La era del plástico

San José, 2011


Regreso del supermercado con cervezas y algo de comida. Guardo las cosas y me instalo frente a la computadora, con el televisor a bajo volumen recitando las noticias internacionales. Abro la cerveza, bebo un largo y refrescante trago, poco antes del anochecer. Es la primera del día y me sabe gloria, pese a lo manido de la frase. Comienzo a escribir, desentendido del mundo, y cuando me detengo a revisar lo escrito, mi mano se alarga en busca del vaso y de un cigarro que humea en el cenicero. El ritual se repite varias veces (estoy relajado, la escritura fluye, las ideas flotan alrededor de mi cabeza, confiadas en que algo sabré hacer con ellas), entonces, en medio de un trago de cerveza fría, una duda (un sufrimiento, poco a poco una certeza) se instala en mi cerebro: ¿Y la tarjeta?

Me pongo de pie, reviso mis bolsillos (saco todo: documentos, llaves, monedas, cigarros). Como en una mala película de terror, sabiendo de antemano el desenlace, recorro cada sitio de la casa acompañado por un insistente pianito que repite cada corchea un Si agudo (reviso el refrigerador, el congelador, el baño, debajo de la computadora) y el miedo se apodera de mí. Ha pasado una hora o más desde que volví del súper y ya no albergo esperanzas. Me conecto a internet, entro al portal de mi banco y confirmo la sospecha: la cuenta ya está vacía (en rigor me dejaron un dólar y veintiséis centavos, y el único consuelo radica en que siendo fin de mes era muy poco lo que quedaba en el banco). Descontento conmigo mismo, me insulto varias veces frente al espejo, relleno mi vaso e instalo mi malhumor frente a la computadora.

*

«Al mediodía perdí la billetera. Pasé / la tarde cancelando tarjetas / de crédito. También llamé a la policía. Intenté / recordar qué había en la cartera / además del pasaporte, la chequera, el certificado / de vacunación y la tarjeta del seguro social. A las / cinco en punto comencé a beber», cuenta John Cage en su libro M: writtings ‘67-’71. Aunque Cage se hizo famoso como compositor (o descompositor) musical, lo cierto es que mi fascinación nació con esos escritos en los que mezclaba ensayo, recuerdos, poesía, tipografía y un montón de ideas raras sobre el arte, la ciencia, la política y por supuesto, la música.

En uno de aquellos textos, Cage decía que aunque la tarjeta de crédito en sentido alguno significaba el fin del dinero, sí marcaba el inicio del fin del uso del dinero. En efecto, la tarjeta (de crédito o de débito) se ha vuelto una extensión natural de nuestro mecanismo de supervivencia: ya no cazamos ni recolectamos, ahora compramos para vivir y trabajamos para comprar, pero el dinero apenas pasa por nuestras manos; el salario va directo a una cuenta bancaria, y de ella se retira poco a poco lo necesario para el día o la semana. No pocas compras directas se realizan con la mediación del plástico y cada vez son más frecuentes las compras indirectas, a través de internet, donde la tarjeta es la reina absoluta.

Un interesante antecedente literario de la tarjeta de crédito se encuentra en la novela Looking Backward: 2000-1887, donde Edward Bellamy describe una sociedad futurista, tecnologizada, justa, igualitaria y socialista. Desde luego, Bellamy era un socialista cristiano, de modo que la historia entera parece un largo sermón destinado a recordarnos que estamos aquí para hacer el bien, etcétera, mas no por ello deja de ser interesante. Apenas publicada, la novela tuvo un gran impacto en los Estados Unidos, creándose clubes a lo largo y ancho del país para discutir sus ideas: dos conceptos aparecen con frecuencia en la narración, socialismo y nacionalismo, ambos carentes de las connotaciones negativas que durante el siguiente siglo conocimos. Hablamos de un momento en la historia de los USA (fines del XIX) en que el sueño de la libertad de mercado (individuos libres compitiendo entre iguales) ya había parido unas cuantas megacorporaciones, y el sueño de un país libre y concentrado en sí mismo se desvanecía con las primeras «excursiones» ultramarinas del ejército estadounidense: Cuba, Puerto Rico, Filipinas. Socialismo y nacionalismo, en efecto, se discutían con frecuencia.

Sin embargo, si la novela ha sobrevivido hasta nuestros días es porque, entre muchas otras cosas, describe la «tarjeta de crédito», aunque con una perspectiva un tanto diferente a la que conocemos en el presente. En el mundo creado por Bellamy los grandes almacenes están organizados por cooperativas de productores que venden sus mercancías sin intermediarios; a la vez, el Estado otorga a cada ciudadano el mismo número de créditos en su tarjeta de consumo, que utilizan para todas sus compras en estas tiendas cooperativizadas, epítome del mercado equitativo...

*

El crédito nació mucho antes que la tarjeta, incluso que el dinero; existía ya en los tiempos del trueque («te dejo el trigo, pero no olvides traerme pan cuando lo hagas»): a fin de cuentas, el término viene de creer, de confiar en la palabra dada. «Se comienza confundiendo el valor monetario con los productos, después se confunde el papel moneda con el valor monetario, y de esas dos confusiones se pretende extraer una realidad. [...] Cuando un labrador pide cincuenta francos para comprar un carro, no son en realidad cincuenta francos lo que se le presta, sino el carro mismo», escribió Frédéric Bastiat tratando de explicar el crédito en torno al año 1848. En esa misma época, Marx anotaba que el crédito otorga al capitalista «el control del capital ajeno, de la propiedad ajena y por extensión, del trabajo ajeno», aunque entiende que «acelera el desarrollo material de las fuerzas productivas y la constitución de un mercado mundial, [...] base material de la nueva forma de producción».

Las «letras» de crédito, con distintos nombres y beneficios han estado presentes en la historia económica, a veces con éxito y a veces quebrando con estrépito. Pero la tarjeta es un invento del siglo XX, que apareció primero en las grandes tiendas estadounidenses, luego en restaurantes y por último adoptada por los bancos, actuando éstos como intermediarios entre el comerciante y el cliente. En los setentas se popularizan, en los ochenta agobian el mercado, en los noventa tuve una por vez primera y ahora, en pleno 2011, me las arreglo para perderla de la forma más estúpida.

Porque ahora recuerdo la escena: inserté la tarjeta, saqué el dinero, di media vuelta y me alejé de ahí feliz, silbando La internacional rumbo al supermercado, dejando el plástico estancado en el cajero.

Como si me fuera ajeno...

San José
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
Diseño: Despacho de Utopías · Motor: Joomla! · Alojamiento: Site 5