Otra vez ese cosquilleo, esa excitación, como un deseo reprimido. Llego a la estación con dos horas de margen. Hago la cola para comprar el boleto y me dicen que el tren va lleno, que no quedan plazas. Pregunto por otras opciones, alguna combinación, y la amable señorita me indica que el precio se duplica si viajo a Madrid y desde ahí a mi destino final. Me dirijo a la otra cola, la de ventas anticipadas, a ver si encuentro un boleto para el día siguiente. Agarro el tiquet 372, mientras la pantalla anuncia que le toca el turno al 123. Suspiro. Salgo de la estación a fumarme un cigarro. Llamo a un amigo y le pregunto si está conectado. Le pido que me busque un autobús para hoy.
A las ocho y veinte Barcelona comienza a quedar atrás, en el retrovisor. El paisaje cambia poco a poco aunque sin abandonar su sequedad. A ambos lados de la autopista se ven viejas casas, fábricas o haciendas en el más completo abandono, sin ventanas, como una dentadura incompleta. Me sorprende que siendo vacaciones la autopista esté vacía. Al frente, el sol se oculta tras una pequeña cordillera.
*
Cruzar la península de costa a costa toma quince horas; o al menos ese es el tiempo que pasé en el autobús entre Barcelona y La Coruña. Llego a las once de la mañana y al caer la tarde debo tomar otro tren, así que tengo siete horas para perder por ahí. El problema es que en la estación no hay consigna para guardar el equipaje, así que salgo con mis bártulos encima. Bajo hasta el puerto y comienzo a bordearlo. El día está nublado pero hace un calor totalitario. Todos mis poros se movilizan en la incesante labor del transpirar.
Me instalo en un parque frente al puerto, bajo unos árboles viejos y frondosos y dejo pasar las horas mientras escribo y fumo. Apenas he dormido (el autobús estimula mi insomnio) así que un dulce cansancio se apodera de mí. La brisa marina ayuda, así como el ronroneo de los automóviles en la avenida y el agua que cae de la fuente. Unos pajaritos se acercan a jugar; uno de ellos se revuelca en la tierra, como hacen los perros, y los otros dos saltan alrededor emitiendo gorjeos y aletazos. No sé si es un ritual de apareamiento o una danza macabra; en todo caso los observo retozar.
Me sorprende La Coruña. No esperaba una ciudad tan alta ni tan bella. Los edificios parecen competir entre sí con colores llamativos y una explosión de anuncios publicitarios se expande por la urbe. Llaman la atención las campanadas de las iglesias, que suenan cada media hora y retumban en estéreo. Me decepcionan las chicas en la calle, que esquivan la mirada, bajan la vista, esconden los ojos como si uno pudiera robárselos con sólo verlos. Pienso que esta negación al coqueteo puede estar relacionada con esas campanadas que en mi imaginación adjetivo como medievales. La cultura católica sigue haciendo estragos... parece.
*
Me dirijo a la estación de tren. Tengo tiempo por delante pero estoy harto de vagar con la mochila a cuestas. Me siento junto a los andenes a leer y al poco se me cuadra un policía delante: «Papeles», dice sin sonrisa. En la frontera siempre me revisan los documentos, y en Francia de vez en cuando me los piden en la calle, pero es la primera vez que me ocurre en España. Miro al oficial, sonrío, y le entrego el permiso de residencia. Lo revisa dos veces y pregunta si nací en La Habana. Le confirmo lo que el documento ya dice (que en efecto, nací en Cuba) y acto seguido llama por su walkie-talkie: «Informática, tengo a un cubano aquí; a ver si tienes algo», y deletrea mi nombre: «Charlie-Alpha-Nothing-Echo-Kilo». Me río por lo bajo y disfruto sobremanera su cara de chasco cuando le informan que estoy limpio y me devuelve los papeles murmurando una amarga disculpa falsa. Antes de irse le pregunto si tienen muchos problemas con esos temibles cubanos y responde que no: «No problemo» insiste, haciéndose el yanqui.
