«Deme un chinbúrguer», exige un hombre de mediana edad, vestido con un lindo t-shirt de rayas rojas y blancas. «¿Qué es un chinbúrguer?», pregunta la colombiana que atiende el pequeño puesto de la esquina, y el hombre de las rayas, con esa seguridad que sólo un bípedo es capaz de exhibir, responde: «Una hamburguesa con queso, mujer —y tras dramática pausa, agrega—: Es que yo hablo bilingüe». El carrito de hamburguesas y jotdogues se retuerce de risa, las carcajadas escapan de los botes de catchup, las papas rellenas se doblan por la mitad y hasta el choripán se burla con estruendo. Las cebollas, claro, lloran. La colombiana, tratando de recobrar la compostura, responde: «Enseguida le preparo su chinbúrguer, señor bilingüe»...
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Para nadie es un secreto que el inglés es la lengua franca de nuestros días. Idioma del comercio, de la tecnología, de la política, de la cultura de masas, se inserta en toda tradición nacional con el descaro del neófito que habla de más sin miedo a las consecuencias. En cualquier país se encuentran palabras o expresiones inglesas en la prensa «seria», en la televisión, en la radio y, desde luego, en el habla popular, en el lenguaje cotidiano. Un día, ojeando la prensa italiana, un periodista se preguntaba qué haría Estados Unidos para encontrar una exit solution al problema de Irak, pues al parecer no hay en las lenguas latinas traducción a tal idea. Los publicistas han adoptado la palabra fun como si de verdad se divirtieran con ella, y en Francia, lo recuerdo, abundan los anuncios publicitarios en inglés con un asterisco al final de la frase llamando a la traducción en francés, que aparece más abajo, en letra pequeña.
Antes, cuando leía aquellos infantiles libros de aventuras, se hablaba de la China, la India, el Perú, el África o el Canadá y ahora, gracias a la influencia anglosajona, los artículos han desaparecido del todo, de modo que uno escucha a cualquier viajero decir que ha ido «a India». En los ensayos especializados se asegura que «especialistas afirman» esto y aquello, sin que se sepa si son los o las; mientras el lenguaje mercadotécnico nos deja lindezas propias de usuarios internacionalizados, como aquella de mentalizar («mentalizo, ergo soy») o aquella otra del empoderamiento, que suena un tanto empobrecida. Los empresarios ya no tienen metas ni objetivos, sino goals. El mundo, no hay duda, se vuelve demasiado cool...
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En Cuba —y en otras Antillas hispánicas, así como en algunas regiones de la América Central— el verbo ripiar (de to rip, no de enripiar) se usa con regularidad. Así, los pantalones «están ripiados», y se amenaza al oponente callejero con la frase: «¡Te voy a ripiar todo!». De adolescente, en aquella Habana, utilizábamos el verbo fuquear con natural tropicalismo («Fulano y Mengana están fuqueando allá atrás») al tiempo que sustituíamos la mierda por la shit. La red que se usa en algunos deportes era siempre una net, y todos vestíamos pulóver o, si era chiquito, pulovito. En aquella Cuba nadie decía O.K. pronunciado a la anglosajona, sino oká, que era la forma correcta de utilizar las expresiones del enemigo. A veces, en efecto, sentía que estaba friquiando-afuera.
Fuck y todos sus derivados se usan cotidianamente en el fuckin' mundo moderno, tan lleno de motherfuckers que dan ganas de gritar Fuck you! a cada paso (and don't fuck with me). Pero no me quejo; así como tengo la depravada certeza de que el mestizaje nutre a los pueblos (algún esfuerzo he dedicado a ese asunto, al mestizaje) pienso también que las lenguas se enriquecen al contacto con otras lenguas. En el fondo, toda lingüística es erótica, pornográfica incluso, algunas más perversas o pervertidas que otras pero en ningún caso castas, puras o inmaculadas. No hay lenguas vírgenes, digámoslo con claridad. Es una imposibilidad del ser. Y del hablar.
Por eso, así como nuestro idioma se llena de expresiones inglesas, en los últimos meses he comprobado, con viajeros norteamericanos que no hablan un carajo de español, cómo palabras, frases o ideas hispanas se mezclan con su lengua, y no por el hecho de estar aquí sino porque las traen de allá, donde el mestizaje —también verbal— es una realidad cotidiana. Hace décadas la cultura mediática del imperio era netamente anglosajona: hoy ya no, o no del todo. Un día, por fin, admitieron a los negros, y ahora las músicas urbanas se nutren de españolismos, así las underground como las más comerciales. En las series de televisión aparecen cada vez más «minorías», y otro tanto ocurre con el cine que —a veces— comienza a mirar hacia afuera sin la condescendencia de antaño. Los políticos dan discursos en español, las grandes empresas se lanzan a la conquista del mercado hispano con campañas ad-hoc y no falta quien dice «amigou» tratando de caer bien. El asalto —al menos lingüístico— es mutuo.
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Panamá es un país que durante toda su vida independiente mantuvo una relación acaso demasiado estrecha con los Estados Unidos, por eso no extraña la cantidad de anglicismos, algunos muy forzados, que se escuchan aquí. La televisión, siempre llena de «beautiful people» (que a su vez vienen del francés beauté y peuple), es el escenario natural del lenguaje cool y con style, siempre trendy y ultrafashion, donde se habla de boobies y hips porque las tetas y las caderas son demasiado vulgares, sobre todo si son «latinas». Quizás, en el fondo, eso sea lo peor: la seudodecencia disfrazada de seudocosmopolitismo. Un empeñarse en ser correctos utilizando incorrectamente el idioma —o los idiomas (¿quién dijo aquello de que un imbécil capaz de decir las mismas imbecilidades en tres lenguas distintas sólo es tres veces más imbécil?)...
Luego, claro, las tribus urbanas utilizan mil anglicismos, los técnicos, los ingenieros, los empresarios, los políticos, los artistas y el llamado «pueblo llano», todos nos llenamos la boca de ellos (sobre todo si estamos online), a veces bien y a veces de muy mala manera. Hay, en efecto, expresiones intraducibles y frases cuya rotundidad en el idioma original es inigualable, pero me siento un tanto perdido cuando una chica por lo demás simpática me pide que le permita usar mi cell-phone, o que me pregunten si quiero cheesecake o leer en el menú que hay ensalada de tuna, que por supuesto, no es otra cosa que el conocido atún. Hay días, sí, en que estoy hasta las «nueces» de todo esto, me pongo mad, espero que ocurra otro Big Bang (o Gran Pum) y por último, mando todo al mismísimo Hell —que se arreglen como puedan con el Devil.
Entonces, para calmarme, le pido a la colombiana un chinbúrguer.
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