La Central

El vacío. México D.F., 2010


Doy tumbos en el metro durante nueve kilómetros, diez estaciones, rodeado de músicas diversas, gente que sube y baja, vendedores de chocolates, linternas, pilas, discos, películas, todo pirateado, caído del camión o producido en oscuros talleres clandestinos. La tremenda organización extralegal del comercio ambulante dota a esta ciudad de un constante mercadeo callejero, indispensable en el mundo de la subeconomía y el pluriempleo. El comercio nació ambulante; aquí sigue siéndolo, al menos una parte importante de éste.

Salgo del metro y un montón de puestos de comida aparecen a un lado de la asfixiante avenida. Subo a un microbús, encorvado, y me siento con las rodillas comprimidas contra el asiento delantero. Es un delicioso día de invierno, gris, sin lluvia, quince grados. Hay gente con guantes, bufandas y gorros. No han desaparecido los tapabocas de la gripe. Llego a la última parada. Me enfrento al mercado...

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Visto desde arriba parece un gigantesco microchip o un sistema de paneles solares perfectamente alineados y distribuidos. Ocupa poco más de trescientas hectáreas. Dicen que es el mercado más grande de Latinoamérica, quizá del mundo, y aunque creo prudente desconfiar del chovinismo nacional, lo cierto es que resulta impresionante este conjunto de cuarenta y tantos pabellones de concreto, cada uno de ciento cincuenta metros de largo por cincuenta de ancho, atravesados por once kilómetros de pasillos. Cuando están llenos (de gente, de colores, olores y sabores) recorrerlos resulta una odisea; si están vacíos, en cambio, se establece una suerte de atmósfera distópica y post-apocalíptica, entre 1984 y Blade Runner, en estos interminables corredores. Algo hay, en efecto, de futurismo y decadencia aquí.

Su calle principal mide dos kilómetros de largo. Medio millón de personas vienen aquí cada día a realizar sus compras. Una tercera parte de la producción agrícola del país se comercializa en estos pasillos en los que conviven la venta al por mayor y el menudeo más estrecho y cotidiano. Adquirir lo que los nutriólogos llaman una «dieta balanceada» implica recorrer varios kilómetros entre sus diferentes secciones: frutas y verduras, aves y cárnicos, pescados y mariscos... En efecto, es el megamercado que corresponde a esta megalópolis, casi tan incaminable como ella. Tres mil bodegas, mil quinientos locales comerciales, trescientas franquicias de quince cadenas de supermercados, setecientos policías, una veintena de sucursales bancarias, nueve mil millones de dólares anuales en operaciones comerciales, setecientas toneladas de basura al día, drogas, secuestro, chantaje, prostitución... Todo cabe en la Central de Abasto de la Ciudad de México, reflejo del caos que es la urbe.

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Llego por la sección de pescados y el olor me intimida. Desayuno en una marisquería un tanto precaria, rica en sabores. Los mariscos siguen siendo comida popular en esta ciudad, en este país. El coctel de camarones es una tara que arrastro desde la infancia y desde la primera cucharada despierta el niño que aún soy. Durante quince minutos me abstraigo del mundo. Todo carece de importancia. La indiferencia me domina.

Como, luego existo.

Atravieso los pescados, cruzo una avenida y me hundo en las frutas. El aroma es otro, dulce y seductor. El flujo de compradores y vendedores parece eterno, como mi caminata en círculos. Claro que hay algo de ridículo en este venir al mercado para nada comprar pero la fascinación que éste ejerce es insuperable, quizá porque en toda cultura, en todo tiempo, sin importar el modelo económico, el sistema político, la forma de gobierno, así en Oriente como en Occidente, ha existido siempre esta institución central en la vida cotidiana de los pueblos. El mercado es síntoma y símbolo del establecimiento de una cultura, de una ciudad, de un Estado, pero es también un viaje en sí mismo, una demostración del mundo conocido, un retorno a los cimientos de la civilización...

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De vez en cuando pregunto el precio de alguna mercancía, más por entablar conversación que por genuino interés comercial. Los precios, comparados con el supermercado suelen ser bajos, algunos tristemente ridículos. Un vendedor de piña suelta una intraducible retahíla de insultos contra todo poder establecido, quejándose de impuestos, rentas y sobornos, sin olvidar la cotidiana competencia contra los productos del Norte, la desigual lucha entre una agricultura subsidiada y prioritaria (la estadounidense) y otra abandonada a su suerte, anclada en los albores del siglo XX.

El cómo sobrevive un mercado como éste en los tiempos de Wal-Mart y el made in China es la pregunta del millón. La globalización no sólo impone modos de producción, también, consecuentemente, modos de comercialización, controles de calidad y normas de higiene del todo inexistentes en la Central de Abasto. Cuando se construyó, a principios de los años ochenta, era sin duda una moderna y eficiente obra social y comercial; hoy, en cambio, aparece como el oscuro remanente de una cultura en vías de extinción, la campesina, en un país en el que el agro se ejerce a título de subsistencia y no como una genuina actividad productiva y comercial. En este país, por hablar de algo perteneciente a nuestro siglo, la inversión en investigación y desarrollo agrícola es prácticamente nula, apenas por encima del cero absoluto. Incapaz de competir con la altamente tecnificada industria agrícola estadounidense, al campesino mexicano le resulta más viable cruzar la frontera y contratarse como bracero, o dedicar sus tierras al noble cultivo de la mariguana, sobre todo en tiempos de guerra contra ésta...

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El mercado es un reflejo de su tiempo. Entre el colorido, los pregones y el folclorismo se encuentran la suciedad, el abandono y la explotación en sus más variadas formas y densidades. No pocas veces se utiliza la palabra mafia al describir el funcionamiento interno de la Central; una casta de intermediarios parece controlarlo todo y la apariencia de pobreza de algunos propietarios es sólo eso, una fantasmagoría desmentida por los automóviles estacionados en las zonas de descarga. La industria china se encuentra en todos los rincones. Los puestos de juguetes, de artículos para el hogar, de tecnología barata y de ropa casual inundan, literalmente, el mercado. Nadie compite con eso. La Central de Abasto parece una metáfora bastante lograda de la extravagante convivencia entre el dinamismo y la inmovilidad, contradicción fundamental de la sociedad mexicana.

La ciudad, entretanto, se traslada al centro comercial.

México D.F.
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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