Hace dos semanas que no salgo de casa; o lo hago pero siempre de ida y vuelta, con prisa, sin tiempo para un paseo. El largo y delicioso encierro de trabajo me ha tenido voluntariamente aislado, por eso ahora me sorprendo al llegar al mar. ¿A quién se le ocurre realizar reparaciones en la playa en plena temporada turística? En días como este estoy tentado a aceptar que Latinoamérica se comenzó a construir aquí y que los europeos tienen razón cuando afirman que «esto» no es Europa. La playa, en serio, parece un jodido campo de concentración con rubios dentro. Rodeada de estructuras alámbricas muestra un espectáculo bastante poco halagüeño de la modernidad industrial.
En realidad Barcelona ha vivido siempre de espaldas al mar, con el puerto de por medio. La playa como tal no existía, por eso cada cierto tiempo tienen que arreglarla: el mar se lleva la arena y todo se desmorona. Pero poco importa que la playa sea falsa porque ahí está, llena de verídicos veraneantes. No deja de sorprenderme el escaso caso que los nativos le dispensan pero es normal, sólo los más jóvenes han crecido de cara al mar, a partir del noventa y dos, cuando la ciudad se abrió por fin, construyéndose paseos y playas. Es esta una ciudad contradictoria y honda; compleja: al fin y al cabo hablamos de la capital de un Estado inexistente. Ya he dicho que llevan mal su relación con los turistas, una invasión que en el verano supera a la población local y sumando el año entero casi la duplica. Tampoco ayuda el hecho de que los turistas estén tan apegados a la playa y se paseen por la ciudad en shorts y en chanclas, algo que los barceloneses detestan sobremanera. Pero tienen razón; es fácil ver cómo la cultura se turistiza y los barrios antiguos se vuelven de facto territorios chic, y en alguno, incluso —lo vi el verano pasado— los pobladores muestran pancartas invitadoras: «Tourist, go home»...
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La turística es una de las industrias más lucrativas del momento pero es también la más demoledora social y culturalmente hablando, lo que no es por fuerza negativo. Tocará a un futuro historiador español, despojado ya de las taras ideológicas que enturbian la discusión, analizar el papel del turismo —las famosas suecas que hicieron leyenda entre los varones de estas tierras— en la disolución de la estrecha cultura franquista. Quizá fue ese el primer choque frontal, no político ni policíaco, entre la mojigatería castiza y el liberalismo contemporáneo. La importancia de estas rubias es tal que cuarenta años más tarde se sigue hablando de ellas con veneración e hiperrealistas descripciones. No es un error; para la sociedad actual la libertad comienza con la sexualidad. Sin ella no hay nada.
La playa sigue llena de suecas aunque las cosas han cambiado. Ya no es éste aquel contexto ultracatólico de antaño; ahora, «me cago en dios» es la frase más usada en estas tierras, y mi profunda contrarreligiosidad se estremece de gozo al oírla. Lo admito sin pudor, adoro las blasfemias. A veces pienso que fue éste uno de los componentes fundamentales de mi temprana fascinación por La isla del tesoro y sus personajes, ese maldecir tres veces por página. El caso es que al llegar a la playa menté a la Inmaculada al ver el desorden de individuos y maquinaria desperdigados por doquier: el regocijo y el disgusto presentes al mismo tiempo, en el mismo instante. Vagabundeo haciendo fotos, deleitándome con el caos: al fin y al cabo no vine a bañarme sino a observar. Me sorprende ver que apenas hay gente en el agua, que prefieren esos desagradables «baños de sol» al refresco del mar. En medio, los vendedores de cerveza y de hachís ejercen sin discreción.
