La espera

Tegucigalpa, 2010


Ya estaba presto para partir de Honduras —mochila lista, cuentas saldadas, obligatorias despedidas— cuando un chisme comenzó a circular, aunque con cautela y escepticismo: el retorno de Manuel Zelaya. Después de pasar dos meses leyendo sobre el golpe, hablando del golpe y escuchando mil teorías y explicaciones del golpe, lo menos que mi cerebro reclama es que me quede unos días más, al menos hasta que el Frente, en su próxima asamblea, defina su futuro político inmediato, teniendo en cuenta que se trata de una organización que no nació como partido tradicional, que carece de un corpus ideológico claro y definido (lo he dicho antes, en el Frente hay desde anarquistas hasta liberales) y que, en rigor, es uno de esos movimientos espontáneos que surgen como reacción a los excesos del Poder. Se dice en estos días que Zelaya quizá retorne al país y participe en las próximas discusiones.

Claro que Mel ya no podrá ser presidente; la constitución prohíbe explícitamente la reelección, pero es un líder carismático y popular que sin duda continuará gozando de influencia social. En los pasillos resistentes se comenta que será su esposa, Xiomara Castro de Zelaya, la candidata del Frente en las próximas elecciones. En todo caso, insisto, lo que me interesa no es el ascenso al poder, sino las decisiones y caminos que tome la Resistencia. Por un lado, parece evidente que el Frente tendrá que entrar a la política real, formal, en aras de concretar algunas de sus aspiraciones; por otro, de ninguna manera puede convertirse en un partido tradicional sin perder su fuerza, su multiplicidad y pluralidad. En Honduras la candidatura independiente es una figura electoral reconocida y, presidencia o no, sin duda podrán conseguir algunas diputaciones; pero parece dudoso que el Frente pueda continuar en su actual estadio, condenado a una resistencia que poco a poco se agota, como se agota el voluntarismo.

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Abro el periódico, y una encuesta internacional muestra datos interesantes (un titular reza: «Honduras, el país más conservador de América Latina»). La encuesta divide a simpatizantes y detractores de Mel en democrático fifty-fifty, muestra un rechazo amplio a la asamblea constituyente y a los analistas no les sorprende que los pobres tiendan a la derecha y que la izquierda tenga más influencia en «la clase media letrada». Desde algunos sectores de la izquierda todavía se le reclama a Mel haber insistido en la resistencia pacífica. Hasta donde se sabe, sólo en las dos grandes ciudades del país, los muertos suman ciento setenta, todos puestos por la resistencia, cifra que la izquierda no acepta como «pacífica».

«Mel es un mierda», cuenta un artista resistente, anarquista y radical: «un maldito liberal, un hacendado». En el Frente hay de todo, incluyendo individuos que se consideran resistentes, pero no melistas (cierto culto a la personalidad se adivina). La Resistencia es un conglomerado complejo, y la lucha en su seno, aunque poco evidente, es profunda. Los amigos de la izquierda no ven con buenos ojos que los liberales se apropien poco a poco del movimiento y su gestión política; en el mismo sentido (aunque inverso), mis amigos liberales descreen del izquierdismo que se gesta en el Frente. El divorcio es mutuo; las aspiraciones se oponen, se contraponen. Unos sueñan con el poder, los otros con la destrucción del poder.

El maniqueísmo es el lenguaje de la prensa local. En los periódicos empresariales Zelaya aparece como un protogolpista autoritario que insistía en llevar al país por los caminos del comunismo; en la prensa social, en cambio, lo presentan como un genuino libertador socialista, cosa que tampoco es. Los periódicos insisten en un ver el mundo como una película de buenos contra malos, a la manera hollywoodense. A veces —en las mañanas, mientras desayuno periódico en mano— me pregunto qué es peor, si la prensa de derecha o la de izquierda. Ambas siguen ancladas en clichés tan anticuados como la Guerra Fría; la de derecha no sale de la amenaza castro-chavista; la de izquierda no se baja del imperialismo y los oligarcas. Así las cosas, serán «los liberales» los que continúen disputándose el país. Lo que pocos recuerdan —y los hondureños prefieren que así sea— es que el golpe de Estado fue perpetrado por un congresista del Partido Liberal contra un presidente del Partido Liberal. ¿Cómo se explica que los liberales se golpeen unos a otros? Ese es un misterio que sólo un liberal puede desentrañar...

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Me invitan a una lectura. La cosa no me desagrada, aunque tampoco me emociona demasiado (me leo cada día, y eso aburre). Le encargan a un editor, periodista y poeta resistente que me presente. Nos reunimos en una cantina bebiendo Yuscarán, un aguardiente rompeneuronas que a ambos nos viene bien. «Algunos están preocupados», dice el presentador: «piensan que quizá seas un disidente cubano», dice. Río en voz alta, claro. El asunto, en realidad, me tiene sin cuidado; la literatura es una cosa y la política otra, pienso (aunque no todos, lo sé, piensan igual). Uno de los escritores habla de su odio a Vargas Llosa: «Nunca lo he leído —asegura—, y nunca lo leeré». Comento que me parece un desperdicio perderse del autor de Conversación en La Catedral, obra maestra de la literatura latinoamericana, de la narrativa experimental, urbana, policiaca y antidictatorial. El golpe retrotrajo el arte a los años setentas, dejando un rastro de poesía panfletaria tras sí. Otro amigo literato se encabrona: «Es horrible, cuando pensábamos que habíamos dejado atrás todo eso, vuelve con sus lugares comunes, sus consignas y su total ausencia de metáforas». No es un reaccionario; al contrario, ha trabajado en todos los proyectos de la Resistencia y en publicaciones radicales anteriores al golpe, «pero no mezclo la poesía con la militancia», dice.

Arte e ideología es un binomio complejo para aquellos que creen en uno u otra. Ezra Pound, enorme poeta y comprometido fascista es quizá el más incómodo de los modernos: hace unos años, en Barcelona, un editor neonazi me regaló un libro con los discursos del poeta para la radio mussoliniana, textos que despojados del adjetivo «fascista» podrían pasar por cualquier diatriba anticapitalista de la «izquierda» contemporánea. A veces me pregunto cuándo la izquierda latinoamericana se despojará por fin de los remanentes derechistas que arrastra: el nacionalismo, el populismo, el estatismo, el corporativismo. Marx se oponía a todo eso, Bakunin también. La izquierda clásica se forjó contra aquellos valores que en realidad eran refrendados por las burguesías. Por alguna extraña transmutación ideológica, ahora lo que está «de moda» es justo eso: la derechización de la izquierda.

Así, me quedo unos días más a ver si los liberales proponen algo decente. Cosa que también dudo.

Tegucigalpa
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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