Encoruñado

A Coruña, 2009


Día soleado y veraniego, tras una semana de grises y dos días de estrepitosa resaca. A media mañana tomo el autobús y tres cuartos de hora más tarde llego a La Coruña. Lo he dicho antes, hay algo en esta ciudad que me fascina sobremanera: es colorida y una deliciosa mezcla arquitectónica configura la ciudad dando orden a sus diferencias. Es curioso; hay edificios feos (incluso muy feos) y aun así el conjunto es agradable. El laberinto de la ciudad vieja, que confluye por un lado en el puerto y por otro en la playa, mezcla con impunidad rasgos de la antigua cultura portuaria con elementos de la cultura fresa (pija, dicen aquí). A ratos parecen pasarelas las estrechas calles pero sin alcanzar ni el esplendor ni la arrogancia de las grandes instancias de la moda. Por suerte.

El vagabundeo me hace dar vueltas en desorden por la urbe; me pierdo a conciencia, dejándome llevar por el instinto y no por el mapa. Llego a la playa, el espectáculo seduce. Me gustan, lo admito, las playas que nacen en la ciudad misma, bajo los edificios, y no en zonas hoteleras despojadas de nativos. Culturalmente significa mucho pues una zona turística carece per se de valores otros que los derivados de dicha industria; cuando la playa es parte de la ciudad no puede sino estar vinculada al ritmo y los ritos de la urbe, la hacen suya sus habitantes, la moldean y la utilizan a su gusto. En el fondo, las zonas turísticas funcionan como guetos o, mejor aún, como cámaras de oxígeno, como encierro o protección del mundo. Cuando es el turismo el que delimita el uso de los espacios públicos éstos dejan de serlo y se convierten en elementos (engranes, poleas) no de una polis específica, sino de una industria que carece de fronteras.

Decía que me gusta mucho esta ciudad. Husmeo en ella con curiosidad y deleite, y sus muchos colores, lejos de hacerla parecer una adolescente pintarrajeada o un payaso de feria, la dotan de cierta sobriedad. Sé que suena paradójico; lo que quiero indicar es que el colorido da orden a una mezcolanza arquitectónica que con suma facilidad podría haberse estancado en el peor de los gustos, el del constructivismo sin ton ni son, fruto de una especulación inmobiliaria a la que toda España se entregó con alegría y que hoy (nunca mejor dicho) comienza a pasar factura. Si este desarrollo urbanístico condicionó el crecimiento económico de la península durante las últimas dos décadas, no son pocos los economistas que aseguran que su recesión marcará el devenir de España en los próximos decenios. Hablando con la gente, o en el periódico, o en la red, una suerte de fatalismo parece sentirse, como una especie de conciencia colectiva de un fracaso anunciado. Sin embargo, aunque la crisis hace estragos a diestra y siniestra, hay que ser en exceso catastrofista para imaginar a este país hundido una vez más en la miseria.

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Recorriendo la zona con los amigos descubro (o me descubren) que el regionalismo es una invención local. Es simpático (más allá de la antipatía que me producen los recursos ultralocalistas) porque a veces la distancia entre un «pueblo» y otro no supera el centenar de metros y aún así se separan, se dividen y si pueden (siempre se puede) se desprecian mutuamente. Desde luego, hay pocas cosas tan deliciosas como conocer una región acompañado por amigos locales que la conocen hasta en sus más oscuros vicios y que tienen a la vez el temple y el humor para reírse de sus propias costumbres, al menos de las más desastrosas de éstas. Me divierten sus historias, sus narraciones, y varios cuentan de sus familias en Cuba o en México, por decir. Han estado separados dos o tres generaciones, jamás se han visto, pero la pulsión familiar está tan arraigada en estas tierras que nadie duda que son «familia», cualquier cosa que ello signifique.

No sólo; si de por sí en España un latinoamericano encuentra muchos de sus gestos (sobre todo aquellos que con soberbia consideramos «nuestros») es en Galicia donde esta sensación se magnifica. Las estructuras son muy similares a las de una ciudad de provincia mexicana; la pequeña burguesía es tan próxima que mi sorpresa es mayúscula: las casas, las ropas, los automóviles, quizá no idénticos pero sí claramente identificables y comparables, con una solidez que va más allá del estatus económico y que parece centrarse más bien en una concepción común, en un ser muy parecido. La familia, por ejemplo, me recuerda mucho a la concepción tradicional que uno encuentra en México.

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Latinoamérica desprecia al gallego. Lo considera tonto o mezquino y lo cierto es que ambas percepciones le hacen un flaco favor, dejando a un lado la obviedad de que no poca gente en este mundo, de una nacionalidad u otra, es lo primero o lo segundo. Esta percepción es simple, pero también sólida. La última gran migración de gallegos tuvo lugar entre la primera década del siglo XX y los años posteriores a la guerra civil. En aquellos tiempos, decía, España y en particular Galicia o Asturias estaban a años luz de lo que entonces se consideraba el milagro económico de las grandes capitales latinoamericanas. Formaban parte de una cultura agraria y pueblerina, ajena, por pobreza, al mundo contemporáneo. Recuerdo, por ejemplo, una frase de la película de animación Vampiros en La Habana, ambientada en los años cuarenta, en la que un personaje le suelta al gallego de turno: «Vaya gallego, hablando por teléfono: ¿quién te iba a decir allá en Galicia que un día tendrías teléfono». En el fondo, no es otra cosa que el desprecio al campesino y, también, una suerte de venganza histórica, bastante pírrica por cierto.

Si los catalanes nutrieron la academia y el mundo editorial, y los vascos la industria, los gallegos se hicieron con el pequeño comercio, y los comerciantes, cuanto más pequeños más antipáticos resultan en la cultura cotidiana. ¿Quién no se enoja ante los precios del tendero de la esquina, que sabiéndose único los altera a su antojo? Esto, y el hecho de ser extranjeros, moldeó la percepción latinoamericana, tal y como en otras épocas (o en la misma) se desprecia al árabe negociante, al judío negociante, al gringo negociante. En general, comercio y extranjería sigue siendo un binomio difícil de tragar para cualquier cultura nacionalista, máxime cuando los nuevos comerciantes fueron los conquistadores del ayer.

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Me arrastro por los callejones de La Coruña fotografiando edificios y gente, luces y sombras, horizontes y estrecheces. Me detengo ante una casa, apunto la cámara y hago dos o tres tomas, variando ligeramente el ángulo o el diafragma. Un grupo de jovencitos se acerca, chicos y chicas, y se detienen un instante para no interponerse en la imagen. Entonces, con ese fuerte acento local y que tanta huella ha dejado también en Latinoamérica, uno de ellos mira el objeto de la foto y le comenta a los demás que ha pasado todos los días de su vida por esta calle y que es la primera vez que se fija en esa construcción tan bella. Es ese, creo, uno de los beneficios de ser un eterno fuereño: uno se sorprende ante las cosas más simples y cotidianas; a veces también ante las más tontas. Y a veces, sólo a veces, uno logra trasferir parte de esa sorpresa a los demás.

Entonces, soy feliz.

Ferrol

 

 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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