El refugio

Montañita, 2011


Es una curiosa llovizna ésta, como un rocío minimalista. Las microgotas parecen desvanecerse antes de tocar la piel. No mojan pero ahí están, constantes, insistentes, repetitivas. Me agrada la playa con este clima fresco y nublado (tras los meses en Panamá mi tolerancia al calor se evaporó casi por entero): el mar picado y tan plomizo como el cielo, la ropa abrigada, todo se esfuerza por crear un paisaje playero y antitropical. El segundo adjetivo no es gratuito: en el trópico la lluvia estalla torrencial, dura quince minutos y se extingue con la misma violencia con la que inició, dejando lodo y vapores que emanan de la tierra. No es eso lo que ocurre aquí. No ahora.

El pueblo es variopinto y simpático, lleno de buscavidas y vividores de toda suerte y condición. Toneladas de artesanos anclan aquí para vender sus collares y accesorios, algunos muy bellos, otros, simplemente, a precios escandalosos. Como las tienditas del pueblo, donde los comerciantes ponen el precio que les sale del huevo derecho con la certeza de no competir con las grandes cadenas de supermercados: el vino «barato», que en la ciudad vale tres dólares aquí te lo dejan caer en seis, y con tremenda sonrisa. El primer día que compré cigarros en la tienda cercana a casa el tipo me los cobró a tres dólares con veinticinco centavos. Dos días más tarde me dijo que costaban 3.50, y a la tercera ocasión, al pagar con un billete de 5 el honesto ciudadano me devolvió un dólar, y me miró a los ojos con cara de «ya está». Yo me quedé con la mano extendida esperando el resto, por lo que el hombre agregó veinticinco centavos y entonces exploté: «Oiga, esto es el colmo, cada vez que vengo me cobra los cigarros más caros». «No —dice el honesto ciudadano—, siempre han costado lo mismo». Le deseo un glorioso encuentro con la tal Pachamama esa y doy media vuelta y me largo, con la certeza de que el tipo acaba de perder a un cliente cotidiano (después comprendí que de todas formas parece haber un serio problema con las matemáticas: un día compré unos dulces. La encargada me dijo que valían sesenta centavos y pedí ocho. Acto seguido pregunté cuánto le debía, y la chica respondió: «Uno sesenta»)...

Hay también muchos surferos en el pueblo. Son una especie extraña, parecen conocer sólo dos palabras: «olas» y «tetas». Una conversación con ellos puede ser así: «Hola, ¿cómo vas?», a lo que responderá: «Buenas olas». «Ah, y ¿qué hay de nuevo?», «Tetas, muchas tetas». Y así ad infinitum. Me callo, claro, porque el diálogo se dificulta en tales condiciones, y si uno los deja comienzan con aquello de: «Chucha, man, ayer me culié a una tipa con unas tetas así», y acto seguido sobreviene una descripción detallada de tan notable acontecimiento, literalmente, con pelos y señales (y tetas, y mejor si hay olas).

*

«Hola, yo soy Ernesto Guevara», me diría uno de los hermanos que llevan el hostal donde vivo. No deja de ser extraño convivir con un Ernesto Guevara bien peinado y afeitado, pacífico y educado. Días después, ya siendo amigos y en mayor confianza, le pregunto por el hecho de llevar tan pomposo nombre en los setentas, en plena dictadura militar ecuatoriana. «No sabes —dice—, cada vez que decía mi nombre era todo un problema. Imagínate que en esos años viajé a Argentina, también en plena dictadura. No tienes idea del alboroto que se armó en el aeropuerto... Era un problema, la verdad, siempre me miraban con cara de “¿pero vos te burlás de mí?”».

En sus años mozos, allá en los setentas, fue locutor radial. No puedo evitar imaginarlo, con esa voz profunda que lo caracteriza, diciendo: «Buenas noches, Quito, les habla Ernesto Guevara», o algo por el estilo. Y me río como un tonto, porque cargar con un nombre así de rimbombante se presta a todo tipo de chistecitos. En La Habana conocí a un montón de Ernestos Guevaras y Fideles y Raúles Castros (incluido un buen amigo llamado, «simplemente», Che), pero el contexto era otro. Este nuevo amigo nació en el 52, cuando el Che no existía y era apenas un jovencito llamado Ernesto. Se trata, sí, de una mera coincidencia: «También en Miami he tenido problemas por mi nombre, pero no con los gringos, sino con los cubanos. Muchos me dejaban de hablar en cuanto lo oían», cuenta, divertido con la idiotez ajena.

*

Camino rumbo al pueblo. De pronto, avanzando hacia mí reconozco una silueta parloteante, aunque aún no comprendo de dónde. Entonces, cuando estamos a dos metros de distancia, exclamo: «¡No-puede-ser!», y el otro levanta la vista, me mira, y exclama algo similar. Nos abrazamos como viejos amigos, y lo somos: es el chief belga que conocí el año pasado en Nicaragua, con quien compartí no pocas agradables conversaciones. Durante algunas semanas nos vimos casi todos los días, hasta mi partida. Recuerdo que él hablaba ya de sus deseos de salir de ahí. Ahora me pregunta dónde me estoy quedando, y cuando le explico se emociona: «¿Ahí? Yo me mudo para ahí en unos días», y hablamos un poco de esto y aquello.

«No —dice—, me tuve que ir de San Juan del Sur: demasiada fiesta, demasiada coca, demasiada locura. Así que me fui de allá y caí aquí...». Me río, claro, porque es como si uno estuviera condenado al vicio y la perdición, como si fuera imposible escapar a tan brutal sino, a esa suerte de condición ineludible, voraz, deliciosamente autoinflingida. Hijos putativos del dios Hedón, vagamos por la vida de templo en templo, buscando siempre a otros hedonistas con quienes repetir el interminable ritual con el que nos entregamos a nuestra deidad. ¿Se puede imaginar más bello sacrificio? Nos reímos y prometemos «ponernos al día» un día de estos...

*

«Mira —me dice Ernesto Guevara—, el verdadero problema de Correa es que siempre habla de más». «Es que es guayaco —interviene el hermano—, y los guayacos son todos iguales: histriónicos». Y sí, no hay duda de que es un histrión, pero también es cierto que no es el único en lo poco que he visto de la política local. En todo caso, es evidente que se está invirtiendo mucho en infraestructura (todos están de acuerdo en que se ha hecho mucha más obra pública en los años de Correa que en administraciones anteriores) pero también es cierto que despide ese desagradable tufillo a infalibilidad («La verdad somos nosotros», y frases de similar ralea), a convento laico, a dogma mundano, que caracteriza a muchos hombres políticos, posmodernos o no. En todo caso, leyendo la prensa en estas escasas semanas ecuatorianas (compro un periódico gobiernista y uno antigobiernista, y a leer entre líneas) queda claro un cierto retroceso discursivo a las condiciones y valores de la guerra fría: el bipolarismo exacerbado, el conmigo-o-contra-mí (o incluso anterior: «El Estado soy yo»). Esto, desde luego, ejercido por ambos bandos.

Pero, si he de ser honesto, la política me importa poco encerrado en este refugio. Leer, escribir y conversar es todo lo que me interesa ahora. Por desgracia, al parecer no puedo evitar leer, conversar o escribir de política...

Montañita
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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