Hace exactamente un año comencé a escribir estas crónicas para Milenio. Era entonces un desempleado algo desencantado, y me debatía entre continuar mis intentos paraliterarios o dedicarme de lleno a la programación internética, una de mis tantas pasiones, quizá más rentable que todas las demás. Mi computadora estaba llena de fragmentos de ensayos, trozos de cuentos, inicios de novelas, y aunque me decía a mí mismo que debía perseverar en el intento lo cierto es que la ausencia de ingresos paralizaba el ejercicio de plasmarme en papel. Muy atrás había quedado mi adolescencia, cuando creía firmemente que el hambre era el mejor alimento del arte y que la pobreza enriquecía la creatividad, lo que quizá fue cierto en algún momento de mi vida, pero ya adulto, con la acumulación de facturas y deudas, dejó de serlo...
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Durante siglos la creación artística estuvo financiada por cortes, iglesias o ambas instituciones a la vez. Con el advenimiento de las repúblicas y el laicismo estructural los artistas quedan a su libre albedrío, condición que no todos aceptaron de buena gana. El mecenazgo era aún un fenómeno lateral aunque no carente de importancia (no olvidemos, por ejemplo, que La Gioconda fue un encargo privado) y que renace, como la independencia artística, una vez finalizada la Edad Media. Fue en el siglo XIX, con la expansión del romanticismo por toda Europa, que la figura del artista «pobre pero digno» se establece como paradigma de la libertad creativa. El hambre, la tisis y la muerte en la miseria aparecen una y otra vez glorificados en los relatos artísticos, incluso extemporáneamente. Si bien el romanticismo declinaba, la imagen romántica del artista se mantuvo firme hasta bien entrado el siglo XX. Los surrealistas, por ejemplo, retoman Los cantos de Maldoror no sólo por su fuerza poética, también como recuperación del genio que fallece joven y pobre (Breton, recordémoslo, acusó anagrámicamente a Salvador Dalí de ser un Avida Dollars). La cultura del rock se completa con relatos de jóvenes alcohólicos y drogadictos que sucumben al estrellarse contra el estrellato —Morrison, Joplin, Hendrix, Bonham, Kobain— preservando así una cierta pureza anterior a la corrupción comercial.
Durante la pasada centuria se establecieron dos fenómenos paralelos que aun siguen vigentes y que son el eje de los debates en torno al desarrollo social (no sólo artístico) en la modernidad; me refiero a una cultura subvencionada por el Estado y otra suelta a los vaivenes del mercado. A ambas recurre el artista en busca del sustento; ambas tienen su lógica, sus realidades y ficciones. Los detractores de las subvenciones estatales han argüido siempre que así se generan movimientos culturales sumisos al régimen que los financia; los enemigos del mercado, en contraparte, manifiestan que éste produce una cultura enlatada, predigerida, regurgitada, también acrítica ante quien le da de comer. En el fondo, supongo, ambos tienen razón, al menos una parte de ella. En todo caso, morirse de hambre haciendo arte no es una opción de vida.
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De niño pensaba que sería pintor (después de las etapas de astronauta, piloto de fórmula uno, detective privado, pirata, asaltabancos y guerrillero); la pulsión pictórica me duró hasta la adolescencia, cuando se hizo evidente, incluso para mí, que jamás sería bueno con el óleo o el acrílico. Además, otras pasiones me alcanzaron en el camino: la música, la fotografía, el diseño gráfico y desde luego, la escritura. Los primeros relatos que garabateé —quiero decir, los primeros que no fueron un completo desastre narrativo— giraban más bien en torno al terror y la ciencia ficción, siendo el primer género el que exaltaba mi humanismo y el segundo donde exploraba todo mi pesimismo. Por lo demás eran narraciones ingenuas, paranoicas, llenas de frases rimbombantes y especulaciones absurdas... vicios a los que me niego a renunciar.
Me gustaban las películas «de miedo», aunque luego la oscuridad me hiciera temblar de ídem y viera en todos los rincones sombras que se movían hacia mí. Quizá por ello también me fascinaron las músicas oscuras, aunque de distintos estilos (lo escribo mientras escucho a Arvo Pärt, el más alegre de los compositores modernos). Sin embargo, hasta que comencé a escribir, mi relación con las culturas terroríficas fue más bien pasiva. Con la ciencia ficción no. De pequeño pasaba horas y horas edificando bases lunares con mis juegos de construcción, naves espaciales, vehículos de exploración y como cualquier niño de mi generación, reinventé Star Wars un millón de veces. Los dibujos animados japoneses, con sus platillos voladores, robots gigantes y mucha destrucción, llenaron mis tardes frente al televisor. Series como Goldrake, Mazinger Z y Voltus V (las dos primeras de Gō Nagai, la tercera de Tadao Nagahama) incendiaron, literalmente, mi cosmogonía, al punto de soñar con ser un ente metálico o vivir en una estación espacial.
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Con reverencia y temor me planto ante la Estructura, ese conglomerado de tubos, varillas de acero y cristales que, seguro estoy, contiene cultura de otros mundos. Dicen que es un museo y una biblioteca, pero aún conociendo su historia «oficial» desconfío de ella. Si de verdad fue construida en la Tierra, la Estructura no puede sino ser fruto de tecnología alienígena de vanguardia, a años luz de nuestros imberbes y soberbios conocimientos, tal y como denunciaba aquella serie de documentales llamada Expedientes X, cuyas transmisiones cesaron para proteger la Verdad. Durante siglos los extraterrestres han venido a construir a nuestro planeta; prueba de ello es que las pirámides de Egipto o de Chichén Itzá no pudieron haber sido erigidas por humanos (muchísimo menos en aquellos lejanos tiempos de barbarie pretecnológica): internet, la fibra óptica, el teflón, el velcro... todo ello proviene del cosmos y es un conocimiento que durante décadas estuvo encerrado en oscuros laboratorios militares hasta que sus principios fueron bien entendidos y comercializados. Por eso me niego a creer que la Estructura tenga origen humano, aunque se llame Centro Georges Pompidou. Es evidente, hasta para el más lerdo, que esa cosa aterrizó aquí —tal y como en su día lo hiciera el cohete espacial conocido como Torre Eiffel—. No cabe la menor duda de que el gobierno francés lavó los cerebros de los parisinos para implantarles falsos recuerdos de su construcción. La prueba irrefutable es que la Estructura no tiene absolutamente nada que ver con el resto del paisaje urbano. Su arquitectura es de otro mundo.
Así, tras muchos titubeos, me adentro en sus entrañas de burocracia cultural del espacio exterior. Quizá logre sobrevivir, aunque primero debo pagar la entrada. El mercado y el Estado intergalácticos complotan aquí también... Culturalmente hablando.
París
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