A las seis de la mañana llego a Tapachula, a una hora de la frontera con Guatemala. Me instalo en un pequeño hotel, modesto, muy cerca del parque central, y una rápida ojeada al libro de registro deja ver la nacionalidad de sus moradores, la mayoría guatemaltecos, hondureños, salvadoreños. Es esta una ciudad construida a base de mestizajes diversos, no sólo entre mayas y castellanos, sino también con el concurso de chinos, alemanes, libaneses, italianos, sirios, franceses y otros inmigrantes que han nutrido la zona en los dos últimos siglos. Tapachula es una escala obligatoria en el paso de Centroamérica hacia el Norte (o a la inversa, como es mi caso) pero además, paralelo al flujo migratorio hay también un gran flujo comercial: son muchos los guatemaltecos que vienen aquí de compras, sobre todo los fines de semana; en consecuencia el quetzal es moneda corriente en todos los comercios de la ciudad, así como el sacrosanto dólar.
Hace algunos años pasé por esta ciudad, durante un acelerado y disparatado viaje a Guatemala. En aquella ocasión carecía yo de pasaporte y de cualquier otro documento de identidad, por lo que me abrí paso en la frontera, de ida y de regreso, a golpe de sobornos. Entonces Tapachula me pareció una ciudad empobrecida y sucia, que avanzaba con celeridad hacia la decadencia; ahora veo una urbe dinámica, llena de pequeños negocios y grandes franquicias. Edificios que antes vi semiderruidos ahora aparecen restaurados, al menos en el centro de la ciudad. A la vez, la impresionante y escandalosa cantidad de casas de préstamo y de empeño hablan de la fragilidad y de la superficialidad de una economía que cualquier día puede caer con estrépito y sin aviso...
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De pronto todo es verde. La sequedad del trópico juchiteco ha sido sustituida por el verdor inacabable de Chiapas y la frontera. Atravieso el puente a pie, mochila encima, y llego a ciudad Tecún Umán a eso de las diez de la mañana, tras pasar la obligatoria aduana. Me traslado a la estación de autobuses, un fanguizal que sirve de estacionamiento y localizo el bus a Xela, diminutivo de Xelajú, nombre quiché de Quetzaltenango. El viaje dura cuatro horas, comienza al nivel del mar y acaba en torno a los dos mil cuatrocientos metros de altura. El autobús, como todos los que cruzamos en el camino, es un viejo school bus que ha sido desahuciado en Estados Unidos por anticuado e inseguro y retomado aquí como transporte público.
Al principio el viaje es tranquilo, con el bus semivacío y yo despatarrado en dos asientos; luego, poco a poco comienza a llenarse, al grado de que vamos tres personas en cada asiento doble, tamaño escolar, con apenas espacio para posicionar las piernas. Mi rodilla izquierda comienza a lamentarse. La mitad del viaje transcurre así, parando en cada pueblo o caserío en busca de más pasajeros (y en cada parada suben vendedores de cuanta cosa se pueda comer o beber), apretujado contra la ventana, en un asiento que en cada bache pugna por sodomizarme (y los baches son muchos en esta carretera). En resumen, un pequeño infierno sobre ruedas, aunque un poeta diría que se trata de un viaje pintoresco...
El trópico queda atrás; la bruma de la alta montaña envuelve el camino. El calor se disipa. Al llegar a Quetzaltenango llueve y hace frío, al menos para alguien que ha pasado el último mes en el trópico, a una temperatura media de treinta y ocho grados centígrados y picos de cuarenta y dos. La terminal de autobuses de segunda es un hervidero de vehículos y personas moviéndose en todas direcciones, formando un caos catastrófico, postapocalíptico, bladerunnesco. El taxi de la terminal de autobuses al centro de la ciudad me cobra lo mismo que el autobús de la frontera hasta aquí, lo que parece un sinsentido o un abuso diseñado para turistas. De cualquier forma, pago.
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Es domingo. Salgo del hostal y me enfrento a una ciudad semivacía, fantasmal, casi esotérica. El sol se cuela en los callejones empedrados. Al fondo de la plaza central se ve la montaña, enorme en su verdor. Desde lo alto, un gran caserón muestra un letrero ominoso: Cristo viene, anunciándolo en mayúsculas para una ciudad vacía. Anoche fue la final de fútbol y el equipo local perdió por cuatro goles, dejando a esta urbe sumida en el silencio. Hoy la resaca es doble para los aficionados. Yo también porto una desagradable resaca, no de alcohol ni de fútbol, sino de cambio climático. Saltar del trópico a la montaña me ha dejado algo desequilibrado y atravieso los doce grados celcios del mediodía arrastrando los pies en busca de un café bien cargado.
El centro de Xela está lleno de Spanish schools, and a lot of gringos snooping around. Hay publicaciones culturales y turísticas en inglés, bilingües y unas pocas en español. Por todos lados hay anuncios de trekking, hiking y otras actividades que en general me parecen de lo más boring, así como cafés y restaurantes veggies y orgánicos. El turismo es alternativo, new age y «sano». Mucha iconografía popolvuhvesca («Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado y vacía la extensión del cielo», comienza el bello libro) para consumo de viajeros ávidos de simbolismo y mitología. Mucho mundo mágico, dicen...
Me interno en un bar simpático y multicolor. Me receto un ron añejo para paliar la desorientación y hablo un par de horas con el encargado, un teatrero esporádico que despotrica sobre la escasa vida cultural de la ciudad mientras me pone al tanto del mercadeo local de ganja. Le pregunto si la policía es muy perra aquí: «Uy, es preferible toparte con los delincuentes», asegura: «al menos ellos son honestos en cuanto a su función». Nada que no conozca. Me sorprende la cantidad de mexicanismos que utilizan los jóvenes; salvo algunos términos y el acento, el habla es muy similar. México, (des)gracias a su poderosa y horrenda televisión, ha devenido imperialismo cultural en estas tierras.
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Me arrastro por las estrechas callejuelas que suben y bajan por el centro de Xela. Camino sin rumbo, perdiéndome en el pequeño laberinto vacío. De vez en cuando tropiezo con un cadáver ebrio, derrumbado en una esquina, perdido el conocimiento. Algunos turistas blanquecinos vagabundean por ahí, acentuando la fantasmagoría dominical con su presencia. De regreso al hostal paso por un restaurante que clama la necesidad de una trabajadora con las siguientes palabras: «Se solicita señorita». El anuncio me gusta tanto que estoy tentado a poner uno igual en la puerta de mi habitación.
Sólo para ver qué ocurre...
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