Fin de mes

Barcelona, 2009


Hay días en que la más nimia cosa parece un lujo, el vacío en el bolsillo llena la vida y todo gira en torno a esa ausencia. En días como éste la calle resulta una agresión: el mundo entero es un anuncio publicitario y cada transeúnte, cada ciudadano, parece a punto de venderte algo. Las tiendas abiertas de par en par son una invitación al suicidio, los restaurantes con sus olores una tortura y en general todo parece dispuesto a recordarte tu incapacidad de consumo. Lo afrontas porque en casa estás solo, la televisión es un asco y todas las películas las has visto mil veces. Además, quieres celebrar.

*

El día es hermoso y se agradece, lo último que necesitas es un clima aciago y perturbado, que nuble el escaso optimismo que aún pueda haber en tu ser. El sol brilla, caminas por ahí con la esperanza depositada en una Nada que quizá también te abandone algún día. Las manos en los bolsillos completan el retrato neodostoievskiano que te empecinas en componer, sabiendo que sin los grandes relatos sobre la miseria tu pobreza sería insoportable. Has dedicado tu vida adulta al noble arte de sobrevivir. Arrastras los pies con conocimiento de causa, dejas caer los hombros y escudriñas el suelo como si la respuesta estuviera ahí, entre orines de perro. Te detienes en tres cajeros, atribuyéndoles el error de esa suma negativa que es tu saldo. El letrero «cualquier intento por forzar este aparato destruirá los billetes» te detiene. Extingue tus ganas de estrangularlo.

Buscas el sitio más barato y pides un café. Lo bebes despacio porque sabes que será el único, fumando uno de los dos cigarros que te quedan. Has dejado la cámara en casa y ahora lo lamentas. Acaba de pasar una foto. En la barra hay un periódico gratuito, de pocas páginas, y lo lees por puro hábito. Luego te concentras en la conversación de unos ancianos endomingados que comparan servicios hospitalarios («ahí no vayas a cardiología: es pésimo, pero dicen que oncología es la hostia») con la sabiduría que sólo dan los años y uno que otro infarto. Te preguntas si algún día te reunirás con los amigos a beber tila o manzanilla e intercambiar consejos médicos, y algo llama tu atención: ya no dudas si llegarás a viejo, sino cómo serás cuando llegues.

Pasas por una calle llena de prostitutas, alguna hermosa, ropa ceñida y poca. Enfrente, en una plaza, los proxenetas vigilan. Ninguno tiene más de veintipocos. Ellas quizá menos. Entre tienditas chinas y restaurancillos paquistaníes, unos senegaleses viven apoyados contra el muro, sosteniéndolo y murmurando entre sí. Te cruzas con dos policías y piensas que hoy hay más que de costumbre. Tropiezas —literalmente— con un viejo amigo. Te interesas por su estado financiero y responde pidiéndote un préstamo. «Vamos bien», resumes. Se despiden con recomendaciones de cautela («cuídate»), como si pudiera ser la última vez.

Desvarías hablando solo. Te haces preguntas, a veces en voz alta, desconcertando a los paseantes que se apartan de tu camino. Te ríes de ti mismo, claro, qué otra cosa podrías hacer. Como aquel día, en el metro, pensabas en algo que no viene al caso cuando te preguntaste en un murmullo demasiado audible: «¿y si sólo fuera una expresión escatológica de esa misma ausencia?» y se hizo un mal disimulado vacío en torno tuyo.

Llegas a la playa, llena de gente que ha tenido la misma idea que tú. Te tiras en la arena a ver el mar, a regodearte bajo el sol ahora que aún es gratuito (no dudas que será privatizado también, un día u otro). Sacas del bolsillo una novelita simpática y perezosa, ideal para la ocasión. Todo maravilloso, sí, pero enarcas las cejas porque nada de esto logra desviar tu atención del hecho fundamental: la ausencia total de fondos en este preciso instante. Y vuelves a repasar tus gastos, aunque sabes que no hay nada espectacular en ellos: alquiler, supermercado, un par de divertimentos, alguna cena fuera, y poco más. Un trabajito extra por aquí y otro por allá, y aún así mucho antes de fin de mes tienes las cuentas atravesadas en algún punto entre el esófago y el recto, comprimiendo los órganos vitales y la existencia misma.

Sin metafísica, te preguntas qué será de ti...

*

Después de un rato vuelves a casa. Devoras un plato de espaguetis con tomate, cebolla y orégano, lo único que había en la cocina. Revisas la ropa sucia y los rincones en busca de monedas, billetes o lo que sea. Ya lo has hecho otras veces (anoche y esta mañana, por ejemplo) sin resultado alguno. Abres la puerta del refrigerador por enésima vez y confirmas que no hay nada nuevo en su interior. Parece una premonición. O un deja-vu.

Enciendes el último cigarro, en el balcón, y revisas lo que has escrito. Siempre quedas insatisfecho con tus textos pero esta vez te parece un exceso. Desplazar la narración a la segunda persona no fue una buena idea, aunque comprendes tu necesidad de hacerlo, la pulsión que te anima. Sabes también que cuando este texto se publique el instante ya habrá pasado, y que durante todo un largo año no volverás a pensar en ello. Tienes claro que esto no tiene que ver con el dinero, sino con los años. Empeoras. Avanzas hacia atrás. Cada año estás más grave, más encerrado y tembloroso. ¿Tienes fiebre?, te preguntas.

Desde luego es deprimente, pero no puedes alterar, y lo sabes, ciertos hechos fundamentales como el haber nacido. O el haber nacido este día. Te deprime cumplir años, no tanto por temor al envejecimiento o porque el ritual de cumplirlos implique poner en duda, aunque sea por ese día, todos los valores de tu vida, como por el hecho de que tu jodido cumpleaños ocurre a fin de mes, siempre, año tras año, cuando ya no te queda un maldito centavo, ni siquiera para invitarte una pizza, un caramelo, cualquier cosa, y erras por la ciudad en pena o te encierras en tu refugio antibombas en espera de que todo pase. Un cumpleaños sin dinero es el peor de los augurios, brujería de verdad. ¿Te has enemistado con algún santero últimamente?

En fin. No tienes remedio. Todo está escrito. Tu cumpleaños no tiene precio. Para todo lo demás existe master card...

Barcelona
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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