Era cosa de ciencia ficción. Ya Ray Bradbury había escrito sobre el tema en alguno de sus relatos y con el tiempo comenzó a volverse un tópico posmoderno. En el fondo, se trata de un principio mitológico tecnificado: en todas las culturas el hombre ha sido creado, moldeado, sea a partir de barro, lava o costillas. El término clon (retoño, en griego) se popularizó en los años noventa, en parte gracias al lenguaje computacional pero sobre todo con la noticia del primer mamífero de laboratorio, aquella oveja de nombre Dolly. En el terreno de la cultura de masas, empero, la clonación más famosa es la que tuvo lugar en el Parque Jurásico...
La clonación ha generado diversos debates éticos, científicos, morales, jurídicos y desatado terrores y esperanzas por igual. Particularmente en el terreno religioso la barricada es fuerte; no menos de la mitad de la población del planeta profesa una fe u otra, y en todas, la creación es obra de dios (llámese como se llame) y nunca del hombre. Sin embargo, preciso es aclarar que al menos para el grueso de la comunidad científica el objetivo es clonar células, no humanos. Pero la ciencia es una cosa y la guerra otra. ¿Qué ejército no querría clonar a sus mejores hombres de infantería, a sus mejores tanquistas y pilotos de combate, a los más aptos oficiales y estrategas? El sueño de una súper-armada no es nuevo y una gran potencia pagaría cualquier cosa con tal de obtenerla. Los chismes (o no) en torno a laboratorios clandestinos financiados por oscuros poderes circulan por los mentideros de la conspiranoia, tal y como ocurre con las armas nucleares y otros artefactos de la tecnología bélica. Si durante la guerra fría el problema radicaba en la producción atómica, tarde o temprano todo se centrará en la producción humana.
*
Pero volvamos al terreno de lo real-inmediato. Lo que está en estos momentos sobre la mesa no es la producción de hombres y mujeres, sino la conservación y utilización de células madre sanas para tratar y combatir enfermedades futuras. No dudo que en unos pocos años, todo nuevo nacimiento implique de facto la acumulación de células de dicho individuo con fines terapéuticos ulteriores. Paradojicamente, una de las figuras más importantes en el debate moral-religioso norteamericano ha sido la ultraconservadora ex-actriz y ex-primera dama Nancy Reagan. Durante diez años asistió a la progresiva degeneración de su marido, víctima del Alzheimer, hasta que tras la muerte de éste, a pesar de su presbiterianismo compulsivo, se lanzó de lleno a la campaña a favor de la obtención de células madre, no sin rechazo de muchos de sus correligionarios. Una vez más, la muerte de los amados transforma a los vivos.
Desde luego, hay un componente en toda esta discusión que no puede ser obviado. Recuerdo, cuando el tema de la genética comenzó a discutirse en público, en los años ochenta, que la obsesión eran cosas como el color de los ojos del recién nacido, o de la piel o del cabello. Es decir, parecía centrarse en cuestiones estético-raciales más que médicas. No es extraño; el más claro antecedente que tenemos son los múltiples experimentos llevados a cabo durante el nazismo, y aunque la razón indica que buena parte de estos relatos son eso, relatos producidos por el vencedor, lo cierto es que hay suficiente documentación y testimonios, amén de la propia obsesión racialista del régimen, que demuestran al menos la intención de conocer los caminos de los genes. No hace mucho leí la entrevista de un hombre que había sido «producido» en una de las clínicas de la Alemania del Führer. Se trataba de un centro que acogía a mujeres arias sanas y en edad reproductiva, a la vez que se seleccionaban varones con iguales condiciones clínicas y raciales. No había parejas ahí, no había amor ni nada cercano; eran, simplemente, instrumentos de producción aria.
Josef Mengele es sin duda el estereotipo moderno del científico loco. Suerte de doctor Frankenstein, se hizo famoso por sus experimentos en Auschwitz-Birkenau, todos de escaso rigor y valor científico, y más próximos a la tortura que a la curación. Sus intentos por cambiar la pigmentación de los ojos inyectando toda suerte de sustancias químicas en el «paciente», sus experimentos con gemelos y siameses, y su búsqueda en pos de un método de esterilización masiva lo convirtieron en el ser más temido del campo de concentración. Su comportamiento, su sadismo, dio lugar a diversos documentos en la cultura de masas, de los que recuerdo con especial cariño el tema Angel of death, de Slayer y, desde luego, la perturbadora y en cierto modo visionaria película Los niños del Brasil.
*
The boys from Brazil (1978) es una cinta dirigida por Franklin J. Schaffner (el mismo que diez años antes dirigiera El planeta de los simios) y con el gran Gregory Peck en el papel de Mengele. Aunque la película dista mucho de ser excelente —y lo mismo es aplicable para la novela que le dio origen— se trata sin duda de uno de los primeros intentos por explorar las consecuencias (catastróficas) de la clonación. En esta historia Josef Mengele realiza unos noventa clones de Hitler con la esperanza de que en alguno de ellos se reúnan las condiciones, digamos socioambientales, necesarias para su renacimiento en tanto líder.
