Un jazz rabioso e hiperquinético resuena en la sala, llenando cada rincón con su estrépito y locura. Son muchos los músicos de diversas nacionalidades que a lo largo de la noche han subido al escenario. Como ocurre en toda jam session que se respete, el orden nace del caos desenfadado de esos ejecutantes que no han ensayado ni escrito nada para la ocasión: juegan a la música con descaro y naturalidad, no como algo aprendido de memoria, sino como ejercicio colectivo litúrgico y catárquico. Las sesiones de improvisación, en rigor, actúan como elemento subversivo en un universo sonoro que nació en las calles, rodeado de pobreza, alcohol y heroína, para luego ser usurpado por la academia y las élites culturales; edulcorado, hiperestetizado, intelectualizado, dejó de ser lo que era. Pero no hay nostalgia en todo esto: Su paso por las aulas nutrió al jazz de otros elementos y sonoridades, y de cualquier modo su camino no es distinto al de otras músicas. Hace algunos años, uno de los genios de la electrónica radical afirmó que en realidad la música la hacen los campesinos... y luego la aristocracia se la apropia. Aunque suene a simplificación de la lucha de clases, algo de cierto hay en este aserto.
Decía que el orden nace del caos, así en la música como en el sitio que la contiene, un antiguo taller abandonado y reocupado por colectivos de artistas que ahí viven, trabajan y organizan exposiciones y conciertos. Éste será uno de los últimos; las autoridades están a punto de desalojar el sitio, los ocupantes irán a juicio, y es muy probable que lo pierdan. Desde luego, la propiedad no es de quien la ejerce.
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El squatting, la okupación, el paracaidismo mexicano, el llegaypón de Cuba, es una práctica social de larga data, contemporánea quizás a la revolución industrial, cuando las migraciones de campesinos hacia las grandes urbes se volvieron masivas. Los cinturones de pobreza que rodean las ciudades, o las barriadas que han quedado atrapadas dentro de éstas —las favelas, las villamiseria, las bidonville—, surgen de una necesidad real propiciada a partes iguales por el estatismo y el capitalismo: centralizada la política, concentrada la producción, establecida la industrialización como motor económico, depauperado el mercado agrícola, miles de paisanos huyen y fluyen hacia los centros de poder y trabajo, instalándose donde y como pueden, inventando barrios que con suerte un día u otro serán legalizados, si las fuerzas del orden no intervienen antes para arrebatarles unas tierras reclamadas por sus genuinos propietarios.
Aunque siempre ha resultado imposible separar el problema económico del político, es a partir de la revolución rusa, pero sobre todo de las revueltas anarquistas del año treinta y seis, en Barcelona, cuando la ocupación ilegal adquiere un marcado sentido militante. En aquellos años, en Cataluña, casi el setenta y cinco por ciento de la industria fue ocupada y reorganizada por comités obreros, y las tierras colectivizadas y manejadas por comunas libertarias. El asamblearismo y la discusión política eran tan importantes como la producción. Desde luego, este fenómeno poco o nada tenía que ver con la cooperativización forzosa que el socialismo de Estado imponía en la Unión Soviética; por el contrario, era una reacción ácrata contra el Estado mismo.
En los años sesenta el squat moderno se estructura en las grandes ciudades del primer mundo, mientras en el tercero continúa el fenómeno de de manera descontrolada. En las capitales europeas y norteamericanas aparece la comuna urbana, ya ajena al comunitarismo agrario, que busca asentarse en fábricas y edificios en situación de abandono para desde ahí actuar política y culturalmente. La imbricación entre contracultura y pensamiento radical se establece como crítica a la sociedad del espectáculo, al status quo y a la demoledora avanzada del negocio de bienes raíces. Las casas ocupadas se vuelven laboratorios de arte, a la vez que experimentos sociales no exentos de idealismo, pero tampoco de praxis. Son, en efecto, zonas temporalmente autónomas.
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El sitio está a reventar. Una mezcla variopinta de gente de distintas edades, clases, culturas y gustos se reúne a escuchar música y a comprometerse con un proyecto por demás interesante. En un mundo en que los espacios públicos son en realidad privados o institucionales este tipo autonomías (genuinas utopías piratas) aparecen no como solución a los grandes problemas pero sí como alternativas libres a los centros de poder cultural. Son ejercicios de autogestión, y no pretenden presentarse como otra cosa. Representan también un rescate de espacios improductivos y por tanto inútiles para sus dueños y para la sociedad.
Quizá sea esa la razón por la cual este tipo de ocupaciones suelen ser toleradas durante más o menos tiempo por los Estados, y, más importante aún, por los vecinos de la zona; en el fondo es preferible que se conviertan en centros culturales, por muy anarquistas o anárquicos que sean, y no en refugio de yonkis, delincuentes y ratas de alcantarilla. Es cierto que en todas las casas ocupadas que he conocido hay drogas a montones (¡sí!), pero no es ese el eje de la convivencia, mucho menos del ejercicio de la autonomía. Insisto en que es el arte, la cultura (sobre todo la cultura de la resistencia al poder), lo que da vida y sostiene este tipo de proyectos.
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Pero hay otras ocupaciones, decía, menos idílicas e impulsadas por necesidades mucho más inmediatas que las estéticas o autonomistas. Es el hambre, la pobreza, lo que reúne a la gente en barriadas carentes de servicios básicos y en los que a las condiciones reales de la vida cotidiana hay que sumar el desprecio social. Hace unas semanas, sin ir más lejos, en el norte de Francia la policía desalojó —no sin brutalidad— un campamento de inmigrantes que ni siquiera querían quedarse en el país, sino cruzar a Inglaterra. Se llamaba La Jungla, y no era esa una zona temporalmente autónoma, sino una eternamente jodida. A la postre fue la presión de los buenos vecinos de los alrededores lo que desencadenó la acción policial. Insisto, presión que no se ejerció para mejorar sus condiciones, sino para sacarlos de ahí.
Latinoamérica está llena de asentamientos de este tipo, fruto, la mayor parte de ellos, de migraciones internas del campo a la ciudad. Barrios enteros han nacido de esta manera en las grandes urbes; con los años algunos consiguen lo esencial para la vida en comunidad (agua, alumbrado, drenaje, municipio) pero otros continúan sumidos en una miseria difícilmente aceptable y donde se ven en todo su esplendor las profundas fracturas de la sociedad contemporánea. Por fortuna, cada cierto tiempo la policía aparece y resuelve el problema expulsándolos sin más. Pero el Problema (ahora con mayúscula) sigue ahí, irresuelto.
Al final, después de desvaríos estéticos, artísticos, culturales, políticos, ideológicos y demás estupideces, sólo una pregunta me queda en la cabeza: ¿De qué sirve una propiedad inútil, a quién beneficia?
París
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