entero descontextualizadas. El interior de un taxi puede recordar a una iglesia, el camión a un circo ambulante y el mercado a una galería de art-brut...
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La artesanía mexicana no se limita a la reproducción de imaginerías prehispánicas, sino que se nutre de la modernidad industrial. Las piezas más interesantes del arte popular son aquellas que se apropian de la cultura de masas y la retradicionalizan. Esta apropiación de símbolos contemporáneos preserva un saber-hacer milenario; al actualizarse, la tradición sobrevive. Adquiero un personaje de dibujos animados en madera toscamente tallada; algo hay de prehispánico y a la vez de posmoderno en ese objeto fruto de la colisión de dos mundos, de dos cosmogonías que se encuentran y compenetran en ese preciso instante.
La ciudad está llena de imbricaciones como ésta. El mestizaje no es sólo racial, ésa es apenas la superficie de un proceso que se extiende hasta la raíz misma de la cultura nacional. México está lleno de impunes y deliciosas mezclas entre Mesoamérica, el catolicismo y la modernidad norteamericana, influencia constante desde el siglo XIX. El liberalismo, no lo olvidemos, lo estableció en este país un indígena laico y lo consolidó un emperador austríaco. Son contradicciones como ésta las que dan vida al México moderno y aparecen en todos los rincones de la vida cotidiana (en sus imágenes, en sus músicas, en sus representaciones de sí mismo). La contradicción es el sino de una cultura que se debate entre el ser y el querer ser.
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Todo me da hueva hoy, hasta pensar. Vuelvo a casa con la sensación de inutilidad acrecentada, con la pereza desbordada y el nadismo a flor de piel. Me instalo frente a la pantalla y me entrego a una mediocre y quizá por ello fascinante película del Santo, personaje simbiótico por excelencia. La obsesión por la máscara alcanza con él su grado más alto: superhéroe del cuadrilátero, pasó luego al cine y acabó creyéndoselo en la vida real. Dicen que jamás se despojó de su máscara (quizá una leyenda esparcida por él mismo); en todo caso tenía una extensa colección para toda ocasión, aparecía en público enmascarado y fue velado y enterrado con el rostro cubierto. La máscara deja de ser una herramienta de ocultación para convertirse en la representación de la persona.
La máscara es una constante en la artesanía mexicana; no pocas danzas tradicionales la utilizan en su puesta en escena y diversos héroes populares (incluyendo al subcomandante Marcos) se ocultan tras una. La máscara —decía— no esconde la personalidad, personaliza al individuo. Es identitaria en grado sumo, por eso en la lucha libre como en la vida cotidiana, nada hay más desastroso que perderla (cualquiera puede portar un pasamontañas sin que ello lo vuelva subcomandante; el subcomandante, a su vez, dejará de serlo el día que se lo quite). La máscara, entonces, es la exhibición de un falso e inmodesto anonimato.
Como el de Batman o Spiderman...
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