No me entretendré narrando algo que los cronistas deportivos han hecho mejor que yo, con elaboradísimas hipérboles y poética grandiosidad, y que de todas formas no me interesa contar porque no es el acontecimiento en sí lo que me atrae sino la euforia generada por éste. Aunque el fútbol me gusta en realidad no lo sigo, no tengo equipo ni preferencias, en todo caso simpatías y un cierto asombro ante el fútbol mismo, ante el saber-hacer de jugadores y estrategas. Sé, sin embargo, que carezco de pasión cuando se trata de deportes. Me gustan, los disfruto, los entiendo pero en el fondo no me importan, me da igual quién gane o pierda. No son determinantes en mi vida, ni siquiera en lo social. Sin embargo, siempre he sentido una profunda fascinación por la fascinación que despiertan los grandes deportes de masas. Ningún acto cultural, ninguna expresión artística, ni siquiera una corriente ideológica puede movilizar hoy a tanta gente como lo hace, digamos, un campeonato mundial. El fútbol comienza a parecerse a una religión. Y sus dioses son humanos. Por eso, cuando el Barça ganó el campeonato europeo de clubes (sumado a sus dos títulos nacionales) la ciudad incurrió en la locura. La única palabra que me viene a la mente para describir este estado de las cosas y los individuos es arrebato. Éxtasis.
El nacionalismo, el patriotismo, parecen redirigirse también al mundo de los deportes. El sentido de pertenencia, en una ciudad multinacional como ésta, pasa por su equipo de fútbol. En los barrios inmigrantinos la euforia previa y posterior a la final no fue menos intensa que en los territorios más catalanistas, y desde entonces el grito de moda es «Visca el Barça i visca Catalunya!». La fusión de los discursos futboleros y nacionalistas es particularmente interesante en esta nación-dentro-de-otra en constante pugna con el Rey, el gobierno central y desde luego, el Real Madrid. Si la final de la Liga de Campeones hubiera sido contra éste último, ganando el Barça, la revolución podría haber sido posible aquí; en cambio, los celebrantes sólo destruyeron media ciudad. Leí sobre un par de chicos que perdieron un ojo (uno cada uno, se sobrentiende) por las bolas de goma que usan las fuerzas del orden para reprimir alborotos; en cualquier caso, tal y como ocurrió hace dos meses con las manifestaciones estudiantiles, la actuación de la policía autonómica catalana, los temibles Mossos d'Escuadra, se encuentra en entredicho. «Excesiva» es el adjetivo más neutro que se ha utilizado en estos días.
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Me instalo en un bar, cámara en mano, a observar la contagiosa felicidad de esta gente, aunque no falte el gruñón de turno —no yo— que grita en medio de la euforia: «¡Al populacho pan y circo, cojones!», y se aleja con prisa, como para no intoxicarse. Poco a poco el entorno se llena de fanáticos, seguidores y simples mirones. Cuando los gladiadores por fin hacen su recorrido triunfal la larga avenida aparece cubierta por la masa de una manifestación política con banderas, pancartas, eslóganes. Por lo menos un millón de personas (de una mancha urbana de cuatro) se congrega en las calles para alabar a los héroes patrios.
El Barça es una suerte de selección nacional, cualquier triunfo del equipo aparece entonces como reafirmación de una nacionalidad realmente existente pero jurídica, política y administrativamente negada. Todas las reivindicaciones catalanas parecen realizarse, por un instante, con la victoria de este equipo cuyos jugadores extranjeros dan vivas a Cataluña en su idioma, para delirio del respetable. El «Ja som una nació» se concreta cuando todos los habitantes de esta ciudad (paquistaníes, chinos, cubanos, senegaleses, whatever) se incluyen en el plural deportivo: Ganamos, jugamos mal, perdimos por culpa del árbitro, ¡somos la hostia! Así se expresan todos, que no es lo mismo que «nos expresamos». La integración simula ser un hecho real. Luego, pasados unos días las cosas vuelven a la normalidad y unos siguen con su «putos negratas» y otros con su «putos catalanes». Y si aparece un moro muerto por una paliza da igual, es uno más. Es lo que hay...
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En el catalanismo hay de todo, desde genuinas reivindicaciones históricas hasta franca xenofobia disfrazada de victimismo. Es decir, lo habitual en cualquier nación, en cualquier patria que se precie de serlo. Suele olvidarse que el nacionalismo no es una ideología política, mucho menos exclusivo de una determinada nación, sino un sentimiento social, un instinto de tribu hábilmente explotado por ideólogos de uno y otro bando, y que estalla al interactuar con otras primariedades del hombre, como la batalla, fundacional en el desarrollo de la humanidad. Huelga decirlo, el fútbol es una guerra ritualizada, mediada por el capital y en mucha menor medida por el fair play, pero en su esencia, en tanto representación del enfrentamiento tribal, del orgullo de pertenencia, es tan antiguo como nosotros, como la guerra.
Viendo pasar a estos héroes, vitoreados por la ciudad entera, no puedo evitar retrotaerme a los grandes relatos no sobre la primera y segunda guerras mundiales, sino sobre las reacciones de los pueblos ante éstas: Aragón, Zweig, Russell, todos retrataron la fascinación, el patriotismo, el odio, la pérdida, el triunfo. Todos narraron la euforia, los aplausos, la recepción de las tropas (victoriosas o derrotadas) y esa suerte de «espíritu deportivo» con que algunos se toman la guerra, como si fuera una competencia cualquiera...
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Ocasionalmente el deporte se vive como una guerra también, muertos incluidos, a veces por enfrentamientos entre fanáticos opuestos, o por una estampida, o por un choque con la policía o porque algún imbécil tuvo la grandiosa idea de lanzar una bengala o un petardo en las gradas. Los gritos de los seguidores de un equipo son tan lindos como la letra de un himno nacional cualquiera y, por ridículo que parezca, la simbología ideológica se encuentra siempre en los estadios, desde imaginerías cercanas al nazismo hasta banderas del Che Guevara. De hecho, uno de los problemas recurrentes del fútbol español (y europeo) es la imbricación entre hinchas y neonazis, y los nacionalistas se ven en la incómoda situación de apoyar a un equipo conformado en buena medida por sucios extranjeros. Los mismos fanáticos que hoy vitorean a Eto'o como campeón, hace un año le gritaban sin tapujos «negro de mierda». La situación ha cambiado, claro, el triunfo lima cualquier aspereza. Los salvajes, después de todo, pueden ser buenos.
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Así las cosas, nacionalismo, deporte y guerra seguirán constituyendo una tríada indisoluble y confusa, y a veces, viendo un bombardeo por televisión, cuando el misil da en el blanco, temo que de un instante a otro salte un analista político y comience a gritar «¡Goooool!».
A decir verdad, cualquier cosa puede ocurrir...
Barcelona
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