«No hay izquierda». La misma frase escuchada una y otra vez en cada sitio que visito, con cada interesado con quien hablo del tema. La misma certeza e incertidumbre expresada en una frase lapidaria y rotunda, absoluta como la realidad que nos rodea. Sería, sin embargo, demasiado simplista afirmar que se trata de una mera nostalgia por la ideología, la Guerra Fría y el sectarismo; es, más bien, la sospecha de que tras aquello ha quedado muy poco, casi nada. Hay días en que la sensación de que los políticos se han puesto de acuerdo para que nada cambie estimula la paranoia de cualquiera. Al ciudadano común (o con sentido común) lo agobia la impotencia cuando se acerca un proceso electoral: «¿votar o no votar?, he ahí la cuestión», y si por pudor o civismo decide hacerlo, entonces aparece, temblorosa, la otra duda: «¿por quién?».
Los partidos políticos se parecen cada vez más unos a otros; comparten gestos y discursos mientras forjan alianzas otrora improbables o imposibles en este concurso electoral que no necesariamente honra los valores de la democracia. De hecho, la palabra misma suena cada día más hueca de tanto oírla en boca de políticos de la peor ralea; se gasta, pierde su significado a fuerza de repetición y repetición y repetición. La izquierda, o al menos parte de ésta, participa con ahínco en el certero proceso de banalización y autodestrucción. Bien se burla Slavoj Zizek del fenómeno: «hay quien se ríe del “fin de la historia” anunciado por Fukuyama, pero todos actuamos como si fuera cierto».
Se le pueden cuestionar muchas cosas a los viejos comunistas, pero al menos tenemos la certeza de que a aquéllos les interesaba la historia, la economía, las ciencias sociales, etcétera, y quizá por su propia vocación de «salvadores» los animaba una genuina pulsión educadora; basta, en cambio, oír a un político de cualquier «partido de izquierda» moderno para darse cuenta que no tiene una maldita idea de nada que no esté frente a sus ojos, y aún de esto último convendría dudar. Las grandes discusiones sobre la transformación del Estado, de la economía, de la producción, de la cultura, de la educación, de la política misma, han desparecido por completo de los debates electorales, quedando sólo el triste batiburrillo de los lugares comunes, las buenas intenciones y la vaga promesa de un futuro mejor.
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Parece del todo aceptado que la crítica al sistema sólo es válida dentro de los márgenes del sistema mismo (y esto a su vez es válido para cualquier sistema); así, la subversión es buena si vende t-shirts; la corrección, el pluralismo y la tolerancia aparecen, no como valores jurídicos o económicos (ni la ley ni la economía son correctas, plurales y mucho menos tolerantes —¿cómo podrían serlo?) sino en tanto estructura moral —moralista, moralizante— más cercana a la caridad cristiana que a la democracia social (como si dijéramos: «los homosexuales son unos pobres enfermitos, por tanto debemos ser comprensivos y tolerantes con su miseria», o algo por el estilo). El abismo que hay entre Lenin y un «socialista del siglo XXI» es tan profundo como el existente entre Rosa Luxemburgo y un socialdemócrata moderno. Aquellos, bien o mal, exploraron hasta las últimas consecuencias la posibilidad de transformar de manera radical la realidad de su tiempo; los actuales, en cambio, parecen conformarse con gobernar, también bien o mal. Lo mismo, por cierto, es aplicable a los liberales: ¿dónde están, por decir, los Jefferson o los Paine de hoy? No en el gabinete de Obama, eso es obvio...
En el ya lejano año de 1875 Marx advertía que era propio del «socialismo vulgar» reducir la discusión económica a la mera repartición de la riqueza, y que no bastaba llamarse socialista para serlo («el socialismo no puede ser construido como si se tratara de un ferrocarril», decía el Viejo): pues bien, seguimos anclados en el mismo punto. Hasta las consignas parecen haber sido guardadas en formol (¿qué puede significar la unión de los proletarios del mundo en un mundo en el que la izquierda se ha vuelto nacionalista?). Si antes decía que la palabra democracia se ha banalizado hasta lo indecible, lo que ha ocurrido con el término socialismo supera toda hipérbole y metáfora, gracias a los esfuerzos combinados de dictadores y socialdemócratas. De hecho, basta pronunciar socialismo con total seriedad para que ya parezca un chiste de mal gusto, casi tan grotesco como la broma norteamericana de «imponer la democracia» en otros lares.
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Zizek es un leninista posmoderno («repetir el leninismo en el sentido que Walter Benjamin daba al término repetir: reconociendo que Lenin ha muerto»). A partir de la certeza de que la izquierda y su ética deben ser reinventadas se lanza al análisis y crítica tanto del capitalismo como del socialismo de Estado. Sin duda es el filósofo comunista más interesante de nuestro tiempo (¿el único?); un genuino crítico de la cultura y de los usos y costumbres de la sociedad contemporánea. Se hizo famoso fuera de los círculos académicos con un provocativo ensayo titulado Bienvenidos al desierto de lo real donde narra, por un lado, el «rapto» por parte de la derecha de buena parte del discurso izquierdista y por otro, el indecente cinismo de una izquierda dispuesta a aliarse con su enemigo histórico en contra de lo que ambos insisten en llamar «libre mercado».
Cuando la noción de democracia queda reducida a la simple posibilidad de elección, trátese de pañales o de candidatos políticos (mera asociación de ideas), se pierde la esencia misma de la antigua palabra griega, que no es otra que la socialización de un poder que en rigor continúa concentrado en pocas manos, aumentando la sensación de inmovilidad sistémica. Cuando todos los partidos políticos parecen «iguales» entonces personajes como Chávez o Le Pen comienzan a parecer opciones viables al «racionalismo» de la democracia liberal: Es así, dice Zizek, que florecen «las estructuras carismático “protototalitarias” con lógica plebiscitaria»...
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Sin importar si los viejos comunistas tenían o no razón, lo cierto es que tanto su producción de pensamiento como de estructuras de lucha fue impresionante (¿cómo olvidar la poderosa organización celular que en su mejor momento —fines del XIX y principios del XX— fue el movimiento comunista internacional?), a cuyo lado el izquierdismo contemporáneo parece apenas un balbuceo ininteligible sin otro propósito que el desvarío. Al respecto sentencia Zizek: «No estoy loco ni preconizo la fundación de un nuevo partido revolucionario. Sólo propongo que mantengamos la mente abierta y no creamos que la tolerancia, el Estado de bienestar y las “terceras vías” constituyen valores supremos».
Entonces, tras mucho leer, la negación inicial se traslada al terreno de la duda: ¿hay izquierda?
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