La goma

Puerto Viejo de Talamanca, 2011


Así la llaman en América Central. En mi pueblo, allá donde nací, la llaman resaca, como a aquella fuerza que te aleja de la orilla, de la tierra firme. En mi otro pueblo la llaman cruda, aunque dicen que la frase completa es «la cruda realidad». Los franceses se refieren a ese estado con el poético nombre de «hocico de madera» (gueule de bois) y los anglosajones prefieren la imagen de algo que cuelga (hangover). Aquí, decía, se llama goma, y aunque no sé de dónde viene el término estoy seguro que eso es lo que tengo hoy.

Despierto con la certeza de no estar en mi cama (sorprendido, descubro que estoy en una litera). Me levanto con cuidado y un maullido sale de abajo de mi pie. El gato, asustado, sale corriendo (más tarde descubriré que se llama Kiwi y tiene tres meses). El mundo es endeble en mañanas como ésta, y se tambalea mientras hago un esfuerzo sobrehumano para mantener el equilibrio. Es una casa sencilla, en segunda planta, hecha de esa barata madera aglomerada, en el campo. Al fondo del pasillo, una habitación con la puerta cerrada, donde sin duda el dueño duerme. Al otro lado la cocina, que es la estancia principal. Abro la puerta y salgo al balcón a olfatear la mañana. Es temprano, el ruido del mar se escucha allá en el fondo y aquí, a un kilómetro del pueblo, la calma es total, apenas rota por el parloteo de las aves. Estoy deshidratado y de la semivacía refrigeradora (el femenino se usa en toda Centroamérica) obtengo una botella de agua que me sabe a gloria. Tres vasos más tarde, decido que no estoy en condiciones de amanecer y vuelvo a la cama, donde el pequeño gato se acurruca entre mis pies y a cada movimiento mío maúlla en son de protesta. Dos o tres horas más tarde intento un nuevo despertar, pero la cabeza retumba y el cuerpo no obedece. Es mediodía cuando por fin recupero la vertical. Cuando mi amigo despierta comienzo a recordar.

*

Todo empezó en la esquina, bebiendo una inocente cerveza (y luego otra y más tarde una tercera). A las ocho de la noche el francés anuncia el cierre de su negocio, y el suizo y yo comenzamos a preguntarnos qué sigue. Caminamos rumbo a la playa atravesando el pueblo fantasmal, como si la tierra se hubiera tragado a los turistas. Los bares se ven tristes, y cuanto más suben el volumen de la música más se acentúa el vacío. En las calles, los vendedores de brochetas de res, puerco o pollo —la comida rápida de la noche— parecen al borde del desespero. Nos acercamos a uno de esos puestos, con una pequeña parrilla, bajo la luz de dos antorchas hechas con latas y gasolina. El hombre, un moreno grande y fuerte, saluda al suizo con familiaridad: «Este suizo está loco», dice mientras me extiende una mano rocosa, unida a un brazo del diámetro de mi pierna. «¿Quieren comprar pinchos o prefieren otra cosa?», pregunta el moreno tropical con sonrisa de vendedor de autos usados. «Otra cosa», respondemos al unísono, y nos invita un puro de jamaica que forja y enciende ahí mismo, en plena calle, como se acostumbra en este pueblo. Luego, cerveza en mano, nos dedicamos a conversar.

«La noche está mala», anuncia el moreno sin pesimismo: «no he vendido nada, pero esto es así». Es un superviviente, un resolvedor que hace mil trabajitos y negocitos, siendo el de las brochetas nocturnas uno de ellos: «para no aburrirme», dice. Una deliciosa mulata pasa frente al puesto y él murmura que «hay que ser muy macho para meterse ahí». La mulata, en efecto, se ve muy hembra, y al caminar el universo se bambolea al ritmo de tan poderosas nalgas. Podría escribirse un ensayo entero sobre el andar de la negritud, ese increíble ritmo que llevan dentro y que se expresa con cada movimiento, con cada gesto, haciendo del mero acto de la traslación un completo ejercicio estético pleno de sensualidad. La calle, entonces, deviene pasarela; la esquina, la mesa del jurado. Y ahí estamos los tres, boquiabiertos, viendo a la mulata pasar. Al despedirnos del moreno, me hace prometer que escribiré sobre él: «pero cuenta todo, también lo de la mota y la coca», dice, con esa sonrisa que todos los niños exhibimos cuando hacemos algo malo pero bueno.

En la noche, el bar más barato del pueblo es una tienda de licores en una segunda planta, con un largo balcón y un amplio espacio interior con unas pocas mesas y sillas. Ahí nos instalamos a continuar con la ronda de cervezas. Siempre hay gente en ese sitio, jóvenes y no tanto; locales, turistas y extranjeros; indios, negros, mestizos y blancos. Están dispersos por la sala, el balcón y abajo (afuera), donde está la pantalla sobre la que proyectan los videos musicales que amenizan la noche (por suerte las bocinas están también afuera, lo que permite la conversación a pesar del reguetón). Hay algunas parejas muy jóvenes, otro grupo de mediana edad, un par de turistas algo mayores, que beben y observan lo que ocurre a su alrededor. Hay chicos y chicas que vienen «a ver qué hay»: el sitio es un punto de encuentro, no una mera tienda. Y en medio estamos nosotros, tratando de arreglar el mundo cuando lo cierto es que a estas alturas, estamos ya de espaldas a este. Así, tras mil cervezas, el suizo loco aparece con dos vasos de güisqui: «Keep walking», dice, mientras me entrega un Johnnie sin hielo ni nada.

Creo que fue ahí cuando perdí la memoria...

*

Recuerdo ahora entre brumas que salimos de la tienda en la madrugada, cuando ya todo estaba cerrado. Moríamos de hambre, por eso nos fuimos a casa del suizo, en las afueras del pueblo: él, zigzagueando en su bicicleta oxidada; yo, dando elegantes tumbos por el camino de terracería: ambos hablando a la vez. Supongo que al llegar cenamos y conversamos otro rato, pero en realidad mi siguiente recuerdo se remonta a esta mañana, cuando desperté en la litera con tremendo dolor de cabeza y un gato juguetón enredado entre mis pies.

El suizo preparó un enorme omelette con papas para absorber el alcohol, café cargado para activar las neuronas y luego, vino tinto frío para reiniciar el día. Fue entonces que decidí que era tiempo de volver a casa, caminando por la playa con calma, entregado a la brisa y al paisaje. Con el paseo el dolor de cabeza disminuye, pero no desaparece del todo. La deshidratación golpea mi cuerpo a pesar de la botella de agua que me acompaña en el camino: «Me estoy haciendo viejo», pienso con cierto desgano. Al llegar me ducho, tomo otra taza de café y me instalo en la hamaca (la oficina) con la computadora en el regazo.

Intento entonces escribir sobre la goma, que es lo único en lo que puedo pensar hoy.

Puerto Viejo de Talamanca
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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