Estado y naturaleza

Naturaleza humana. Juchitán, 2010


Al acercarse la noche los cientos, tal vez miles de zanates que habitan entre los árboles de la plaza central se alborotan y su canto bullicioso llena la cuadra, como un aviso de peligro o un extraño grito de guerra. No recuerdo haber escuchado antes semejante bulla natural en una urbe plagada de gente, automóviles y comercios. La vida comercial es intensa y desordenada, como si todo el centro de la ciudad fuera un gran mercado en el que se comercia con todo, legal o no.

Pernocto en lo que el vocabulario popular llamaría un hotel de putas; la encargada, una simpática mujer de cierta edad que ha aprendido a no juzgar lo que ahí ocurre, cuenta que hace poco llegaron dos chicas de Guatemala, de unos trece años («tenían unas tetitas así como limoncitos —dice— y seguro que ni siquiera tenían pelos») buscando a alguien que comprara su virginidad. El padrote local, un gordo no del todo antipático, les consiguió un cliente que pagó mil pesos por cada una. Las niñas estaban felices.

En la planta baja están las habitaciones. Al entrar, una enorme réplica de la Mona Lisa recibe al visitante, ataviada ella con lentes oscuros y un tarro de cerveza en la mano derecha. Aquí viven las funcionarias de la noche, algunos viajeros pobres como yo, y unos músicos itinerantes que se buscan unos pesos en las cantinas; los cuartos del piso superior se alquilan por hora, sobre todo durante la noche. Ahí llegan las chicas o los muxes con sus clientes, quienes les pagan a ellas y pagan la habitación. Todo es normal aquí. Hace tiempo el hotel alojaba a toda suerte de indocumentados centroamericanos, hasta que alguien soltó un chivatazo, llegó la policía, y desde entonces sólo hay prostitución.

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Sorprende de Juchitán que en las calles no hay contenedores de basura; en consecuencia la basura se tira en cualquier sitio. No la basura de la casa, desde luego, sino la que genera el propio comercio (botellas de agua, bolsas de plástico, empaques de toda suerte de mercancías). A pesar del ingente esfuerzo del Foro Ecológico Juchiteco, el Río de los Perros de Agua, otrora hábitat de nutrias, es en algunos tramos un genuino vertedero de basura. Entristece una cultura que no sabe lidiar con sus desperdicios, sobre todo tratándose de una cultura tan rica como esta.

El idioma de los zapotecas es de una musicalidad deliciosa, y se oye en las calles y en las reuniones hablado por individuos de toda calaña, desde los más pobres hasta los más ricos. Poetas, empresarios, políticos, comerciantes, amas de casa, jóvenes y viejos, en cualquier reunión se escucha este bello cántico que los más despectivos tildan de dialecto y los más orgullosos de idioma. En rigor, se trata de una lengua madre con varios subgrupos y que hablan unas setecientas mil personas en todo el estado de Oaxaca. Algo de aristocrático a la vez que popular hay en su uso; es símbolo tangible de una resistencia cultural que se niega a ceder ante los embates de la modernidad transnacional. La lucha parece trasladarse al terreno etnolingüístico, a la recuperación cultural, al orgullo de pertenencia a un pueblo milenario que se niega a desaparecer y que por el contrario tiene mucho que aportar y mucho de qué nutrirse.

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Es este un pueblo hiperpolítico. Todos los amigos que he encontrado en estas tierras parece estar vinculados a algún partido u organización, y ahora que faltan pocos meses para las elecciones municipales y estatales no se habla de otra cosa. Es lógico, tal y como ocurre en otras regiones pobres del país, el Estado es el principal empleador y sobre todo en el terreno cultural, todo proyecto, por pequeño que sea, parece pasar por los intereses y las arcas del gobierno local (uno de los gestos que refuerza el autorrepublicanismo de esta localidad consiste en que al presidente municipal lo llaman, simplemente, El Presidente).

En el transcurso de esta semana he asistido a más encuentros políticos de lo que lo he hecho en los últimos años. Desde luego mi participación es meramente contemplativa: descreo de la política real tal y como reniego de milagros y de todo dios a excepción de Baco, también llamado El Libertador, señor del vino, del éxtasis y de la lujuria. Lo demás es bobería, discurso para obnubilar a las masas.

La política, decía, parece moverlo todo, o casi todo en estas tierras. Tal y como ocurre en cualquier entorno pensante, al hablar de izquierda mis amigos se preguntan cuál. «Ya no hay izquierda» es una frase que he escuchado una y mil veces. La decepción ante una izquierda que insiste en hundirse en el populismo, el estatismo, el nacionalismo derechoide y la sempiterna corrupción es el genuino fantasma que recorre el mundo moderno.

El Estado debe desaparecer. Esta certeza parece haber sido olvidada por todas esas «izquierdas» que aspiran, precisamente, al control del Estado mismo. Oír sus ditirambos, tan similares a los que produce la derecha más rancia, da pereza ideológica y asco político. La certeza del pragmático, entonces, radica en el hecho de que entre todas las mierdas habidas y por haber uno debe elegir entre la que menos apesta, aunque en el camino haya perdido buena parte de su proyecto ético, social y económico. Es el alivio de los desahuciados, la esperanza de quienes ya nada esperan.

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«Te equivocas», me corrige un querido amigo, veterano periodista juchiteco: «El eje de la vida en Juchitán lo conforman la fiesta y el sexo». «¿Y la política?», pregunto con mi ingenuidad habitual. «La política —responde— es parte de la fiesta, pero sobre todo de la putería». Desde luego es éste un pueblo tropical y muchos de sus códigos me recuerdan a mi Cuba natal: el mismo constante e interminable doble sentido en toda frase, las miradas que van más allá de lo sugerente y que parecen gritar «¡cómeme o te como!», el regodeo en el metarrelato de una sexualidad desbordada y del todo amoral (como dios manda). Todo el mundo habla de sus amantes con la naturalidad de quien cuenta monedas, y todos los chistes, aunque sean políticos, tienen un fuerte trasfondo erótico. Pero además, todo político se alía con el bando contrario con el mismo desparpajo con que se busca otra mujer.

Aquí la fiesta no tiene fin. Sé que no estaré en las fiestas de mayo, todo un largo mes de bacanales famosas por su belleza y excesos, fiel reflejo de la tradición de estas tierras. Me conformo, por lo pronto, con otra de esas reuniones con los amigos locales que siempre acaban a altas horas y en las que no logramos abolir el Estado, pero al menos acabamos en un estado lamentable y delicioso.

Como la vida misma...

 

Juchitán
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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