Comienza un nuevo año y una inveterada aunque ridícula costumbre obliga a realizar planes, formular deseos y establecer proyectos para los próximos doce meses, a pesar de que la evidencia indica que no nada hay más bello que una vida en constante movimiento, sujeta al caos incontrolable de la vida misma. En Filosofía del viaje, un breve y delicioso ensayo cuya fascinación me ha perseguido desde hace años, el gran Jorge Santayana afirma que la traslación es un privilegio animal y dignifica ese salto desde lo vegetal como la más completa revolución de la naturaleza, por ello «en lugar de decir que el hecho de poseer manos ha dado al hombre su superioridad, sería más agudo aseverar que el hombre y los demás animales deben su inteligencia a sus pies». Viajar es conocer, no sólo al otro, ante todo a uno mismo. Comprende uno mejor su cultura, su mundo al conocer otros mundos y otras cultivaciones del ser. Es ese intercambio de modales e ideas lo que nutre y hace avanzar a la humanidad; asegura que la «forma más radical de viajar, y también la más trágica, es la migración», a la que concibe como acto heroico por implicar un renacer, una profunda transformación de códigos, lenguajes, anhelos y costumbres. El explorador, dice, es el viajero supremo; el vagabundo, un hombre que se engaña a sí mismo; el mercader, el más normal y constante de todos los viajeros; el turista, el más notorio, y todas estas formas de ejercer el viaje las ensalza sabiendo que «cuantas más costumbres y artes haya asimilado el viajero, más profundidad y deleite hallará en las costumbres y las artes de su propia tierra».
Pero el viaje no es mera traslación; es también una invención poética, metáfora del conocimiento, de la búsqueda, de la vida misma. Así como la historia y la geografía son indisolubles, viaje y poesía resultan indivisibles. La vida es un viaje ---lento si se tiene suerte--- hacia la muerte. Aún en la inmovilidad viaja el hombre a través de viajes ajenos. La literatura, el cine y la televisión son las formas más baratas aunque incompletas de viajar, de conocer otros sitios, personas y tiempos. Emilio Salgari, literato de muchas infancias, jamás pasó del Adriático y narró viajes increíbles, aventuras repletas de errores históricos, políticos y antropológicos que fascinaron a varias generaciones de lectores. Ningún autor de ficción científica ha viajado al espacio o al futuro, y mucho nos han regodeado con sus visiones al respecto.
La vida cotidiana es un viaje a través de escuelas, empleos, barrios, amigos, conocidos, y sin duda todo niño es un viajero que se consuma con sus juegos. Ser pirata, astronauta o explorador es parte fundamental, fundacional, de la infancia. Los viajes que más placer provocan son con justeza los imaginados, los que ocurren con el alboroto de la química cerebral, los que envían a sitios inexistentes o inabarcables. Creo que fue Platón quien afirmó que todo filósofo es primero un viajero; en todo caso, toda filosofía es un viaje al interior de uno mismo, un escarbar en lo más profundo del yo individual y colectivo. Las religiones, desde luego, proponen todas un viaje al más allá.
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Soñar es viajar. Todo sueño es una exploración de lo inasible, a veces de lo imposible. Quien recuerda un sueño tiene la certeza de haber vivido una ficción, y al despertar y comprobar que todo sigue en su sitio la impresión no hace sino acentuarse. Ciertas pesadillas, por lo general expresionistas, aturden con su representación de los terrores reales o imaginados que persiguen al hombre. Son un viaje al lado oscuro de lo que somos, a la violencia que también llevamos dentro. A esa imaginería la adjetivamos con el nombre de un poeta: desde el Renacimiento, el viaje a las catacumbas del horror es siempre dantesco.
Las drogas, desde tiempos inmemorables, han potenciado el viaje interno, así en brujos, chamanes y sacerdotes, como en artistas de toda calaña. Odas al vino, al peyote, al opio, al cannabis, a la coca, a la heroína, al ácido o al éxtasis, han llenado páginas enteras de la producción cultural, pues éstas y otras drogas han alimentado a no pocos creadores en su intento por explorar y retratar la realidad, aún a través de ficciones. Algunos movimientos culturales están tan intrínsecamente vinculados a ellas que parecería inmoral ejercerlos sin drogarse. Un beatnik sobrio, por ejemplo, es un chiste de mal gusto: el viaje no es sólo carretero, es ante todo químico.
La historia es el viaje al pasado, el incansable ir y venir a través de lo ya ocurrido. Gracias a ella podemos codearnos con hombres muertos, caminar por ciudades que ya no existen, visitar culturas desaparecidas, sociedades que sucumbieron ante la conquista y la colonización. En cierto modo, el historiador y el escritor de ciencia ficción tienen mucho en común: ambos son viajeros del tiempo, vagabundos del pasado o del futuro irremediablemente anclados a su propio presente, el único tiempo del que no se puede huir.
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Pocos viajes son tan bellos como aquellos que la música propone, quizá por ser abstracta y a la vez, de algún modo, terriblemente concreta. Nada habla de una cultura de modo tan expresivo como los sonidos que de ella emanan. Mozart está tan unido a la Germania del siglo XVIII como Miles Davis lo está a la Norteamérica del XX, y ambos trascienden su tiempo al describirlo musicalmente. África resulta inconcebible sin sus ritmos y cánticos, porque a pesar del esclavismo y el subdesarrollo conquistaron el mundo con sus sonidos, imprescindibles ya en toda música moderna. En general, el término world music refiere a las tradiciones sonoras de las culturas que perdieron la carrera de la modernidad, y, paradoja de la modernidad misma, acabaron asaltándola al viajar como mercancía. El rock y la electrónica son músicas industriales, realizadas con instrumentos industriales, producidas en estudios industriales y distribuidas industrialmente. Las músicas representan un tiempo y un espacio concretos, pero viajan a través del mundo sin complejos, nutriéndolo y nutriéndose de éste.
El comercio es viaje. Las mercancías y los capitales recorren el planeta con una ligereza que sus productores envidian; sin embargo, no es cierto que la pobreza sea un impedimento para el movimiento de los trabajadores, por el contrario, es justamente ésta la que mueve a las personas de un sitio a otro, obligándolas a abandonar su hogar para insertarse en sociedades otras. La migración es el viaje de los pobres; el nuevo turismo espacial es el de los multimillonarios. Los grandes procesos migratorios, en todos los instantes de la historia, los realizan quienes poco o nada tienen que perder y por el contrario, mucho que ganar. La economía, en efecto, mueve al mundo; y el mundo mueve al hombre.
Así las cosas, continuaré siendo viajero, migrante, de vez en cuando turista y quizá algún día comerciante. Pasaré este año vagando de norte a sur, hacia Latinoamérica, en un viaje lento y descontrolado, sin orden ni concierto, entregado a la única y deliciosa obsesión de conocer y conocerme. Lo demás, es mera poesía...
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