De todas formas copia mis datos en su libreta, cosa que en verdad no me hace gracia. Media hora más tarde vuelve a pasar ante mí y me pregunta en qué tren viajo y hacia dónde voy. Es obvio que no está conforme con mi ausencia de antecedentes; ha detectado mi rostro de sospechoso y no piensa quedarse tranquilo. Me empeño en ignorarlo pero lo cierto es que da vueltas por ahí sin quitarme la vista de encima. Luego se lanza sobre una mulata, después sobre un matrimonio asiático. Puro xenocontrol. Una hora más tarde, mientras bebo una cerveza en la cafetería, el policía se me acerca una vez más para recordarme que mi tren está a punto de partir. Quiere que me vaya. Se lo digo: «Tranquilo, que ya me voy a la mierda de aquí» pero en lugar de responder, da media vuelta y se aleja. Cierto que mi tono no fue el más amable del mundo. Para ser franco, desde mis años cubanos no había encontrado a un policía que se me encarnara de tal manera.
*
El tren es pequeño y simpático. Recorre todos los pueblitos de la ría y la última parada es Ferrol, donde nació el Caudillo en el ya lejano año de 1892. Durante su autocracia el pueblo pasó a llamarse El Ferrol del Caudillo, siguiendo una tradición que incluye, por ejemplo, a Stalingrado. Claro que mi visita carece de connotaciones franquistas o políticas en general; lo que me trae aquí es un amigo al que no veía desde hace quince años y cuyo reencuentro se lo debo, una vez más, a internet. Recuerdo que una de nuestras últimas conversaciones, allá en La Habana, versó sobre el proyecto Chicago, que era el nombre clave de Windows 95 antes de que saliera al mercado. Estábamos excitados con el sistema multitareas que se anunciaba, así como con sus posibilidades «multimedia». Esto ocurrió en mil novecientos noventa y cuatro.
Ahora es programador y diseñador. Nos sorprendemos porque ambos dejamos atrás aquello que en principio nos había unido (el metal, la frikandá) pero seguimos teniendo infinidad de cosas en común. Al llegar me advierte que es soltero y desordenado en sus costumbres, y desde luego me siento como en casa. Conozco sus hábitos de trabajo porque son también los míos. En la sala todo gira en torno a su potentísimo PC con dos pantallas, una de ellas de sólo veinticuatro pulgadas. Así que al encontrarnos agarramos tremenda borrachera hablando de computación, programación, internet y diseño. Es de lo más agradable porque en el fondo poco hemos cambiado, en el sentido de que al reunirnos todo fluye de manera natural, entre recuerdos pero sin estancarnos en la esterilidad de la nostalgia. Repasamos a los viejos amigos, claro, y compartimos lo que sabemos de Fulano o Mengano pero también, puesto que él dejó Cuba hace pocos meses, me pone al tanto de lo ocurrido en estos últimos años, esas cosas que nunca aparecen en la prensa y que existen sólo en lo inmediato-cotidiano, en el pulso diario, en la supervivencia del día a día.
*
Así que acabo de llegar; no he tenido tiempo de explorar el mundo que me rodea pero no tengo prisa. Esta tarde nos iremos a pueblear, a recorrer la Ferrolterra, la comarca que incluye a los once municipios de la ría de Ferrol. Mañana, o cualquier otro día, volveré a La Coruña (ahora sin peso encima) para caminarla a gusto. Me gustaría conocer Lugo, Vigo y Santiago de Compostela, siempre y cuando no haya peregrinos. No tengo plan, nada me apura, estoy con un excelente amigo, recuperándonos de nuestra mutua ausencia. Tenemos mil cosas por contarnos aún, planes por hacer, discusiones pendientes y mucho intercambio de información electrónica, de conocimientos específicos. Los planes se construirán sobre la marcha, a su ritmo. La vida, desde luego, transcurre en tiempo real. Como la amistad.
Ferrol
| < Anterior | Siguiente > |
|---|