Llegó el día. Me alejo con cierta tristeza de esta ciudad fascinante de principio a fin, contradictoria, casi esquizofrénica y desde luego bisexual. Todo el mundo es católico o cristiano aquí, pero en el fondo se trata de un pueblo deliciosamente amoral, fiestero, hedonista y a la vez comercial en grado superlativo. Todo el mundo vende algo aquí, el pequeño comercio cotidiano alimenta la economía y las esperanzas de una sociedad que ha perdido casi por entero su agricultura para adentrarse en una urbanidad todavía incipiente pero ya imparable. Es este un pueblo grande, más que una ciudad pequeña. Sin embargo, la arquitectura vernácula, de adobe y tejas, ha sido sustituida por el horrendo concreto, despojándose así de uno de los elementos más bellos de la cultura local.
No me gustan las despedidas, por eso tonteo por la ciudad mirando todo otra vez como si fuera nuevo. El ruido es uno de los signos de estas calles; aquí han hecho del perifoneo un modo de vida. Por todos lados hay camionetas, automóviles o bicicletas con altoparlantes que transmiten las palabras de un candidato, los descuentos de un comercio o las noticias de un periódico, siendo las más importantes las relacionadas con la muerte: asesinatos, accidentes, suicidios... esa es la información que vende. La prensa deja mucho que desear, y la contradicción radica en que todos los periodistas que he conocido en esta ciudad conocen bien el oficio y los intersticios de la política local, pero el periódico funciona de otra forma, mediante «convenios», que es la forma elegante de extorsionar: un político o un empresario que no quiera ser criticado públicamente firma un «convenio» con el periódico de marras (compra publicidad, pues) y así se asegura la complicidad de la prensa. Desde luego no hay derecho a réplica; si un diario te ataca, te aguantas o firmas un convenio. El dueño de un periódico me contó que no abrió su diario por amor al periodismo, sino por mero negocio; de cualquier forma, siempre he dicho que prefiero este cinismo a la hipocresía de otros, que aseguran que sólo les importa la Verdad... y publican cualquier cosa.
Aún así hay excepciones, y muy honrosas. Hay un pequeño semanario, por ejemplo, con veinticinco años de existencia (y de penurias), y los miércoles se puede ver en las calles a su propietario, redactor en jefe, comentarista político, corrector y todólogo, repartiendo él mismo los dos o tres mil ejemplares de su pasquín: eso, sin duda, es amor a la profesión. Sobrevive con pequeños anuncios de los comerciantes locales, con las limosnas de los amigos (la limosna es toda una institución comunitaria) y de vez en cuando algún convenio menor. En todo caso, es éste un mundo lleno de eufemismos: al grupo en el poder se le llama izquierda, y desde luego esa izquierda no acarrea, moviliza; no compra votos, opera, y no transa bajo la mesa, negocia. Esto es veredicto, como dicen los campesinos de la zona.
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Al morir tenía noventa años. Es el abuelo de un amigo, razón por la cual me acerco al sepelio, en un pequeño poblado a veinte kilómetros de Juchitán. También, lo admito, un cierto morbo antropológico me embarga. El padre de mi amigo, hijo a su vez del difunto, lo comprende a la perfección: «Ahora vas a ver un funeral típico», comenta al verme. No hay rencor ni nada similar en sus palabras: lo he dicho antes, es éste un pueblo orgulloso de sus costumbres, y nada les place más que darlas a conocer, compartir su unicidad. La muerte, además, es en cierto modo una fiesta, la celebración en honor de quien se ha ido a vivir allá con el Señor.
La música es deliciosa, una extraña mezcla de vals, son y jazz suave, con el microtonalismo común a las músicas de esta región, todo a golpe de instrumentos de viento (metales y maderas) y unos pocos percutivos (bombo, caja, platos). No hay etiqueta en el funeral; cada quien viste como quiere o puede, con el color que más le agrada, y como el sol es criminal me reúno con unos amigos que beben cerveza y hacen chistes sentados en la carroza fúnebre, estacionada frente a una modesta tienda que sirve en esta ocasión de capilla ardiente. Adentro, con el muerto, las señoras del pueblo conversan entre ellas; afuera, en el patio, la banda toca y los hombres, casi todos campesinos, conversan tranquilamente al compás de las cervezas. Una botella de mezcal circula por ahí.
Al llegar, le entrego mi limosna al familiar encargado de recibirla, quien reúne la contribución de los asistentes para cubrir los gastos del sepelio, o para la viuda o los hijos, según el caso. Ensayo un gesto discreto, como cuando uno compra sustancias ilegales en la calle: el billete doblado en la palma de la mano, luego un simple saludo y todo está hecho. Él, sin mirarlo, guarda el billete en su bolsillo, junto a todos los demás. Luego me abraza.
Enfrente está la iglesia. Los familiares cargan el ataúd hasta ahí, sólo para rezar unos minutos y volver a salir. Entonces suben la caja al carruaje y se recorren los quinientos o setecientos metros hasta el cementerio. La banda de música va al frente, en dos filas, vestidos con guayabera blanca y pantalón negro, tocando sin parar. Luego van unos muchachos con la única corona del entierro, luego la carroza (una camioneta modernísima), atrás los varones y por último las mujeres. El andar es lento y taciturno y ante la inminencia del entierro se escuchan algunos lamentos rasgando esa música de tintes casi sicilianos. La policía municipal corta el tráfico en la carretera; hay que cruzarla para llegar al «otro barrio», que es parecido al poblado pero en miniatura: la misma modestia, las mismas construcciones cuadradas, de concreto, con colores vibrantes (rosa, azul, amarillo) y la misma estructura de clase. Depositan el ataúd en la cripta familiar y se escuchan gritos y sollozos, contrastando con la calma general. Un perro huesudo y malherido husmea por ahí, hasta que recibe una patada y se queja también. La banda interpreta una despedida...
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Miro hacia atrás. Comienzo ya a sentir nostalgia por los muchos y buenos amigos encontrados aquí, por la voluptuosidad de las mujeres, por el curso acelerado de hiperpolítica e hipercomercio, y me calma la certeza de que voy a otro sitio, no sé si más o menos bello, pero por fuerza diferente.
En todo caso, es esa diferencia la que me mantiene en movimiento...
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