No puedo evitarlo. Como un reincidente vuelvo al pequeño pueblo caribeño cerca de la frontera con Panamá, en parte para despedirme de los amigos aquí encontrados y en parte porque, tras muchos años de no hacerlo, esta vez decido elegir dónde pasar mi personal aniversario. No es que mi cumpleaños me importe demasiado (al menos no en el sentido social del término: no soy de organizar una gran fiesta ni nada por el estilo) pero me gusta estar bien conmigo, leer en la cama, ver un par de películas, sentarme ante un atardecer hermoso: ese es el mejor regalo que me puedo dar.
En aras de preparar los festejos, descargo un montón de películas tontas y absurdas que se me antoja re-ver: El ataque de los tomates asesinos (y su secuela, El regreso de los tomates asesinos), Las mujeres caníbales en la selva de aguacates de la muerte, Rockers: ¡son peligrosos!, Zebraman, Puerco de Guinea 4: la sirena de la alcantarilla, y dos joyas de los años cincuenta: Batalla en el espacio exterior e Invasores de Marte, amén de otras buenas películas malas. El cine B, lo admito sin rubor, me fascina desde la más tierna infancia (tras la muerte de mi madre, revisando los papeles encontré un dibujo de primer grado en el que un tanque dispara contra una metálica mariposa gigante, adornado en una esquina con una nota de la profesora que hace mención a mi gusto por los temas y los tonos oscuros): enormes robots guerrilleros, terroristas del espacio exterior, zombis caníbales tropicales y creaturas de la noche andando en pleno día, bajo un sol criminal, rondan mi cerebro desde que tengo uso de razón...
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El pueblo está vacío y fantasmal, aunque no en el sentido gótico del término. El sol brilla en el cielo más azul y la mar yace calma y tibia, casi maternal. Las hojas de los árboles y las palmeras apenas se mueven; las aves gorjean, cantan y pitan con alegría. No, no inspira terror este pueblo maldito, por ello atrapa al incauto que, en un plano abierto, avanza por la calle principal a contraluz, ignorando la música que indica que en la siguiente escena será secuestrado por el pueblo mismo. A lo largo de la cinta, sin sutileza, queda claro que el pueblo tiene vida propia y se alimenta de forasteros a los que digiere durante eras eternas. Los lugareños, para calmar su ira, se encargan de proveerlos. Aparece la pérfida sacerdotiza seductora mostrando tetas, y el caníbal mayor, que se come a todas las vírgenes turistas (en una escena sale nuestra dama la jorobada riendo a carcajadas con ojos saltones, personificando la locura de este pueblo). Al final, la clásica escena de persecución en la que el incauto huye hacia la frontera mientras el pueblo, arrastrando los colgajos de sus casas y gentes hace un último intento por atraparlo. La película se acaba en plena acción. Sin final. Sin créditos.
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Abro los ojos y estoy frente al mar. El sol rojizo cae atrás de una lengüeta de monte que se interna en el agua del atardecer. En medio de la postal, una pequeña lancha se convierte en tiburón. Enciendo un cigarrillo cubano, con delicadeza acomodo la armadura en la arena y el óxido de mis articulaciones chirría. Puto cumpleaños, pienso en voz alta. Es una injusticia, desde luego: siempre he sido un robot oxidado, incapaz de tocarme la punta de los pies o alzar la pierna más arriba de mi cintura. Por mucho futbol, taicuandó y pelota que fingí practicar, lo cierto es que siempre he sido un robot oxidado y repetitivo.
Me muevo al bar en busca de aceite. Cuatro rastafaris juegan póquer en una esquina, armados con subametralladoras soviéticas experimentales. Entonces, una horda de nazis judíos comunistas asalta el pueblo, mientras los soldados de la OTAN (rubios y sonrientes) llenan las playas del Caribe y los anarquistas de extrema derecha ponen bombas en las letrinas públicas. El clero liberal impone derechos que nadie desea y los nobles labriegos y herreros enarbolan hoces y martillos contra los polpotianos de provida. El soviet de Wall Street se desmorona ante las tropas chinas que toman Manhatan, después el mundo. El Sacro Imperio de Namibia se expande hasta Escandinavia y el Vespuccio, moneda de la Unión Sudamericana, se impone ante el Confucio, divisa asiática. Los Libertarios de Mahoma asaltan el vaticano y lo vuelven harén socialista, para horror y disgusto de los Legionarios del Anticristo, que cantan los domingos en la iglesia, y tocan puertas y reparten biblias negras. El jefe de la policía detiene con su enorme panza las balas de los invasores pero sus hombres lo traicionan y lo empalan en la cancha de basquetbol, junto a una pelota ponchada y miles de cadáveres de muertos vivientes, todos guillotinados por Robespierre.
Los zopilotes comen bien en estos días sin turistas.
Yo también disfruto los días sin turistas.
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Me dejo mecer por la brisa cuando floto en esas aguas tranquilas. Chapoteo como un niño, hundo la cabeza, nado y regreso a la orilla. Me empanizo en la arena y me pregunto si toda esta pulsión por inventar o plasmar historias no es más que un mero trauma infantil: algo roto o inconcluso, o una suerte de retardo: «Mira a ese pobre tarado, todavía inventando historias como cuando era niño». Me recuerdo reinventando La guerra de las galaxias con figuritas de plástico y me pregunto si sigo anclado en el mismo punto, aunque ahora sin figuritas de plástico. Reviso la libreta, y las notas, descripciones y fragmentos ahí esbozados me remiten a aquellas invenciones de la niñez. Las historias han cambiado, el lenguaje también (los gustos e intereses) pero es el mismo proceso o al menos la misma pulsión, el mismo origen. Por eso me tiro en la cama con tres libros de Salgari, de la saga del Tigre de la Malasia, último homenaje a una infancia que se niega a desaparecer del todo (de eso trata el cumpleaños, de festejar al niño que sigo siendo). Las aventuras del pirata kitsch, que un día incendiaron mi imaginación con escenarios lejanos e historias y leyendas apócrifas, hoy me parecen sosas y redundantes, aunque por respeto a la infancia ---y por el placer del recuerdo--- no abandono la lectura. Luego, harto de niñerías, me voy a la disco frente a la playa, donde las chicas bailan en bikini y minifalda, la cerveza fluye y la brisa del mar emborracha.
Y ahí, recostado en una palmera torcida, pienso que no es un mal regalo este pueblo maldito...
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