El ritual

Montañita, 2011


Es cierto que mi percepción toda ha sido alterada por la dietilamida de ácido lisérgico pero aun sin ésta seguiría pensando que estoy en Bagdad. Después del casi linchamiento de hace unos días ver figuras humanas ardiendo en las esquinas parece una premonición o una broma de mal gusto. Se trata, sin embargo, de una inofensiva tradición findeañera en la que hogueras con reminiscencias inquisitorias, automóviles de cartón, hombres de tez clara y hasta pitufos gigantes alimentan las llamas en el pueblo. Todo arde a mi alrededor. Los niños y los adolescentes llevan disfraces caseros, con máscaras de cartón y camisetas a modo de capucha, en una especie de halloween tardío. Esto en el pueblo «del pueblo», porque en el lado turístico el paisaje es otro: una verdadera horda de jóvenes ha tomado las calles con bullanguera alegría, como un ejército de mercenarios y mercenarias que celebra con toda suerte de excesos el exitoso asalto al poblado. En la calle principal, un camión de la policía con una cámara giratoria en el techo graba todo lo que se mueve.

De Argentina y de Chile han llegado por miles —tentado estoy a decir millones— y no a todos en el pueblo les agrada tal convergencia. Hasta un amigo argentino me dijo el otro día: «Che, el pueblo se shenó de argentinos; ¿por qué creés que me fui de ashá? No los soporto, viste, y encima shegaron los peores, pibe, ¡qué cantidad de boludos!». Lo dejo con su neurosis porque a mí los argentinos no me han hecho nada, aunque cierto es que la discreción no es lo susho. De todas formas tiendo a preguntarme si toda esa llamadera de atención tiene que ver sólo con la nacionalidad o también con la edad. Recuerdo con agrado mi adolescencia, pero también recuerdo en mí actitudes que hoy me desagradan y repudio. Aun así, cuando oigo a alguien hablar mierda de «esta juventud de mierda» agarro un encabronamiento conceptual. Otro amigo, en algún momento de la noche, me pregunta indignado: «Pero, ¿qué hacen estos chicos?», y no puedo evitar responder: «Lo mismo que tú y yo hacíamos cuando éramos chicos, ¿lo olvidaste?».

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Aunque no soy un animal fiestero —me desconcierta el ruido de las discotecas, no sé bailar y estar en medio de la muchedumbre me marea— disfruto ver la fiesta en los demás. Observar el desvarío colectivo, el ritual de apareamiento del mamífero humano, la desconfiguración de los individuos, me entretiene como pocas cosas en la vida, por eso me instalo un rato en una silla plástica en el portal de una tienda llamada «25 horas», con una cerveza y un cigarro, a ver el mundo pasar. El mundo, al menos desde esta silla, frente a esta calle, parece una interminable pasarela de modelos internacionales. Un querido amigo, chef y bluesero, cuarentón, calvo y gordo, se queja: «Aquí hay demasiada competencia con todos esos surferos rubios y musculosos», y suspira con resignación. Yo no me resigno, pero sin duda la competencia es real. Por un instante, ebrio de primitivismo, añoro los tiempos en que bastaba darle un garrotazo a la elegida y arrastrarla hasta la caverna.

Camino por la playa y el espectáculo me provoca una mezcla de asco, rabia e indignación: por todos lados botellas, latas y vasos plásticos brillando en la oscuridad, como si la arena fuera el basurero municipal. Las autoridades, por su parte, tampoco se han decidido a instalar contenedores a lo largo de la línea costera. El panorama —un paraje postapocalíptico, madmaxero— me recuerda que ante todo somos productores de deshechos y que lo hemos sido siempre. Incluso en términos biológicos lo único que aportamos es dióxido de carbono, mierda y ácido úrico y, llegado el encuentro con la fatalidad, un cuerpo en descomposición, alimento de insectos y abono de tierra. Al plantarnos, nuestro fruto es una lápida.

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Todas las obsesiones del animal humano tienen que ver con el principio y el fin, puntos antipódicos de la existencia. Nadie elige nacer y, salvo excepciones extremas y por lo general causales, nadie elige morir. Las religiones y las ideologías, todas ellas, imponen cuentas nuevas, inicios a partir de sí mismas; los calendarios maya, sumerio o gregoriano son ejemplo de esto; las repúblicas celebran su propio nacimiento tal y como lo hacen los imperios, las revoluciones y las dictaduras: en la Italia de Mussolini, la cuenta oficial señalaba el «año 7 de la era fascista», y en la Cuba de mi infancia, en la libreta escolar las clases comenzaban con la fecha, y abajo: «año 25 de la revolución». No sólo crean un comienzo, definen también un fin que está siempre más allá de nuestra personal existencia y experiencia, sea el cielo o el comunismo.

El año, en sí, es un fenómeno natural, pero la cuenta bien podría iniciar en un solsticio o en un equinoccio, justo porque tal datación depende de la estrecha relación entre nuestro planeta y el Sol. Pero si cada cultura fecha su año nuevo en días diferentes, en términos del todo individuales, mi año comienza y culmina el día de mi nacimiento: elegido o no, ese es mi inicio y no otro; esa fecha indica que he dado una vuelta más a bordo de esta nave llamada Tierra, que he sobrevivido otro año a los estragos de mi propia existencia.

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En todo caso, inicia un nuevo año en la cuenta de la cultura dominante (katolikós, no lo olvidemos, significa «universal») y según otro calendario muy mentado y banalizado en los últimos tiempos, comienza ahora el fin del mundo. La cristiandad, a fin de cuentas, está signada por la catástrofe, empezando por la tortura y muerte de su inspirador y terminando con el Apocalipsis. La ciencia moderna, por su parte, es siempre catastrofista (la explosión que da origen al universo y sus galaxias; los terremotos, inundaciones, incendios y glaciaciones que reconfiguran el planeta y su vida: todo cambio geológico y biológico se debe a una catástrofe natural); hasta las transformaciones políticas, económicas y sociales dependen de la desaparición, violenta o no, de un orden previo. Vivimos obsesionados con y por la destrucción, y si su espectáculo nos reconforta es justo por tratarse de una representación despojada de sus verdaderas y profundas consecuencias.

«Es el ritual del sacrificio sin la muerte del sujeto», pienso mientras veo los muñecos arder.

Montañita
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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