Tela es una pequeña y caótica población junto al mar Caribe, en el departamento llamado Atlántida. Dejo mis cosas en un pequeño hotel de esos que las parejas alquilan por hora y camino hacia la playa, demasiado turbia y sucia por los recientes temporales. Me instalo bajo una palapa a ver el mar, pido una cerveza y la estridencia de la música a todo volumen, como se estila en el trópico, me distrae. En una mesa cercana hay un joven garífuna bebiendo solo. Nos saludamos con un gesto y comienza a hacerme preguntas a gritos, compitiendo con el audio, hasta que lo invito a la mesa, donde iniciamos la amistad.
Los garífuna conforman una nación cultural que atraviesa varios estados nacionales (Honduras, Guatemala, Belice, Nicaragua y en menor medida el sur de México y Estados Unidos), con una lengua común, quizá una variante del arawak. Su origen es incierto; se presume, en todo caso, que fue en la isla de San Vicente donde se dio el encuentro entre caribes y esclavos provenientes de la actual Nigeria, y del mestizaje entre ambos pueblos nacieron los garífuna, también llamados «caribes negros». En 1797, tras la invasión británica a San Vicente, los garífuna fueron deportados a Jamaica y a la isla de Roatán, en el Caribe hondureño, desde donde llegaron a tierra firme. Se refugiaron en estas costas cuando una muralla de selva y mosquitos los protegía del hombre blanco y de sus leyes. Desarrollaron sus comunidades al margen de indígenas y ladinos, cuidaron su lengua, se entregaron a la pesca, cultivaron sus ritmos (punta, llaman al estilo musical que han creado; se oye reggae y bachata, entre otros ritmos), y educaron a sus hijos en una vida sencilla, pacífica —no necesariamente idílica pues la pobreza y el aislamiento han sido constantes—, sin duda tranquila y sana, ajena a las tribulaciones de la gran urbe.
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Jovanny, se llama el joven garífuna. Insiste en que conozca su aldea, a pocos kilómetros de Tela, y que lleva el tremendo nombre de Triunfo de la Cruz. Es mediodía cuando el taxi me deja en la entrada del pueblo. Los niños salen de la escuela con camisa blanca y pantalón o falda azul, corriendo por la calle principal, de tierra apisonada. Hay casas antiguas, de madera y techo de palma, y otras recientes, construidas con bloques de hormigón. En sus muros abundan los colores vivos, y otras, más modestas, tienen sólo el color del material. En un comedor en la playa devoro unos camarones al ajillo acompañados con plátano frito y mucha cerveza, al ritmo de las bromas de la propietaria, una señora dulce y de enorme diámetro.
Un grupo de jóvenes llega en una camioneta nueva, brillante, y uno de ellos, rubio, de rasgos europeos, se acerca a donde estoy, me invita un vaso de ron y me pide que me una a ellos. Al acercarme preguntan de donde soy —no abundan los extranjeros tras el golpe, lo he dicho antes— y al aclarar mi origen se decepcionan: «Pensábamos que eras un terrorista del Medio Oriente», responden entre risas. Varios de ellos trabajan para una transnacional mexicana, de esas que manejan canales de televisión, telefonía celular, bancos y tiendas de electrodomésticos a crédito y al doble de precio. «Es una mierda —dice uno de ellos, músico en sus ratos libres—, todo el dinero se va del país, lo único que queda aquí son nuestros pinches salarios. ¿Cinco años en la universidad para esto?». Luego, inevitablemente, hablamos de política.
«Yo sí apoyé con todo a Zelaya —dice el rubio hacendado, nieto de un soldado alemán que tras la guerra se refugió en Honduras—. Le di dinero, apoyo político y, no voy a mentir, me beneficié muchísimo con él en términos de negocios». Tras el golpe congelaron todas sus cuentas bancarias a modo de represalia y, dice, tiene seguimiento. Su cuñada, trabajadora de la transnacional mexicana, opina que Micheletti hizo lo correcto: «impidió que se violara la Constitución», justifica. «Pero él también la violó al imponer el toque de queda, violando así el derecho al movimiento y a la asociación, y desde luego, desató la represión contra los seguidores de Mel», interviene el roquero. La discusión se extiende interminable (frente al mar la vida es más lenta), y a ratos la escena parece sacada de una vieja película en la que el blanco es el hacendado, los mestizos son asalariados y la negra, la cocinera.
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Recorro la aldea con mi amigo garífuna. Tiene veintiocho años, es técnico electricista y está orgulloso de su formación, de ser bueno en el oficio, respetado en la comunidad, de saber llevar sus cuentas y de tratar bien a su familia. Nació, creció y estudió en la capital pero un día decidió volver. Aquí aprendió su idioma, conoció su música y la historia de su pueblo, que narra con pasión y reverencia. Los ancestros, al fin y al cabo, siguen siendo fundamentales.
Luego encallamos en el billar, verdadero centro social del pueblo —espacio masculino con escasísimas excepciones, que alborotan y distraen al personal—, a reunirnos con otros amigos al ritmo de varias rondas de cerveza. Hablamos de todo un poco; cuentan historias de su gente (la odisea de Fulano en el Norte, o de Mengano que se infectó de VIH), recuerdan la vida antaño, cuando sólo unos trillos comunicaban la aldea con la vecina Tela y para andar a la escuela los chicos se echaban dos horas a pie, y apenas aprendían a leer y a escribir abandonaban los estudios. Todos tienen familia en los Estados Unidos, en Belice o en Livingston, Guatemala. Dos de los hombres encontrados en aquella fosa en Tamaulipas eran de aquí, de esta misma aldea, y fueron enterrados hace pocas semanas. Viven de las remesas y del turismo, pero también del mar y de la tierra (comen pescado, mariscos, pollo, cerdo, plátano en todas sus variantes y arroz con frijoles —que aquí llaman rice and beans—; también casabe, una tortilla dura de harina de yuca; un tamal al que llaman darasa, y machuca, una masa de plátano machucado —claro— acompañada de una exquisita sopa de coco con pescado). No hay dinero pero se vive bien en medio de la naturaleza —sin romanticismo; hay alcoholismo, drogadicción, prostitución, y de vez en cuando broncas a machetazos o a plomazos—, con la playa enfrente y la certeza de estar en una aldea en la que todos se conocen, saben quién es capaz de qué y por qué, y sólo si el problema es muy grave llaman a las autoridades estatales. El dinero de los migrantes financia las construcciones, el desarrollo; el futbol es la esperanza local (varios jugadores de primera división han salido de ésta u otras aldeas similares); hay escuela primaria y secundaria, radio comunitaria, telefonía, televisión por cable, internet. Hay extranjeros viviendo aquí. Casi todos los varones han migrado a otro país y han visto otro mundo, comido otras cosas, vivido de otra manera. Utilizan cientos de anglicismos al hablar (fuck!): no son, pues, ajenos a la modernidad ni viven de espaldas a ella.
Al terminar la última ronda de cervezas, ebrio ya de curiosidad, decido alquilar una cabaña frente al mar y quedarme varios días a sufrir un poco en este hermoso rincón del mundo.
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