A veces no me doy cuenta cuánto me agota la ciudad, hasta que salgo de ella, huyo, y el campo me consuela. Me tiro bajo un árbol cuaderno en mano, suspiro con falso romanticismo y pienso que después de todo fue buena idea olvidar el cargador del teléfono en Barcelona: la desconexión es total, el silencio casi absoluto. Tras días de vegetar en el aislamiento, un amigo se acerca y me pregunta si he estado al tanto de las noticias, de lo de Irán: «¿Qué Irán?», pregunto despistado. El mundo se me ha vuelto ajeno en estos días.
Siento que todo va demasiado aprisa, que las noticias se suceden unas a otras, que no hay tiempo para procesar lo que ocurre en el mundo, ni siquiera en el entorno inmediato. El mundo exterior aparece en este entorno como algo estresante, fuera de lugar, ofensivo. La contradicción radica en que para disfrutar plenamente de la naturaleza debo cargar conmigo elementos esenciales de la cultura urbana, en este caso Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino y en los audífonos Goodbye 20th Century, de Sonic Youth, reinterpretando piezas de John Cage, Steve Reich, Yoko Ono, Nicolas Slonimsky o Takehisa Kosugi, entre otros.
Los ensayos de Calvino, en realidad un fallido ciclo de conferencias por encargo de Harvard (murió antes de dictarlas), son poseedores de una claridad y ligereza que sólo se consigue escribiendo y reescribiendo cada idea hasta dejarla limpia de pajas mentales; y en los que, en un profundo viaje metaliterario analiza las condiciones de la cultura contemporánea y los problemas que él piensa encontrará en el futuro. Desde luego, cuando Calvino habla de literatura se está refiriendo en realidad a la transmisión del saber, del conocimiento; a la palabra impresa que divulga y perpetua aquello que la genética no puede reproducir; por ello, más que ensayos sobre literatura, son en efecto, propuestas para un nuevo humanismo, anclado en la tradición clásica pero sin perder de vista las evoluciones artísticas, sociales y tecnológicas: La transmisión electrónica de la información, piensa Calvino a mediados de los ochenta, será el eje de la cultura del siglo XXI, y será con ella con la tendrá que lidiar la literatura.
En Seis propuestas el autor analiza conceptos claves de la cultura contemporánea (o que han sobrevivido hasta ésta) y que en su opinión la literatura debe salvaguardar para el mañana, todo plagado de agudos comentarios y acotaciones, planteando contradicciones, excepciones y ausencias. Así, cuando habla de la Ligereza, afirma: «La insoportable levedad del ser es en realidad la amarga constatación de la ineluctable pesadez del vivir; no sólo de la condición de opresión desesperada, sino de una condición humana que nos es común»; o sobre la Rapidez: «Un razonamiento veloz no es necesariamente mejor que un razonamiento ponderado, todo lo contrario; pero comunica algo especial que radica justamente en su velocidad». Cada tema que toca lo analiza de ida y vuelta, incluso batiendo lanzas por los valores opuestos con el fin de encontrar el justo medio. Particularmente interesante me pareció el capítulo dedicado a la Multiplicidad: «La novela contemporánea como enciclopedia, como método de conocimiento, y sobre todo como red de conexiones entre hechos, entre personas, entre las cosas del mundo». Es ésta, sin duda, la descripción más clara de lo que es la literatura en los tiempos que corren.
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Sonic Youth apareció en la escena neoyorkina a principios de los ochenta. Sus inicios, industriales y ruidistas, sorprendieron por su eficacia post-punk, ese cierto artesanismo que permea su música (a fin de cuentas, aunque de sonido maquinista, se limitaron siempre a la estructura clásica del grupo de rock: guitarra, bajo, batería y voz). La influencia de la música concreta también es importante durante toda la carrera de Sonic Youth: Thurston Moore quizá mejor que nadie, sintetiza al guitarrista intelectual de vanguardia obsesionado con las posibilidades sonoras del instrumento y no en desarrollar un virtuosismo exasperante a la Steve Vai o Eddie Van Halen, que en estos tiempos que corren suenan fuera de lugar, perdidos en un océano de muchas notas, autocomplacientes a más no poder. La autocomplacencia de Sonic Youth, en cambio, es minimalista.
A pesar de haber seguido con interés su discografía debo admitir que no esperaba un disco como éste, probablemente el más raro que un grupo de rock haya grabado jamás (con la sola excepción de Metal Machine Music de Lou Reed, pero ese sí es insoportable). Cuando el disco de Sonic Youth salió, hace nueve años, lo escuché una y otra vez durante semanas; luego desapareció en el torbellino de los préstamos, o algo por el estilo, y no había vuelto a oírlo hasta que hace unos días lo reencontré en las redes peer-to-peer. Desde luego no es un disco roquero, sino un desvarío imponente. La ausencia de ritmos cuadrados y melodías bonitas lo único que hacen es aumentar el misterio, la honda y elegante locura de esta selección de instantes del siglo XX. El minimalismo bamboleante de Steve Reich (Pendulum music) se funde con la delicada multipercusión del Having never written a note for percussion, de James Tenney. Aunque me considero un humilde seguidor de las tesis y de algunas de las músicas de John Cage, debo admitir que en este disco lo que más interesante me resulta (y en eso no discrepo con las primeras lecturas de antaño) es Piano piece #13, de George Maciunas. Aquí, unos desenfrenados Sonic Youth abaten un piano a martillazos, clavando sus teclas y construyendo así ritmo y armonía. Es imponente porque esa muerte ritual (ese asesinato pianístico) conlleva una severa autodestrucción, si pensamos que el piano es la herramienta básica del compositor y que ese mismo martillear azaroso es ya una negación del papel, del oficio y del conocimiento del compositor. A pesar de la agresividad de la pieza (conocida como «la del carpintero») tiene dos o tres instantes de plena belleza —retorcida, como la de Berlín en llamas—, conectada a la inexplicable e infinita fascinación por la destrucción. Es éste un disco violento, sí, pero a la vez en exceso civilizado y meditativo.
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Y sigo bajo el árbol, descansando del mundo urbano y su velocidad. He releído el mismo libro y reescuchado el mismo disco durante días, como para sentirme en casa y no en un sitio ajeno. Descanso, sí, pero también comienza a estresarme tanta calma. Mientras tanto, escribo.
Camarsac
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