Admito que paredes, muros y murallas me fascinan de manera especial. Son la voz pública de una ciudad, ahí donde la imaginería política (así institucional como subversiva), religiosa, comercial, artística y cultural se encuentran y conviven, a veces entre anuncios de No anunciar. Desde el inicio de la historia (incluyendo ese período al que sin sentido alguno llamamos prehistoria) toda idea, toda expresión, busca plasmarse en un muro; sin ello el hombre se siente incompleto, y la idea también. En los muros se escribe la historia física de un pueblo: las cicatrices, remiendos y adendas aparecen en la arquitectura como relato simultáneo de las vicisitudes cotidianas y de los delirios de esa misma historia.
El muro cumple siempre con su doble e indisoluble función de proteger y excluir. Incluso los grandes muros están sujetos —y son percibidos— a partir de esta contradicción: la Muralla China, por ejemplo, nos parece una de las grandes obras de la humanidad, mientras las erigidas por Estados Unidos o Israel aparecen como ignominias, al menos para quienes estamos de este lado. Sin embargo, la función de todos estos muros es exactamente la misma: impedir la entrada de un pueblo a otro. A las murallas antiguas las visitan los turistas; a las contemporáneas los migrantes. Algunos las cruzan y otros no.
Hay, desde luego, muros menos materiales pero igual de sólidos. La tradición, la cultura, la religión, la política, la ideología protegen y excluyen tal y como lo hace cualquier otra muralla. No todas las fronteras tienen muro, pero todas lo son. Los muros de una casa son inútiles si no protegen del exterior, si no excluyen al otro de la vida privada. Los muros, en consecuencia, agradan o disgustan dependiendo del lado en que uno se encuentre. Y de la situación.
Los muros encierran.
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Leer las paredes de una ciudad es algo más que un simple capricho; en ellas se cuentan historias que no aparecen en los periódicos, se escriben reclamos y declaraciones que no encuentran otro espacio y se ensayan por tanto en ese anonimato público que es la pared. Cierta economía de lenguaje se practica en el muro. El viejo rótulo desaparece en pos de la impresión digital y al grafiti lo sustituye el tag. La propaganda política parece igual en cualquier sitio, quizá porque la política misma se ha aplanado hasta lo indecible (y si por azar o realismo mágico aparece por ahí un político diferente enseguida reclamamos: «oye, ¿por qué no eres normal?»). Las paredes narran amores adolescentes y anuncian todo lo que uno podría desear, sean bienes raíces o revoluciones.
Un llamado constante aparece en los muros de esta ciudad: «Vecindario organizado contra la delincuencia». En teoría este tipo de avisos deben ser tranquilizadores; en la práctica, al leer en una misma oración las palabras vecindario y delincuencia el instinto, con razón o sin ella, ordena huir de ahí. Algo similar ocurre con la cantinela aquella de «por su seguridad lo estamos videograbando», que por supuesto lo único que logra es exacerbar mi paranoia: el letrero indica que soy una posible víctima, aunque en realidad no duda en tratarme como a un sospechoso...
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Hace unas noches, a ritmo de aguardiente en un bar de heavy metal, hablaba con un grafitero y estudiante de sociología llamado Bitcher. Discutíamos en torno a la idea de que si la calle es de todos, el muro (por estar «en la calle») también; en consecuencia, así como el ayuntamiento regula (a veces) el uso del espacio público, bien podría reservar espacios para los grafiteros, «y hasta pagarnos por decorar la ciudad». El punto es que el grafiti, aún a riesgo de generalizar, está más cerca del arte que de la criminalidad, y sin embargo la percepción político-policiaca es exactamente la opuesta. Ahora bien, a pesar de ciertos deseos de legalidad no podemos olvidar que parte del placer de todo esto tiene que ver justo con esa suerte de clandestinidad, o al menos de nocturnidad que envuelve al acto mismo. Tal y como ocurre con las drogas, su fascinación proviene también de la prohibición misma, de su condición de ilegalidad.
Las experiencias del grafitero en ocasiones son frustrantes, no por el hecho de una ocasional noche guardado por la policía, sino por el nihilismo impuesto: tras pasar horas (o noches enteras) trabajando un muro, llegan los trabajadores del ayuntamiento y en un par de horas lo cubren con pintura gris. ¿Qué sentido tiene un muro gris? Se podría pensar que cierta mezquindad rodea este asunto; quizá también algo de miedo a un «arte» que escapa del museo y la galería y, en consecuencia, del curador. Quizá en ello radique su belleza, y por eso el grafiti organizado, mediado por el ayuntamiento siempre parece algo falso, antinatural, como si el gobierno instituyera un Ministerio de la Subversión para controlar y dirigir las actividades contra el Estado mismo.
Pero el muro habla por sí solo. El estado de una pared es ya un discurso completo (la pintura, el repello, las grietas, los adornos): todo habla de la ciudad, de la sociedad, de la cultura y de la riqueza o pobreza de un pueblo, de un barrio. Por donde vivo abundan los muros abollados, en perfecta consonancia con las calles empedradas y serpenteantes, ajenas a la línea recta. Por contradictorio que parezca, me fascinan estos muros lastimados, con raspones y ampollas, y los nuevos, en cambio, me producen cierta aversión, como si lo impoluto fuera en verdad un delito estético. No hay aquí, desde luego, consideraciones ideológicas; se trata tan solo del goce visual de la decadencia, la belleza de la vejez, el encanto de la corrupción y la irresistible atracción de la destrucción.
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Desvarío en la estrechez de la habitación. Las paredes me impiden pensar con claridad. Las miro y de alguna manera resiento su falta de adornos. En este instante esos muros me parecen la mejor metáfora del vacío de mi vida (ese que me obliga a deambular entre muros vacíos) y a la vez adquiere tintes de refugio, incluso de asilo. Me agrada escribir en bares y cafés pero en estos días futboleros prefiero la reclusión a la gritería golística de unos y otros. Me divierte el patrioterismo deportivo; me gusta ver a la gente pintada de colores, con ropas extravagantes y cánticos jocosos, aunque después de un rato tiende a agobiarme. Entonces, los muros de mi habitación me contienen y la ausencia de televisor me tranquiliza.
El encierro me libera del mundo exterior...
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