Clarea a las cinco de la mañana y a las ocho el sol ya está a media asta, irradiando su calor. Despierto entre bostezos, sin prisa, leo poesía en el baño, pongo el café, prendo un cigarro y divago ante el paisaje que es la ventana. Desde la habitación, en lo alto de un pequeño montículo de tierra, o cerro, se divisa el pueblo entero, un sembradío de casas breve como el suspiro. Antiguas viviendas de madera —pintadas de verde, rojo o azul, techo alto de lámina, de dos aguas— conviven con las modernas, de bloque y techo de lámina. Son pocas las casas con techo sólido, y sólo las pudientes viviendas de veraneo, enormes para las proporciones locales —espléndida vista al mar—, se visten de tejas y muros blancos, otorgándoles un falso aire mediterráneo. Es un pueblo agradable, de unos quince mil habitantes, bordeando una bahía en el Pacífico, con botes en sus aguas.
Fue un puerto de relativa importancia a mediados del XIX, cuando el ferrocarril norteamericano aún no llegaba a la costa Oeste y el paso más «corto» era por mar, hasta la costa atlántica de Nicaragua y luego embarcar en este pueblo rumbo a San Francisco. Dicen que en 1866 Mark Twain pasó por aquí. Ahora es frecuentado por el turismo nacional y centroamericano, por surferos gringos que vienen a las playas cercanas, alternativa barata a Costa Rica, y por mochileros que encallan aquí. No hay muchos turistas en estos días, para desespero de comerciantes, hoteleros y artesanos, y placer mío, que disfruto la playa semivacía: unos niños en el mar, parejas agarradas de la mano, fuereños rostizándose en la arena.
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Junto al hostal vive un belga cuarentón, chief y mochilero. Lleva veinte años viviendo así. Cuando encuentra un sitio que le gusta busca trabajo como jefe de cocina —«de preferencia en sitios caros»— y se instala un par de años, hasta que se aburre y sale a explorar otro país. «La verdad —dice—, en Bélgica tenía todo lo que uno puede desear, pero no era feliz. A mí no me gusta trabajar, allá trabajas y trabajas para asegurarte la jubilación y disfrutar de viejo: yo quiero divertirme ahora». Gana muy bien para los salarios y precios locales, de modo que en efecto, su vida es más placentera aquí, a condición de renunciar a los lujos, a lo superfluo, y sin duda a ciertas comodidades, siempre a favor de otras. Quienes pensamos que el tiempo no es dinero, sino libertad, renunciamos sin chistar al gran salario en la cara metrópolis a favor de uno más modesto, pero eficiente, en la más apartada de las provincias. Mueve su pálido metro noventa y tantos, cabeza afeitada, sandalias de goma, y de la nada aparecen las drogas, las cervezas y el ron. En las noches, el pedazo de acera frente a su puerta es centro de reunión: todo el que pasa saluda, toma un trago o fuma un poco. Es una zona temporalmente autónoma. El jefe de la policía llega, saluda, comparte una broma y se va justo antes de que encendamos el siguiente. Alguien le sugiere al belga que se postule para alcalde.
En el grupo está un nica que vivió treinta años en Miami, con los cubanos, y habla ya como cubiche: «Asere: ¿viste al tronco de trigueña que acaba de pasar?, ¡tremenda papaya, paquelosepas!», y luego sigue con lo que estaba contando antes de distraerse: «Yo volví porque a mí no me gusta vivir allá; aquí soy libre, aunque no tenga nada». Luego llega un guatemaltego que vivió desde los tres años en los Estados, volvió a Guatemala hace menos de una década y no encontró su lugar. Ahora vive aquí, huyendo de la vida ordenada, y cuando se acalora comienza a hablar en un acelerado inglés de barrio angelino. También está un argentino sesentón sumido en múltiples neurosis; y otro nicaragüense, campesino del norte, que ahora administra un hostal. Hay un garífuna que toca la percusión y despierta cada día a las cuatro de la tarde, y un alemán que vive en Costa Rica y odia hablar inglés pero no sabe español. Es sin duda un grupo diverso.
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En el día voy a visitar a los artesanos, una tropa de jovencitos que se mueve por el continente, no sin incontinencia. Encuentro a una pareja de argentinos que salieron hace años de su tierra, se conocieron en México y ahora viajan juntos de vuelta al sur. Hay varios españoles que le han dado algunas vueltas a la «América perdida», un par de chicas israelíes, un italiano o dos, y varios centroamericanos (guatemaltecos, salvadoreños, etcétera). Cuando les va bien hacen cien dólares al día; cuando mal, los hacen al mes. Se compran unos a otros piedras que trabajan y revenden, y recorren las viejas rutas comerciales aztecas, mayas, incas o españolas. Viven al día, adoran al dios Marley rezándole con ganja, son anti-Babylon, muchos, hijos clasemedieros aburridos del trabajo asalariado, de la estabilidad económica y la repetición existencial, hartos de una vida preprogamada, configurada de fábrica. Una de las israelíes habla del conflicto con Palestina: «Es político, claro, pero ante todo religioso», asegura: «Nuestras culturas son muy parecidas; la comida, la música. Compartimos una misma tierra, pero nos separan fes antagónicas». Luego me voy a comer con la señora que asa puerco en la calle y sirve un montón de gallo pinto, que es como aquí llaman al arroz con frijoles.
Ya no hay vendedores de aspiradoras o enciclopedias yendo de puerta en puerta; sólo quedan los artesanos, los vendedores de chinerías (repuestos para celulares, fundas, lentes para el sol) y los de drogas. El Gordo se va a Managua a las 5 de la mañana y vuelve después del mediodía, lleno onzas de esto y de aquello (como en el resto de Centroamérica e islas del Caribe, aquí la unidad de peso es la libra, y para líquidos el galón). El Flor de Caña se vende en cualquier esquina y se bebe sin moderación, por lo que me siento como en casa. La cerveza Toña es el agua purificada. En la madrugada, en los 400 metros distantes entre la disco El cangrejo loco y el centro, los asaltos son habituales. El belga se alegra de que nunca le haya ocurrido a él: «Eso es porque nunca dejas la disco antes de las 7 de la mañana», responde el nica-cubano de Miami. El encargado del hostal ríe, pero en verdad está preocupado por lo mal que va la temporada. Los campesinos intentan malvender sus tierras a los extranjeros: luego se quejarán, dirán que les robaron y que los gringos se quedaron con las mejores parcelas. A pocos kilómetros de la frontera, el tema de la guerra se trata con cierta naturalidad: «Si entramos en guerra con Costa Rica yo cierro el negocio y me voy», dice el chico del hostal. La señora de la tienda de la esquina se inflama: «No vamos a ceder un milímetro ante los ticos: si vienen nos morimos matándolos», dice, y un muchacho que compra pan estalla en carcajadas: «¿Y a qué viene tanto patriotismo?», pregunta con sorna y provocación. No puedo evitar meter la cuchara: «habiendo tantas patrias, ¿tiene sentido morir por una?». Luego, me voy a la playa a fumar de cara al sol, frente al atardecer más bello que he visto en mucho tiempo.
Esto, sin duda, es la paz.
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