A pesar de la exageración y el dramatismo con que uno suele rememorar la infancia, recuerdo (y sobre todo recuerdo a mis padres recordarlo) que en los primeros años de vida visité demasiados hospitales, me pusieron demasiadas inyecciones y pasé demasiadas noches con tos y fiebre. Hasta los cinco o seis años eso fue parte habitual de mi vida, aunque no constante. Jugaba, corría y saltaba como todos los demás, hasta que el frío se apoderaba de mi pecho y el dolor de mi garganta. Con el tiempo la frecuencia de estos ataques se hizo más espaciada y su fuerza menos brutal; aún así, los cambios bruscos de temperatura me descompensan o desconfiguran. Así me ocurrió tras los días en Liberia: allá, un calor infernal; luego, una fría noche en San José y al volver a Puerto Viejo, me recibe la llovizna. Fiebre y un par de días sintiéndome idiota. Justo lo que uno necesita para ser feliz en la grisura del trópico. Cierto malhumor cruzado con excesiva pereza me embarga en los días de calor sin sol: La presión atmosférica aplasta al caminar, lo funde a uno contra el piso (la imagen del chicle pisoteado aparece ante mis ojos). Sin sol todo parece detenerse en el trópico.
Encallo en la esquina de los franceses, junto al supermercado, donde un francés joven y simpático, ex-banquero, tiene un modesto puesto de pollo asado. Toda la comunidad francófona del pueblo llega ahí a tomar el apéro —y yo con ellos, porque en el resto de Centroamérica he balbuceado demasiado inglés—: la propia familia del dueño (su esposa, de apellido Caracol, y su hijos, que parlotean en modo bilingüe y a ratos la mezcla resulta en una suerte de espancés o francoñol); un suizo loco, dibujante, que estalla en carcajadas a la menor provocación; una francesa de cierta edad que tiene una tienda de ropa y adornos; el indio bribrí que se casó con ella y habla el idioma también, y otros comerciantes avencindados aquí, así como viajeros y turistas que se instalan en la esquina al atardecer.
Es una esquina interesante, todos los días ocurre algo, una escena, un diálogo, y siendo un sitio barato vienen locales y extranjeros. Hace unos días presencié una discusión en medio de bromas y exagerados gestos. Un grupo de indígenas (con t-shirts multicolores y automóviles baratos) lanza un fuerte reclamo contra quien se sienta aludido: «Digan lo que quieran, negros de mierda, pero nosotros estábamos aquí antes de que llegaran ustedes», todo dicho en medio de risas, sin duda destinadas a limar cualquier posible aspereza (no es muy inteligente hacer enojar a esos negros de mierda). Mucho tono de broma, pero el reclamo real está ahí: la molestia es comprensible, se intenta vender a este pueblo como una cultura negra nutrida de jamaiquinos, al punto de que se llega a olvidar el pasado indígena. A la vez, para ser una «cultura negra» uno echa de menos la percusión, los tambores, el ritmo, en esta pequeña comunidad más habituada a la batería del reggae (o al electrónico reguetón) que a la percusión pura, a la sacrosanta polirritmia africana y antillana. El colmo se presenta en forma de un joven blanquito europeo medio hippie, que toca el djembé a cambio de monedas. No hay más.
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Tomando el aperitivo en la esquina asisto al fascinante encuentro, o choque, entre una señora francesa, enjuta y entrada en años, y un francés negro y grueso, con pinta de marine. Ella hace artesanías con cuero y piedras «preciosas». Así viaja —como tantos otros que uno encuentra en la ruta—, produciendo y mercando lo que produce. Él, en cambio, vive dos vidas, una aquí y otra en Indonesia («dos casas, dos familias, dos carros, dos bicicletas», asegura), y viaja al otro lado del mundo para volver cargado, entre otras cosas, con miles de collares y pulseras como los que la artesana hace. Ella gana 200 dólares al mes vendiendo su trabajo; él gana diez mil mensuales vendiendo el trabajo ajeno.
La discusión, que por impericia no logro reproducir aquí, parece resumir o al menos contener buena parte de los elementos del debate entre la explosiva y expansiva globalización y el pequeño nacionalismo pueblerino, entre el capitalismo industrial y el artesanal (que no por artesano es menos capitalista, dicho sea de paso). «Lo que haces no es correcto —le recrimina la señora protegiendo lo suyo—: los asiáticos están destruyendo los mercados locales». «Me importa un pito —responde el francés en francés—, yo sólo estoy haciendo dinero». El resto de nosotros sigue la discusión como si fuera un juego de ping-pong (las simpatías van de un lado a otro según los argumentos esgrimidos, y nos sorprendemos y aplaudimos ante un buen saque o un buen remate). Desde luego, en este tipo de discusiones no hay vencedor ni se logra jamás convencer al otro. Tampoco es el caso; sólo los tontos, los necios y los estúpidos discuten con la intención o pretensión de vencer o convencer.
Aún así, admito que cuando el negro francés soltó aquello de los diez mil dólares, todos nos sentimos un poco pequeños y primitivos, como peones feudales o algo aún más bajo. El suizo loco, resumiendo el sentir general, exclamó en medio de risas: «La mató, a la pobre». Creo, en rigor, que el tipo nos mató a todos. Pero no importa, es sólo una discusión.
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Discutir es sin duda uno de mis deportes preferidos. Lo considero un juego, requiere práctica y entrenamiento, ciertas reglas elementales (prohibidos bofetones, sombrerazos y mordiscos, por ejemplo), y al menos dos contrincantes que se reconozcan como iguales aunque opuestos. Las esquinas, desde tiempos presocráticos, parecen ser los sitios idóneos para la disertación pública o privada, el diálogo e incluso el monólogo apasionado. En el trópico, donde todo el mundo camina por el medio de la calle, las esquinas parecen agrandarse y contener al universo entero. Y si en la esquina hay cerveza, la discusión se enormiza hasta alcanzar proporciones trasnochadas. Pero yo estoy distraído, oculto en una esquina de la esquina, con la lata de Imperial colgando de mi mano izquierda, hasta que el francés y el suizo se acercan para preguntar qué me ocurre, «por qué tan distante, llevas días así», etcétera, y yo respondo con languidez, como si fuera un sucio poeta romántico: «No sé qué me pasa, llevo días sin poder escribir. Una frase estúpida, una metáfora de mierda, una pequeña hipérbole, más nada. Estoy bloqueado», declaro, como si eso explicara el bloqueo mismo.
Y el suizo —que está loco— ríe en voz alta: «¡Pero cómo no vas a poder escribir, con la cantidad de cosas que pasan en esta esquina!»...
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