Hackers en el balcón

Barcelona, 2009


Alquilé una habitación en un apartamento compartido con dos personajes literarios y una gata neurótica. Es un sitio agradable, en un edificio de finales del XIX. Una especie de refugio de adolescentes aunque entre los tres sumamos ciento quince años. A pesar de todo la cueva está bastante limpia y ordenada; tengo la mesa para mí solo, frente al estrecho balcón, con vista al centro de la cuadra. Es interesante este distrito planificado por Ildefonso Cerdá, perfectamente cuadriculado con sus ciento treinta tres metros de distancia entre los ejes de sus calles paralelas, siendo éstas de diez metros de ancho y de cinco cada acera. Toda la teoría de Cerdá se basa en un concepto general que podría ser definido como «higiene social» (despojado de toda connotación nazi, claro): se preocupa por la iluminación, por las áreas verdes, por la circulación del viento, por la visibilidad y en general por todo lo que hace la vida y la estancia en un lugar más agradable. En su momento se le criticó que las calles fueran «tan» anchas, a lo que él, genuino futurista, respondió: en el siglo XX cada ciudadano tendrá su propia «locomotora» personal, por lo que el trazado urbano debe tener en cuenta ya esa condición ineludible. Palabras más, palabras menos.

En el proyecto original el centro de cada manzana estaba destinado a áreas públicas; es decir, cada cuadra tendría su propio jardín interior. Con el tiempo y la industrialización la utopía da paso a la realidad y esas áreas comunes, ahora privadas, se convierten en talleres o almacenes, manteniéndose tan sólo la prohibición de construir más de una planta en tales espacios. De modo que la manzana es hueca, lo cual está muy bien porque el apartamento no tiene vista a la calle, sino hacia ese vacío interior, principal fuente de contacto con los «vecinos». Es curioso; a quienes veo cada día viven en en realidad en otra calle, perpendicular o paralela a la mía. Dentro del edificio, el único espacio de socialización es el estrecho ascensor.

Otro punto interesante del trazado original es que los edificios no debían tener una altura superior a los veinte metros —lo mismo que el ancho sumado de calle y aceras— garantizando así la entrada de la luz solar en los pisos inferiores de los edificios. Después se permitió construir plantas adicionales, siempre y cuando éstas fueran «escalonadas» para evitar que el edificio crezca como una muralla, proyectando su sombra sobre la construcción de enfrente. Hoy en día este distrito es el más poblado tanto de Barcelona como de la península ibérica, reuniendo a unos trescientos mil habitantes en sus escasos siete kilómetros cuadrados.

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El primero de los personajes con que habito es una extraña aunque natural mezcla de lumpen y bon-vivant. Tenemos muchos amigos en común, lo conocí hace un par de años y todos me han contado alguna anécdota relacionada con sus pequeños timos, su «ser vivo» a toda costa. En otras palabras, y para utilizar una conocida metáfora, vendería a su madre si pudiera. A la vez (la contradicción es necesaria para construir personajes creíbles) es un generoso amigo, nadie duda de ello. Tiene ese acento ronco de gamberro barato y aguardentero con el que pronuncia la muletilla que todo «chulo» local debe agregar a sus frases: «¡no te jode, tío!». A veces pienso que si utilizara su inteligencia e ingenio para algo más provechoso que sacar provecho de los demás sería un personaje anodino, carente por completo de interés. Además, una ley básica de la literatura y de la vida es que uno debe aceptar a los personajes y a los amigos tal y como son.

El otro es un buen tipo, noblón, agradable y a diferencia del primero, poco dado a los desvaríos verbales. Tiene un pequeño camión de mudanzas que le sirve de sustento y una gata llamada Janis que maulla como la Joplin. A veces sale de la ciudad un par de días y Janis se pone de peor humor que de costumbre, si es que tal cosa cabe. Si juegas con ella acabas con un arañazo; o pasa a tu lado bufando, o suelta una retahíla de miaus incontrolable e intraducible. Cuando están juntos, en cambio, parecen enamorados.

