Es un autobús de los años cincuenta, curvilíneo, ruidoso, lento como la decadencia misma. Hace el recorrido entre Huatulco y el industrioso puerto de Salina Cruz, parando en cuanto pueblo, caserío o villorrio se atraviese en su camino. En la carretera aparecen no pocas citas bíblicas escritas con cal sobre las rocas, un tanto apocalíptica. Admito que la religiosidad desbordada, exhibicionista, publicitaria, me agobia de una manera inadjetivable. Tres horas después se llega a un pueblo con calles de tierra, polvoriento, no particularmente agraciado. Junto al ayuntamiento, una iglesia evangelista, fea y moderna, con letras de colores, sin siglos de arquitectura. Sin mística, quizá. Totalmente pragmática. En el pueblo hay cuatro o cinco templos evangelistas y una sola iglesia católica. Ignoro si esto es bueno o malo, en todo caso, se trata de una proporción que empieza a ser habitual en el sur del país.
La playa está a cuatro kilómetros, siguiendo un camino de tierra con paisaje de sequía, sin sombra, no muy agradable a pie al mediodía. Luego está Playa Cangrejo. Si Huatulco es el complejo hotelero, el pueblo turístico y festivo; esto es un bello abandono. La orilla dibuja un semiarco de unos diez kilómetros de largo, los extremos coronados con dunas, y seis o siete palapas, atendidas por igual número de familias, en el centro de la playa, con mesas de madera, sillas de plástico, techos de palma. Al otro lado de la franja de arena con huellas de neumáticos que es la calle, hay una decena de cabañas, quizá menos, cuyos propietarios las utilizan los fines de semana, o en las vacaciones. Un amigo me prestó la suya. Así estoy aquí.
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No es éste un poblado de pescadores, sino de agricultores. Como ocurre en otras zonas de la costa, el campesinado se ha acercado al mar. Todos los días devoro en la palapa de Aureliano e Idalia. Poseen unas hectáreas de tierra a medio camino entre la playa y el pueblo, y casa en el pueblo, pero se instalaron en la playa hace unos seis años. Crían ovejas, puercos, y cosechan ajonjolí. «También siembro maíz —dice Aureliano— pero al maíz no le gusta esta tierra, prefiere tierras más húmedas, no ésta, que es seca y arenosa. Al ajonjolí sí le gusta esta tierra. Y se vende bien, a unos quince o dieciséis pesos el kilo, y sale una tonelada por hectárea».
La comida es sencilla y deliciosa, siempre fresca. Pescados (pargo, huachinango, sierra, mojarra) asados a las brasas, en horno de barro, condimentados con pasta de ajo, chipotle y hierbas. Me entrometo en la cocina de Idalia preguntando qué es esto y qué le pone a aquello. Ella suelta su risa y pone los ojos chiquitos, de tehuana. Pregunto si es secreto de estado y ríe una vez más. Toda la familia es encantadora. Los chicos vigilaron durante un mes y medio un nido de tortugas, o como se llame el sitio donde abandonan sus huevos. Vieron nacer las tortuguitas y las cuidaron durante un par de días, para que agarraran fuerza antes de soltarlas al mar. Era una cincuentena de artilugios negros, medio robóticos, grandes patas delanteras (¿o son aletas?) y más cortas las de atrás. Miden cinco o seis centímetros de diámetro y me pregunto cuántas de ellas llegarán a los ochenta centímetros, al metro. Pienso entonces en una sopa.
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Invariablemente me llaman señor («Buenos días, señor», o «pregúntale al señor si quiere algo más») y «el señor» se siente demasiado joven y demasiado atolondrado para merecer tan noble título. Además, en rigor, el pobre soy yo. Ellos tienen tierra y un negocio, casa y buena comida (una de las contradicciones de esta pobreza campesina, que lo es desde el punto de vista urbano pero su comida cotidiana es un lujo en la ciudad, por su frescura, primero); yo sólo tengo mi nomadismo y mi salario, nada más. En rigor, ellos son los propietarios, yo el proleta. Pero me llaman señor.
También puede ser que nunca se aprendieran mi nombre, no sería la primera vez que eso ocurre. En la familia se bromea con la leyenda de que en realidad mi madre quería ponerme Nabucodonosor, pero mi padre le recordó que algún día iría a la escuela, tendría amiguitos, la sociedad, etcétera, y me pusieron éste nombre, sin duda más discreto y sencillo. El ¿cómo dijiste que te llamas? me ha acompañado desde la infancia. Una vez, en una consulta, un trámite o algo por el estilo, en la sala de espera llamaron a Yanet Sánchez (¿o sería Jeanette?), quien desde luego, era yo...
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Desayuno un gran plato de frutas. Tres pelícanos pasan en formación de combate, vuelo rasante, sobre la orilla del mar. Al planear recuerdan a esos enormes aviones militares, grises y soberbios, mientras gaviotas y golondrinas actúan como inmortales kamikazes, lanzándose una y otra vez sobre su objetivo. En la soledad de la playa me deleito observando la cotidiana caza de estas aves, sus acrobacias en pos de pescado, sus zambullidas en línea recta. Calculo en un centenar las aves que se disputan la comida en esta playa. Pescado no falta, evidentemente.
En casa no hay radio ni televisión, mucho menos teléfono o internet. En el restaurante me entero que ha habido un terremoto en Chile, y una alerta anuncia un tsunami que al parecer también golpeará estas costas (y entre paréntesis me pregunto qué ocurrió con el vocablo maremoto, a dónde se fue). Hay preocupación, claro. Doble, porque tengo excelentes amigos en Chile y no puedo comunicarme con ellos.
Paso el resto del día observando el horizonte y el flujo y reflujo de las aguas, y mi hijo, ajeno a todo esto, protesta porque el mar está picado y es imposible nadar. Pasan las horas y no logro relajarme. Fumo un cigarro tras otro, y cuando se agotan camino bajo un sol infecto los cuatro kilómetros que me separan del pueblo, en busca de más. También necesito una conexión a internet, al parecer inexistente en estos lares. Es en la noche cuando cancelan la alerta para esta zona, pero yo ya no puedo dormir. Hay luna llena y recorro la playa aullando como perro herido. Me pregunto cómo me las he arreglado para estresarme de tal manera en esta pequeña sucursal del paraíso en la Tierra.
Es tiempo de volver a la ciudad, huir hacia la realidad...
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