En la época todo esto sonaba a ciencia ficción; con el paso de los años, sin embargo, la cinta ha sido revisitada en diversas ocasiones hasta convertirse en una obra de culto; desde luego, la clonación no aparece aquí como ciencia pura, sino como una suerte de instrumento de maldad equiparable a todos los otros «experimentos» del doctor de Auschwitz. No es la primera vez que la ciencia aparece rebajada en la cultura de masas de esta manera, ni será la última; sin embargo, es ese boceto seudocientífico lo que la hace perdurar, ahora que todo ello nos parece más cercano a lo posible. Anterior a esta cinta, y menos interesante también, es La resurrección de Zachary Wheeler, de 1971, y que se centra (intriga de por medio) en el uso de células madre y fetos en busca de la vida eterna.
*
En 1932 apareció en Inglaterra una novela destinada a cambiar la ciencia ficción. La historia se desarrolla en el año 632 Después de Ford, y retrata a una humanidad de probeta, de laboratorio, del todo predestinada en su vida individual y colectiva según estrictos parámetros clasistas y productivos. Me refiero, desde luego, a Un mundo feliz de Aldous Huxley, cuyos personajes centrales llevan los muy soviéticos nombres de Bernard Marx y Lenina Crowne (amén de Sarojini Engels, Herbert Bakunin o Polly Trotsky) y que, sin llegar a serlo del todo, marca el nacimiento de la distopía como género literario. Cierto, aquí no se habla de clones (el término no es de la época) pero se plantea su existencia real.
La divulgadora especialista en bioética Arlene Judith Klotzko en su libro ¿Quieres clonarte? señala con acierto al Golem como el más antiguo referente clónico-mágico, y a Frenkenstein como la primera creación científica. En uno de los capítulos de su libro (el que lleva el delicioso título de «El papel de la reproducción asistida en la era de la reproducción mecánica») Klotzko señala la siguiente paradoja: «A diferencia del nacimiento de la oveja Dolly, el nacimiento del primer bebé de probeta, Louise Brown, no provocó gran sorpresa», indicando que la ficción se hacía realidad pero que la realidad no estaba preparada para lidiar consigo misma. La ensayista resume el asunto con tres preguntas hondas: «Qué era ese embrión que se desarrollaba en una placa de cultivo? ¿Sería una persona? ¿Qué tratamiento ético se le podía dar?»...
Peter Sloterdijk abrió uno de los debates más interesantes de las últimas décadas con su documento Normas para el parque humano, en el que aboga por una antropotecnología capaz de alterar el «fatalismo del nacer» (habla de nacimiento opcional, pero también de selección prenatal) reviviendo con ello el fantasma eugenésico del totalitarismo alemán. Sin embargo, es del todo injusto acusar al filósofo de neonazi (un humanista tan ilustrado difícilmente se encierra en un tribalismo trivial), más bien, consciente del tiempo en que vive contempla ya la biogenética en toda su capacidad. De hecho, constituye un profundo análisis de lo que denominó nacional-humanismo, no para referirse en exclusiva al período nazi, sino al conjunto de ficciones nacional-literarias que conforman la identidad, y se lo pregunta en voz alta de la siguiente manera: «Si la verdadera Alemania no está en los genes ni en los mapas, sino en las ficciones mediante las cuales se pretende dar lugar a un pueblo, ¿por qué hemos de considerar más auténtica la ficción de Hölderlin que la de Hitler?».
*
Hay días en que pienso en la clonación. En días como éste, por ejemplo, mientras reviso los materiales y documentos dejados por un gran amigo, fallecido hace un par de semanas, y sabiendo que con unos pocos años más de vida habría producido el doble. Nos conocimos a través de la red. Nunca llegamos a vernos y sin embargo nuestras conversaciones electrónicas fueron a la vez políticas y teóricas, sí, pero sobre todo fraternales, incluso, de alguna manera, varias veces sentí una suerte de cariño o protección paterna hacia mí. Entregó el equipo con cincuenta y siete años, víctima de un cáncer pulmonar con metástasis por todos lados y en la carta que me envió, días antes de su muerte, aún tenía el temple de contarme una antigua conversación con su médico, hace algunas décadas, en la que, ante las amenazas del galeno, respondió: «Yo sé que el tabaco me va a quitar diez años de vida. El dilema consiste en que el cigarro me va a quitar los diez últimos años, y vos me querés quitar los diez de en medio», narraba, con su habitual acento (casi podía oírlo) de Montevideo, y luego me dejaba un consejo: «Creo que esa es la clave del asunto: no renunciar a los placeres por muy inmediatos y pasajeros que parezcan; no aceptar privaciones, sin importar demasiado que se trate de sexo, cigarros o butifarras»...
Así, conmovido hasta la médula me despido de mi viejo amigo. Rafael Spósito, Daniel Barret (su seudónimo) o simplemente Diógenes, como firmó no pocos mails, con la única decepción de ya no poder darle las gracias por esta lección del morir en paz.
Ferrol
| < Anterior | Siguiente > |
|---|