En el paseo marítimo asisto a una desbandada de senegaleses, quienes controlan el mercado de accesorios de moda adulterados (falsos bolsos de Louis Vuitton, falsos cinturones Dolce&Gabbana): La policía ha llegado y ellos se dispersan con celeridad y orden, evidentemente fruto del estudio, la planificación y la costumbre. Ahora los guardias se comportan con cierta decencia, pero todavía hace cuatro años arremetían contra ellos como si se tratara de una cacería en plena sabana. Hoy no, entre otras cosas porque la zona está plagada de extranjeros y este tipo de gestos persecutorios generan muy mala prensa...
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El sol quema y me refugio en un bar. Estoy a una cuadra de la playa y no hay un solo turista aquí, lo que habla de la inviolabilidad de los estrictos circuitos vacacionales. Cada vez que vengo me regocijo en la soledad de este bareto que no es sórdido sino pequeño y arrinconado. Me gusta venir a escribir porque es un sitio silencioso y carente de distracciones (me resulta imposible concentrarme si hay un montón de vikingas semidesnudas paseándose por ahí) pero no es el tipo de sitio en el que uno pensaría a la hora de divertirse. Aquí no hay música, ni gente alegre, ni nada que estimule el ocio. Es este un reducto de lo cotidiano, el sitio en el que encallan los náufragos del barrio. Aquí todos se conocen y hablan entre sí, el bar les pertenece y no están habituados a que entren extraños. Alguna vez cité a un amigo aquí (yo estaba escribiendo cuando llamó) y al ver el lugar me miró con ojos redondos, desorbitados, llenos de escándalo ante mi evidente mal gusto.
Los parroquianos parlotean sobre el viejo barrio (los viejos tiempos, las viejas costumbres) y los sigo con falsa indiferencia desde la esquina de mi vermut. Poco a poco se han acostumbrado a mí aunque cada vez que entro me miran con fijeza y se hace un silencio, quizá temiendo que sea la avanzada de una invasión ulterior. Luego se olvidan de mí y continúan con su eterno despotricar. A veces me pregunto qué sería de este pueblo sin su sempiterna queja, sin el dulce ejercicio de la protesta cotidiana. Protesta que no debe ser entendida en un sentido político (o no solo) sino ante todo, insisto, como un modus vivendi. Y cuando no protestan caen en una suerte de lasitud que ante una situación dada los hace afirmar, con objetividad y fatalismo: «es lo que hay», indicando con ello la ausencia de solución.
A veces la queja se extiende a los extranjeros en general («no lo digo por ti», me aclaran siempre, lo que me pone en la desagradable situación de dar gracias por su condescendencia) pero esto no es una exclusividad local, lo he vivido en distintos sitios. Yo siempre he sido extranjero —también outsider pero eso es una elección— y convivir con gente de distintos orígenes, ideologías y credos parece ser aquello que mejor se me da. Sin embargo, todo este discurso antiextranjero no me ofende; me parece, sí, la salida más fácil y cómoda, una forma barata y emotiva (sentimentaloide) de ocultar los problemas propios, los internos, aquellos que como el cáncer devoran desde dentro. El año pasado, por ejemplo, estando en Italia vi a un serio conferenciante asegurar en la televisión que la culpa de toda la violencia italiana la tienen los extranjeros, y yo, medio desvelado, sólo atiné a pensar: Claro, como los italianos jamás se han matado entre sí...
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En algún momento de la tarde, entre el segundo y el tercer vermut, entra un árabe vendiendo cualquier cosa, y tras irse (sin haber encontrado clientes), los amables parroquianos se encarnan con él. Los ignoro por respeto, y porque de verdad me importa poco lo que digan; si hubiera ironía o sarcasmo al menos podría reírme pero su seca torvedad no invita a la conversación, menos aun a la discusión. Varias cuartillas más tarde doy por zanjado el día y me preparo para volver a casa. Pago la cuenta, me sitúo bajo el atronador sol —el delirio que cae del cielo— y tras dar unos pasos por la estrecha callejuela miro hacia atrás y veo a los parroquianos cuchicheando... Supongo que de ese extranjero tan raro y silencioso que acaba de salir del bar.
Barcelona
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