Iglesias y sindicatos en la selva

Gamboa, 2011


Encontrábame aquella noche leyendo a Bakunin, y me pareció de muy buen tono poner la música sacra de Stravinsky. Era una noche sabatina y los sábados se instala en el parque frente a mi ventana una especie de iglesia portátil, con sillas al aire libre y generador de gasolina, amplificador, bocinas, micrófonos, tumbadoras y pistas de música tropical, todo al grito de «Jesús, el Salvador». Un ex alcohólico con micrófono es un serio peligro conceptual: «Dediqué mi vida al alcohol, las drogas y las mujeres», se queja. Pero es el otro, el flaco bajito con voz de agitador político el que me marea. Un arengador de eslóganes que, además, grita con un timbre chillón, entre ratonil y aguardentoso («voz de cuervo para un hombre corvo», pienso). El que cuenta las miserias de sus tiempos de vividor es negro y gordo, toca la guitarra y canta, acompañado por ritmos y melodías tropicales que podrían definirse como salsa cristiana. Está con ellos una colombiana, también chillona, que narra los periplos de su vida sin y con Jesús (before/after), haciendo uso de técnicas publicitarias de la peor ralea. Yo, que gracias a Bakunin y a Stravinsky había logrado conectarme ya con lo humano y lo divino, me vi distraído por la bulla de estos generosos cristianos tropicales.

Vime así obligado a abandonar mi cuarto, huyendo hacia la casa de un amigo pintor, ateo, que soportaría sin duda mis diatribas en esa noche aciaga. Como en muchas otras casas de pintores jóvenes y desconocidos, la sala es el estudio, lleno de lienzos en proceso, otros acabados, algunas ideas esbozadas por ahí. Los tubos de pintura y los solventes conviven en la mesa con las latas de cerveza y las botellas de vino. El piso, con los manchones de pintura, parece un cuadro abstracto. Trabaja ahora en una serie con robots que me teletransporta a la infancia. Despatarrado en el sofá converso con este chileno de mi generación, hijo de comunistas y de familias que conocen el exilio. Hablamos de vidas más o menos comunes, todo en medio de chistes, oscuridades y silencios. En el fondo parecen confesiones o, al menos liturgia atea, blasfemias incluidas. Tarde en la noche camino hasta la pensión y atravieso el parque vacío, ya sin sillas ni cristianos.

*

Apenas se sale de la ciudad, hacia el norte, la selva se abulta a un lado de la carretera y al otro, la ingeniería del canal. Tras pasar Paraíso se llega a Gamboa, casi a medio camino entre el Pacífico y el Atlántico, un pueblo fundado en 1911, en plena construcción del canal, para albergar a los trabajadores «non-US, non-white», también llamados del Silver Roll, por oposición al Gold (pay)Roll que cobraban los blancos. La distinción se establece entre los dólares respaldados en oro y la moneda local, respaldada en plata, amén de un cúmulo de segregaciones otras: el historiador negro Anthony C. McLean, en uno de sus artículos cuenta que «los trabajadores del canal fueron pagados sobre la base de los salarios mínimos de su lugar de procedencia».

Cuando el canal comenzó a operar el pueblo quedó semivacío, pasando de 700 a 170 habitantes en un año. A fines de los 30, con la instalación de la planta de dragado, se construye en Gamboa un nuevo pueblo para el personal americano —técnicos, ingenieros, militares—, mientras los trabajadores no-estadounidenses quedan aislados en el barrio de Santa Cruz. Hacia mediados de la década de 1940 Gamboa cuenta con casi cuatro mil habitantes, cinco iglesias (la principal hoy anuncia con orgullo que «Dios ama a los turistas»), comisaría, estación de tren, escuela, gasolinera y estación de bomberos. Un pueblo americano, con su sentido de comunidad y su sistema de exclusiones en medio de una selva en la que aún hoy los ñeques, esos grandes roedores de cola muy corta y pelo rojizo, que en otro pueblos llaman guatusas, juguetean en los jardines públicos y privados. En 1948, para paliar las profundas diferencias económico-raciales (la disparidad salarial y la negación del crédito a los negros), se crean las primeras 5 cooperativas por y para trabajadores no-blancos y no-norteamericanos, agrupándose en torno a The Cristobal Federal Credit Union, y extendiéndose desde Colón hasta Panamá —una de esas cooperativas se estableció en Gamboa— y que en apenas un año lograran agrupar a mil quinientos miembros y reunir unos treinta mil dólares, siempre según McLean.

Desde la firma de los Tratados Torrijos-Carter en 1977, pasando por la invasión de 1989 y, por fin, con la entrega del canal a la administración panameña en 1999, Gamboa se fue vaciando. Ahora no es un pueblo, apenas un pequeño suburbio clasemediero un tanto alejado de la ciudad, muy verde con casas blancas de madera. Habitan ahí profesores de la Ciudad del Saber, cuya sede es la antigua base militar de Fort Clayton. También investigadores que laboran en el cercano Lago Gatún, en la isla Barro Colorado, donde se encuentra el Instituto Smithsoniano de Investigaciones Tropicales —dice un amigo: «se fueron los militares y llegaron los investigadores»—; y otros locos que buscan refugio fuera de la ciudad. Toda esa selva que se extiende paralela al canal, de costa a costa, es una cadena de parques nacionales de impresionante biodiversidad.

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Tras tres días fuera de la urbe vuelvo a ella con ánimo mejorado, listo para sumergirme en las oscuras historias de la negritud panameña, de las migraciones desde Jamaica y otras Antillas (los llamados Black Westindians). Leo sobre las sucesivas huelgas en el canal; la primera en 1880, durante su etapa francesa, y la última y más importante, en 1920. Mientras los trabajadores estadounidenses se agrupaban en sindicatos, a los afroantillanos se les prohibía organizarse (un primer intento sindical, el de la Silver Employee Association, en 1917, fue cancelado a los dos años por el propio gobernador del Canal, según la investigadora Carla Guerrón-Montero); fue en esas condiciones, y con un pliego petitorio de 14 puntos que incluía la reducción de la jornada laboral a 8 horas, y un aumento salarial de 7 centavos por hora, que unos 15 mil empleados se negaron a asistir a sus puestos de trabajo, azuzados por el jamaicano William Preston Stoute y por el panameño Samuel Innis. La huelga duró una semana y fue un memorable fracaso: las filas de obreros locales listos a sustituirlos en sus funciones disuadió a los huelguistas de continuar. Preston Stoute sería expulsado del país, refugiándose en Cuba, y Samuel Innis, expulsado de la Zona del Canal. Además, un año más tarde, los trabajadores no-blancos sufrirían un recorte general del salario.

Desde entonces, cuenta McLean, «el gobierno de la Zona del Canal evitó futuras huelgas al incorporar en el contrato de empleo la condición de no promover ni apoyar huelgas dentro de su puesto de trabajo» (el subrayado es mío, por tratarse de una delicia). Surgieron, sin embargo, otras organizaciones, la más importante, la Panama Canal West Indian Employee Association, fundada en 1924 y que existió hasta los años 50. El sindicalista Edward A. Gaskin, describe «el abuso displicente de los supervisores; la falta de vacaciones, descanso o permisos por maternidad o enfermedad; barracas infestadas de ratas y cucarachas, con nula comodidad y privacidad; la segregación y la discriminación desde el útero hasta la tumba». Sería en 1955 cuando se alcanzara por fin la tan ansiada paridad salarial: a igual trabajo igual paga.

Así me reconcilio con lo humano, aún si la segregación, por otras vías, continúa.

Ciudad de Panamá
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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