Energía alternativa

Ventilador. La Ventosa, 2010


Despierto temprano. Apenas he dormido, la discoteca se extendió hasta altas horas de la madrugada y el cansancio hace estragos en mi cuerpo. La garganta me arde, en parte por el tabaco y en parte por el esfuerzo de conversar a gritos bajo la atronadora estridencia del tecno. A un lado del hotel hay un negocio de jugos; pido una mezcla de piña, naranja, apio, perejil y nopal, y una especie de electricidad comienza a recorrer mis venas, como una deliciosa droga dura. Al tercer sorbo despierto del todo; energizado, me pongo en movimiento.

Un sembradío de hélices se levanta a escasos kilómetros de Juchitán, donde una quincena de corporaciones europeas se dedican a cultivar viento, epítome del materialismo inmaterial. El paisaje es extraño, a medio camino entre la sequía y el futurismo, metáfora simultánea del progreso industrial y de la decadencia de la agricultura local. Sus más de cuatrocientos aerogeneradores convierten a esta zona en el principal parque eólico de Latinoamérica; aquí se producen unos quinientos megawatts de energía limpia; el plan para los próximos tres años es generar dos mil megas, lo que implica instalar entre mil y mil doscientos «ventiladores» más. Cada megawatt instalado, según un empresario español, requiere de una inversión superior al millón y medio de euros, incluyendo tecnología, alquiler de las tierras, licencia de construcción y pago por cambio de uso de suelo. Un ingeniero especializado en el tema comenta entre sorbos de tequila que la región tiene capacidad para generar quince mil megawatts: «¿Te imaginas? —dice—: Será un paisaje como el de Matrix».

Es el costo de la energía renovable, supongo.

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Desde luego, no todo el mundo está contento con el proyecto eólico, y no pocos conflictos agrarios se han desatado en los últimos años. Al principio, cuando las primeras transnacionales comenzaron a llegar se decía que iban a despojar a los campesinos de sus tierras; ahora se sabe que las tierras son arrendadas, que se paga un porcentaje a partir de los beneficios de las empresas y que éstas, las transnacionales, están obligadas a realizar obra social en las agencias municipales en las que operan, a veces entregando el dinero a las autoridades, y en ocasiones, para evitar la sempiterna corrupción y desvío de recursos, construyendo directamente escuelas o pavimentando calles.

Las tierras son operadas en usufructo, lo que significa que el campesino no pierde derecho alguno sobre ellas, ni sobre su utilización. De hecho, entre cada aerogenerador debe haber una distancia de ciento veinte metros, y entre cada hilera de aeros hay medio kilómetro de separación. Paradójicamente, la presencia de las transnacionales ha estimulado la producción en estas tierras, en las que ahora hay dinero para invertir. El ganado, que pasta y muge entre ventiladores gigantes, se multiplica.

«Pero no todo es positivo —comenta un propietario que ahora alquila sus tierras, aunque al principio se resistió y participó con fuerza en diversos debates antitransnacionales—: Hubo campesinos que de pronto recibieron mucho dinero, más del que eran capaces de contar, y ocurrió de todo: peleas entre hermanos, entre familiares, por la lana que estaba en juego. Antes nadie quería estas tierras, ahora algunos se matan por ellas. También se dio el caso de gente que se gastó todo en alcohol, o de hombres que con el dinero en la bolsa abandonaron a sus mujeres para irse con sus queridas o con sus queridos», afirma con una sonrisa triste y divertida. Si la pobreza los hermanaba, ahora la riqueza los enfrenta. La ocupación ilegal de tierras está a la orden del día, llegando al extremo de invadir terrenos que ya habían sido invadidos por otros (ya ni lo legítimamente robado se respeta); hay familias que poseen trescientas hectáreas, otras sólo tres, y hay zonas en las que, por capricho de la naturaleza, el viento es más débil, produciendo menos energía y por tanto, menos dinero.

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Esta es una tierra plana y tropical, siempre atravesada por un poderoso viento que hace imposible la siembra de cualquier cosa que supere el metro de altura; los arbustos espinosos en los terrenos incultos están todos torcidos hacia el sur. Lo que más se cultiva es el sorgo, planta ligera que ofrece poca resistencia al viento y que sirve tanto para consumo humano como animal. Aún así, garantizar la cosecha tras un año de duro trabajo no es fácil. La energía eólica viene a ser entonces un medio alternativo, una forma más de obtener ingresos de una tierra de por sí difícil.

Por todos lados aparecen organizaciones y líderes agrarios dispuestos a defender «nuestras tierras» de los embates de la globalización, terror de quienes no tienen oportunidad de conocer algo más que el terruño. Un campesino local se burla del fenómeno: «Pinches líderes —afirma—, ni siquiera tienen tierra bajo las uñas». El miedo se explota produciendo más miedo, en una espiral interminable, dolorosa y autoexcluyente: enfrentarse a la globalización aislándose de ella parece la manera más absurda de avanzar en un mundo que poco a poco desconoce sus fronteras; a la vez, entregarse de brazos y piernas abiertas parece un gesto cercano al suicidio social y cultural. Comienzan, sin embargo, a encontrarse caminos para aprovechar un fenómeno que trasciende con mucho lo local y del que, a pesar de reticencias y resistencias, depende el futuro energético del país, del planeta, de la humanidad —si es que futuro hay...

No afirmo que aquí se encuentre la solución al problema, pero sin duda se trata de un área importante para el desarrollo de una nueva industria que como todas las demás, muestra día a día sus profundas contradicciones, que a ratos se expresan en la comunión de intereses entre empresarios, propietarios de tierras y campesinos, y a veces en violentos choques, legales o no, entre todos ellos. La política, desde luego, no es ajena al fenómeno. En estos días de ocupaciones ilegales de terrenos un candidato a la presidencia local se ha acercado a los propietarios afectados, prometiendo que tras las elecciones resolverá el conflicto: «Que vote por él su puta madre», comenta uno de los despojados: «Yo quiero que me devuelvan mis tierras hoy, no mañana». Todo parece estar condicionado al voto en este país, en esta región, en esta pequeña población que ha sido bendecida, o maldecida, por el señor de los vientos.

El impacto visual, el constante zumbido de los ventiladores (una leyenda rural afirma que las vacas enloquecen con su ruido), el peligro que para las aves migratorias representan las hélices, y el ya mencionado despojo por parte de las empresas son las principales objeciones que se le hacen al proyecto. Eso, y la descomposición del tejido social.

Por lo demás, todos pelean por sus beneficios.

Como buenos hermanos...

 

Juchitán
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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