En cierto modo el pensamiento moderno occidental nació a escasos kilómetros de aquí, a una treintena de Burdeos, en el castillo de Michel Eyquem, señor de Montaigne. A pesar de la exquisitez de su cuna, y según su propio relato, fue criado por su nodriza en un poblado propiedad de su padre, señor feudal y hombre recto, «acostumbrándome a la más baja y común manera de vivir: quiso mi padre juntarme con el pueblo y la condición humana, pues consideraba que yo debía mirar mejor hacia quien me tiende los brazos que a quien me vuelve la espalda; por esta razón me puso en manos de gentes cuya fortuna era de lo más abyecta, para a ellas unirme y obligarme». Poco se sabe de su madre, salvo que era de origen español, descendiente de una familia de judíos sefarditas y que varios de sus antepasados acabaron en la hoguera por «marranos», siquiendo los dictados de la Santa Inquisición.
Su educación comenzó en el castillo familiar, cuando su padre contrató a un tutor alemán que desconocía el idioma francés, con el fin de que el joven Michel no tuviera contacto con su propia lengua y aprendiera en cambio el latín, que a los ocho años dominaba con todas sus aliteraciones. A los catorce inició los estudios jurídicos, más por influencia paterna que por gusto propio, y luego, durante una década se dedicó a los tribunales, sin disfrutarlo en verdad. Se casó porque no le quedaba más remedio —la conveniencia de aquel matrimonio era innegable—, y tuvo una hija por los mismos motivos, aunque en su descargo debe reconocerse que pronto se desentendió de ambas. Fue tras la muerte de su padre, en 1570, cuando inició su verdadera vida, a la tierna edad de treinta y ocho años. Habiendo heredado el castillo y una cuantiosa fortuna, dimitió a todas sus funciones y se encerró en la biblioteca, consciente de que «la primera de todas las cosas de este mundo es saber pertenecerse. Tiempo es ya de que nos desatemos de la sociedad. Los alientos nos faltan; retirémonos y concentrémonos en nosotros».
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Con sus Ensayos da vida a un género literario e intelectual hasta entonces desconocido; los filósofos los desprecian por su total falta de método y las obvias contradicciones que conllevan, algo que Montaigne no ignora: «¿Qué son estos bosquejos que aquí trazo, sino figuras caprichosas y cuerpos deformes compuestos de miembros diversos, sin otro orden ni proporción que el acaso?». Es esta carencia, la ausencia de ordenación lógica lo que en verdad magnifica su obra, que salta de un tema a otro siguiendo sólo las ideas e intereses del autor, sus apabullantes lecturas clásicas y un razonable escepticismo que a ratos suena dulce y cínico. El término «ensayo», en el lenguaje de Michel, alude exactamente al experimento incompleto, a una intención nunca del todo acabada por tratarse de su propia pulsión vital: «Como quiera que me encontrase enteramente desprovisto y vacío de toda otra materia, decidí presentarme a mí mismo como asunto y argumento de mi obra». La primera persona adquiere volumen y definición.
A pesar de su dominio del latín y de que sus ensayos se encuentran salpicados de citas en dicha lengua, la escritura de Montaigne es ante todo sencilla, incluso me atrevería decir, increíblemente sencilla en una época (la suya, no a la nuestra) en la que los intelectuales escribían con pedantería y arrogancia: Erasmo, desde luego, ya había muerto. Quizá lo más interesante es que a pesar de su declarado catolicismo y las constantes referencias a las Sagradas Escrituras, su moral es casi anticristiana, en un sentido neutro del término, pues es el suyo un sistema de valores más próximo al hedonismo que al acartonado provincianismo católico: El sacrificio, el heroísmo y el martirio nada significan para Michel Eyquem; sólo el ocio y el placer tienen cabida en su existencia (su sibaritismo cultural es legendario), y reniega de discursos en sentido opuesto, «como si nuestros médicos, así los espirituales como los corporales, no encontraran camino ni remedio a nuestros males del cuerpo y del alma, sino valiéndose del tormento, el dolor y la pena».
Es la felicidad, el goce, el sencillo arte de vivir lo que anima sus palabras. Anuncia sin empacho ser «enemigo de las acciones sutiles y fingidas; de las finezas, no sólo las recreativas, sino también las provechosas». Defiende «con garras y dientes los placeres de la vida» y considera que «en cuanto a ocupación y trabajo, bastan sólo los suficientes para mantenernos en vigor y librarnos de las incomodidades que acompañan a los que caen en el extremo de una ociosidad cobarde y adormecida». La sexualidad no le es un tema ingrato, y aún cuando a veces moralice en torno a ella, es obvio que conoce bien tanto las torpezas del principiante como lo accidentado de ciertos funcionamientos: «Antes de la posesión se deben hacer ensayos sin acalorarse ni extremarse para asegurar así sus fuerzas; y los que en este punto sean de naturaleza fácil, procuren con su imaginación contenerse». Acto seguido, agrega: «Con razón se ha advertido la indócil rebeldía de este órgano, que se subleva inoportunamente, cuando de ello no hemos menester, y se aplaca, más inoportunamente todavía, cuando tenemos necesidad de lo contrario. Tan imperiosamente se opone a nuestra voluntad, que rechaza con altivez y obstinación indomables lo mismo nuestras solicitaciones mentales que las manuales»...
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Michel de Montaigne es contemporáneo a la matanza de los hugonotes, la masacre de diez mil protestantes el día de san Bartolomé de 1572. El protestantismo se extendía en Francia y las fuerzas católicas cerraban filas con los Médicis; no se trataba de una mera cuestión teológica (el pingüe negocio de las almas), era toda la influencia anglosajona lo que quería detenerse. Michel era católico, y algunos de sus hermanos protestantes; fue su padre, Pierre Eyquem, quien les inculcó este respeto hacia las creencias de los otros, educándolos en una suerte de prelaicismo, de preliberalismo, aunque desde luego Montaigne no podía sino ser monárquico. Fue precisamente por respeto a Enrique III que aceptó el puesto de alcalde de Burdeos en 1581, a pesar de que su natural lo inclinaba a mantenerse al margen de los asuntos públicos; el rey, por su parte, lo consideraba fundamental para mediar en la contienda entre católicos y protestantes pues gozaba en ambos bandos de respeto y admiración. En esa época ya había aparecido el segundo tomo de sus Ensayos y poco después publicaría el tercero. Para su tristeza, a pesar de haberse esforzado apenas lo necesario, fue reelegido alcalde, siendo durante este mandato que la peste llegó a la ciudad. Encontrándose Michel lejos de ésta, se negó a volver, consciente de que hacerlo supondría un gesto más cercano a la vanidad que al pragmatismo, y sin duda un sacrificio inútil. No se sonrojó cuando lo llamaron cobarde y otras lindezas. Ya en sus ensayos lo dejaba claro: «El placer es nuestro único fin».
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Por último, para que no se me quede atorado y demostrar de paso que el humanismo no tiene límites, cierro con esta frase portadora de honda verdad: «¡Cuántas veces, por oponernos a la salida de un pedo, nuestro vientre nos coloca en el umbral de una muerte angustiosísima!».
Lo dicho: una dosis de Razón nunca está de más.
Camarsac
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