¿Qué sería de la vida sin ese juego intenso que comienza con la vista; el sublime regodeo de las formas, las fisuras e intersticios ajenos, a veces evidentes, en ocasiones insinuados, ocultos tras el velo de las intenciones? ¿Qué sería, pues, de la existencia sin ese eros que algunos puritanos, culpabilistas, insisten en poner indisolublemente junto al pathos? Siempre me han movido los escondrijos de una falda, de una blusa, de una cabellera alborotada; el grito de unos ojos que desgarran el viento y destrozan las murallas del pudor y la decencia monotemática y autoritaria, mil veces más potentes que el tifón, el terremoto o el volcán incendiado.
¿Qué sería —¡ay!— de mí sin esa fiesta de los sentidos...?
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El verano agoniza pero las formas siguen vivas y pasean por las calles entregadas a los últimos instantes del estío, antes de que el otoño y el invierno las vistan de negro, cubriéndolas de abrigos tan densos y pesados como el frío parisino. Observo a las peatonas; me deleito con los miles de colores que excitan mi profundo y genuino internacionalismo, y me entrego a la más estricta dialéctica de la fantasía...
Pienso en ello en este bar de esquina, donde me reúno con mis amigos Sergio y Sylvie; él cubano, baterista, viejo compañero de travesuras sonoras —y de otras también, no siempre legales—; ella, una guapa gitana francesa, periodista, diseñadora y fotógrafa, tan próxima a mis propios intereses e ideas. Nos preguntamos qué hacer en esta tarde sabatina ante las miles de opciones que la cartelera ofrece. Las exposiciones que más nos atraen terminan temprano; la hora no nos favorece, la selección natural se impone y al final nos decidimos por una muestra de portadas de discos en el Museo del Erotismo. La exhibición, desde luego, es una excusa para visitar un santuario que ninguno de los tres conoce y que en todo caso despierta y estimula la curiosidad.
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El erótico quizá sea el arte más difícil; sus fronteras son endebles porque el gusto es individual a pesar de gestarse en valores colectivos, sociales, culturales; la mirada del público suele ser más significativa que la intención del artista y además, hoy día parece desfasado porque toda expresión contemporánea, incluyendo la publicidad, utiliza en mayor o menor grado elementos del erotismo.
La distinción entre lo erótico, lo obsceno y lo pornográfico ha generado interminables debates, tanto más extensibles por cuanto esos mismos valores están sujetos a las inclemencias del tiempo, se transforman constantemente y no pueden disociarse de otros juicios, sean éticos, estéticos, morales o comerciales. Todas las religiones contienen relatos eróticos, aunque no se configuren de la misma manera. Las derivaciones del cristianismo, por ejemplo, muestran un fuerte erotismo no sexual —que es ya una contradicción— hacia el hombre de los clavos, aunque intenten suprimirlo de las relaciones entre los simples mortales. Las fes de la India, China, la Grecia clásica, la antigua Roma o Mesoamérica, por mencionar algunas, están llenas de relatos e imágenes de glorioso contenido sexual, lo que no anula las contradicciones implícitas en dichas culturas, ni sus propios tabúes. El laicismo occidental libera la sexualidad, sí, pero no puede despojarse a su vez de hipocresías o cinismos varios en torno a ésta.
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Los cinco pisos del museo, a escasos metros del legendario Moulin Rouge, están llenos de piezas de mejor o peor factura que desde diversas perspectivas, religiones y culturas rinden homenaje al amor erótico. Entre las más interesantes se encuentran los monotipos de Degas, las imágenes tomadas por anónimos fotógrafos de unas más anónimas prostitutas a lo largo de las primeras cuatro décadas del siglo pasado; también las películas pornográficas de finales del XIX y principios del XX, que muestran los mismos primeros planos que hoy conocemos, la misma imaginería y relatos (la colegiala y el maestro, el obrero y la ama de casa, el bondage y el sadomasoquismo) y desde luego, las muchísimas piezas tailandesas, japonesas, nepalíes, tibetanas, mexicanas, peruanas, hindúes y de diversas culturas africanas —arte yoruba, por ejemplo—; originales las más recientes, fruto de la cultura popular; réplicas las más antiguas, incluyendo jarrones griegos. Mucho culto al onanismo, al falo, a los orificios, al ejercicio de la sexualidad ritual, fecunda o no.
Decepcionan las exposiciones temporales, contemporáneas, quizá porque en efecto les resulta imposible superar todo lo ya hecho durante siglos y siglos de ejercicio y represión del sexo. La única novedad en la sexualidad es la aceptación social, tras dos mil años de cristianismo, de las relaciones entre personas del mismo género, aunque parece que el tema sigue siendo tabú en el museo, al menos en éste.
En las formas culturales de nuestros días el erotismo y la sensualidad no se limitan al coito, a la masturbación o al cuerpo humano; la publicidad se encarga de mostrarnos las más diversas mercancías como objeto del deseo, y nuestros deseos, en efecto, se concretan con la obtención de éstas. Incluso la pornografía trasciende las fronteras del sexo, instalándose en las más diversas estructuras y lenguajes, sobre todo en la política...
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En las últimas semanas —me resulta imposible no hablar de ello, por tocarme de cerca— hemos asistido al ridículo circo ofrecido por ciertos sectores del exilio cubano, minoritarios según muestran las encuestas, en torno a un concierto internacional celebrado en La Habana. Los más acerbos adjetivos de la guerra fría resuenan en los medios, y la reacción (no es un juego de palabras) de unos cuantos quemando libros —¿o destrozaban discos?— resucita la histeria hitleriana. Combatir un totalitarismo con otro sólo conduce a un callejón sin salida, al vacío; y olvidar que las expresiones culturales nunca deben ser objeto de censura política no es el mejor modo de salir del atascadero.
Asusta y ofende que los llamados «luchadores por la democracia» se entreguen a desvaríos propios de dictadores, al tiempo que embarran el quehacer de aquellos críticos del régimen que sí están dispuestos a buscar una solución viable y consensuada al conflicto realmente existente en Cuba. De todos los artículos publicados en los blogs, portales, periódicos y revistas, tanto del exilio como del inxilio, me quedo con un comentario anónimo, sencillo y delicioso: «Señores: déjense de tanta bobería, que mover el culo es más rico que hablar de política».
Eso sí es erotismo... Lo demás, pura pornografía.
París
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