Siempre puede hacer más calor, aunque eso, desde luego, no es un consuelo sino una condenación. La ciudad se ha vuelto una caldera hirviente, una olla de presión, y aunque los meteorólogos aseguran que sólo durará unos días lo cierto es que nadie les cree. La alegría vacacional se mezcla con una suerte de malhumor que se expresa con constantes gruñidos y respuestas del tipo: ¡¿¡qué quieres!?! Me atrevería a asegurar que los crímenes pasionales aumentan, quizá también los suicidios y desde luego la fecundación. Se trata de una contradicción extraña, como si el día fuera demasiado bello, soleado y caluroso. Desde luego el clima actúa como distractor, es una invasión constante del espacio privado; de pronto me preocupa más la dirección del ventilador que lo que escribo; comprar cigarros se vuelve duda existencial (salir o no salir; he ahí la cuestión) y con tal de no acercarme al fuego sustituyo la comida con ensaladas y gazpachos...
Salgo de casa, lo cual es un evidente error porque el sol me ataca y la brisa huye de mi camino, así como las sombras. No tengo rumbo y por tanto tampoco prisa. Me arrastro como un zombie o un borracho desmañanado y el piloto automático me lleva hasta la playa. Al llegar, la visión de los cuerpos en la arena, asoleándose a los treinta y muchos grados de hoy y cubiertos de bronceador, me provoca escalofríos. Comienzo a desvariar, lo sé, porque ahora me parecen pollos fritos, algunos todavía crudos, otros ya doraditos. Me alejo sin prisa; el mar me reconforta, aun repleto de niños que berrean.
Llego a casa de un viejo amigo, en un barrio dicharachero y tropicalista que mezcla con descaro a dominicanos, senegaleses, paquistaníes, chinos y árabes que a ratos se miran de reojo y se murmuran lindezas en diversas lenguas. El domingo se concentran en esta rambla formando pequeños grupos regionales, y el bamboleo de los cuerpos atrae las miradas. El barrio me relaja, sentado en medio de ese calmo movimiento me hundo en la nostalgia y los recuerdos.
Cosas del maldito calor.
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No puedo describir el nivel de embotamiento de mi cerebro. No es que no trabaje sino con avanzo con lentitud y dispersión. Tampoco es desgano, en verdad me animan los proyectos que se forjan y eso es lo frustrante de hecho: desear trabajar a fondo y a duras penas poder pensar. Ya me había prometido no volver a pasar jamás un verano en Barcelona pero aquí estoy, pleno de masoquismo. Desde luego no es este el calor del trópico ni el del desierto pero tiene un algo de aplastante que no debe ser despreciado. La solución es el mar, cierto, y si tuviera una computadora resistente al agua estaría ahí, con flotadores en los brazos y una cerveza como única compañía.
Me ducho con agua fría, es lo mejor que puedo hacer, y me instalo en un rincón de la sala con la computadora a un lado. De pronto todo desaparece, salvo la máquina y yo. El mundo se vuelve una abstracción, el calor deja de importarme. Pasan las horas en un frenesí de teclas que se alocan y saltan y festejan, y aunque no entiendo lo que dicen las sigo, me dejo llevar por su seco percutir, pasando de un documento a otro, a veces entre distintos programas, y me sorprende y alegra el fluir de las cosas. La noche es larga y agradable; el fresco, el silencio y la soledad hacen su parte; del resto se encargan mis obsesiones, que en estos días pasan por un caníbal esteta, un cierto protocolo para el intercambio de datos y algunos proyectos y trabajos que me recuerdan que no debo dispersarme ni distraerme. Levanto la vista y descubro que ya es de día, hora del primer café.
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El noticiero muestra dos minutos de Honduras, los suficientes para sentirnos informados y tener algún tema banal para conversar en la sobremesa. Con los golpes de Estado pasa lo que con las revueltas populares: son incómodas y desagradables, mejor no verlas ni hablar mucho de ello. Hace algunos años, cuando la crisis argentina, me encontraba en México con un amigo bonaerense y otro californiano, comentando los acontecimientos. El primero, que acababa de volver de su país, comentó que el principal temor era el de un golpe militar y discutimos un rato en torno a la posibilidad. Al quedarnos solos, el norteamericano expresó su sorpresa por la naturalidad con la que hablábamos del golpe de Estado. Le parecía inconcebible. O al menos extraño. Se trataba de algo ya superado, lejano en el tiempo.
Lo del fin de la historia ha resultado una metáfora excelente en un mundo que cada vez se interesa menos por su pasado. No es que ésta se haya detenido, es que dejamos de observarla, incluso la que ocurre ante nuestros ojos. Esos estallidos, civiles, militares, mixtos, lo que sean, son parte fundamental de lo que somos. Benjamin insistió en ese punto, en la irremediable unidad entre cultura y barbarie, que avanzan siempre juntas, apoyándose la una en la otra. Suponemos que la historia no transcurre en vano pero, ¿cómo saberlo si apenas la atendemos? La guerra, el terrorismo, los golpes militares y las revoluciones se han vuelto shows televisivos. Recordamos la guerra del Golfo como el hito mediático transmitido en tiempo real, con infrarrojos y cámaras en las ojivas de los misiles. La importancia de un acontecimiento no se mide por las repercusiones reales que éste pueda tener, sino por el ruido que genera en los medios, por su duración en pantalla. Lo que no pasa en la televisión no existe, y ésta, la tele, deja de ser la ventana al mundo para convertirse en el mundo en sí. Cada día destina menos tiempo a tratar los asuntos de lo real y más a mirarse el ombligo. Está llena de programas para «analizar» lo que ocurre no en el mundo, ni siquiera en la televisión misma, sino en las vidas de quienes aparecen en ella. Importan más los desvaríos de una diva que los excesos de un tirano, y los amores de un actor generan más debate que el alzamiento de un pueblo. Me río, claro, porque el nivel de tontería de la televisión española es elevado, casi profesional, y aquí estoy, idiotizándome voluntariamente mientras me informo sobre los acontecimientos más importantes del mundo de la farándula.
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Es el calor. Por asociación de ideas me traslado a La Habana, a aquel verano de 1985 en que volví a la isla y al cruzar la puerta del avión el vaho me abofeteó. Es ese mi primer recuerdo; el segundo el verdor, los árboles de la ciudad. Pero en Cuba me harté del verano —entre otras cosas—, que sólo se interrumpía un poco en la temporada ciclónica y a veces, en enero, la temperatura caía hasta los veinte grados y todos salíamos con abrigo, porque hacía tremendo frío. Tampoco olvido los días en que la brisa se exiliaba del país, el mar parecía una sopa y la rejilla del trazado urbano un asador. Me acuerdo de las lluvias del verano, cuando el cielo vomitaba durante quince minutos y luego el sol volvía y la ciudad parecía un sauna. Recuerdo, sobre todo, detestar a los poetas que le cantan al «sol de mi patria»...
Barcelona
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