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Así que aquí estoy. Durante el día la casa me pertenece. Instalado en esta mesa escribo; casi podría decir que estoy en mi oficina, acariciado por la brisa matinal, a seis pisos de altura, con el balcón abierto de par en par. En casa no hay línea telefónica, lo cual no importa porque el celular sustituye ya al teléfono tradicional. Me conecto a internet gracias a un vecino seguidor de las tesis de la socialización tecnológica que deja su red abierta para otros, o, tal vez, se trata de un torpe que no conoce los más elementales principios de la seguridad informática. En cualquier caso, por respeto, me abstengo de escudriñar en su computadora.

Hace unos días un amigo llamó a «mi oficina» porque le habían «hackeado» el portal. Fue un ataque en toda regla, con tag del autor y todo. El asunto me dejó desconcertado; el archivo de configuración (donde se establecen las conexiones fundamentales para el funcionamiento del sitio) había sido borrado por entero, lo que me hizo temer lo peor: que la base de datos con más de tres mil entradas hubiera desaparecido también. Pero la base estaba intacta, así como el resto de los archivos. Más allá de las cuestiones técnicas (cuatro días haciendo backups, reconstruyendo el sitio en otro servidor y reforzando la seguridad del mismo) lo que de verdad me intrigó fue la retorcida ética de este «hacker». Me explico: el tipo fue lo suficientemente gamberro como para borrar la configuración del sitio, dejándolo inservible tanto del lado del usuario como del lado del administrador, pero no borró ningún archivo ni dato alguno a pesar de que podía haberlo hecho. Es esa destructividad a medias lo que me intriga. O ese respeto selectivo. Además, se trata de un portal de libros... ¿qué clase de hijo de puta incendia una biblioteca?

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La primera gran obra de la cultura de masas en torno al peligro hacker fue la película de 1983 Juegos de guerra. En ella se narran las aventuras de un imberbe armado con una IMSAI 8080 que se dedica a explorar la incipiente red en busca de computadoras «abiertas». Su pasión, claro, son los videojuegos, por eso dedica parte de su tiempo a entrar en los sistemas de los fabricantes para conseguir las últimas versiones. Un día, por error, entra a un sistema militar pobremente protegido, y pensando que se trata de un juego desata una guerra nuclear (con el consabido final feliz, la moraleja y toda esa bobería). Desde entonces, el término hacker ha estado asociado al terrorismo, a la piratería informática y a la creación de virus electrónicos, olvidando que la computación misma, la red también, son creación de hackers.

El libertariano norteamericano Eric S. Raymond, uno de los pilares del hacktivismo, dicta lo siguiente: «Existe una comunidad, una cultura compartida, de programadores expertos y magos de las redes, cuya historia se remonta décadas atrás a los tiempos de los primeros miniordenadores [...]. Los miembros de esta cultura crearon el término “hacker”. Los hackers construyeron Internet. [...]. Los hackers hacen funcionar la WWW». Más adelante agrega que la mentalidad del hacker no está confinada a la programación de computadoras («de hecho puedes encontrarla en los más altos niveles de cualquier ciencia o arte») para acabar soltando esta definición técnico-ideológica: «Los hackers resuelven problemas y construyen cosas, creen en la libertad y la ayuda voluntaria mutua». Y esto, desde luego, es cierto, a pesar de los incendiarios gratuitos que abundan por ahí.

La imagen catastrofista que se muestra del hacker tiene que ver con un terror fundamental de nuestra era: todos nuestros datos, todo lo que somos, pasa por redes informáticas incomprensibles para el usuario común, y uno siempre se pregunta qué ocurriría si alguien se apropiara de todo eso. Se trata de un miedo lógico. Pienso en ello mientras me fumo un cigarro en el balcón, preguntándome cuál de mis vecinos es tan noble o tan bobo como para dejar su red abierta a terceros...

Barcelona
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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