El gesto de volver a casa

Bordeaux, 2009


Nueve a-eme. El sol deja caer su peso sobre mi cabeza; las escasas neuronas despiertas se derriten y agonizan con estertores varios. En esta región la humedad hace de las suyas así en invierno como en verano. En los meses fríos hay que agregar una lluvia impertinente y constante, que moja huesos y vísceras, y en verano la humedad le da un carácter casi tropical, selvático, a pocos metros sobre el nivel del mar. Son las nueve, decía, y el sol disloca mi humanidad.

Cruzo a pie el puente de piedra, los doscientos metros de anchura de esa corriente de fango que es el río Garona. Al llegar a la ciudad, ya sin murallas, una de sus antiguas puertas se abre ante mí, en medio del tráfico mañanero. Camino en paralelo al río, en dirección opuesta a la corriente, entre callejuelas oscuras, lejos del pavoroso espectro solar. Tras un kilómetro y medio o dos, llego a la estación de trenes, la gare Saint-Jean, construida en 1898 por Marius Toudoire, arquitecto de varias estaciones del Mediodía francés. El domo que cubre la zona de andenes es obra de Gustave Eiffel; también el antiguo puente de hierro que conecta la red ferroviaria con la ribera norte. Han construido un puente nuevo, acorde con los trenes de alta velocidad y en consonancia con el diseño que se le quiere dar a la ciudad: la desproletarización de la urbe parece ser uno de los signos de la modernidad, los barrios obreros desaparecen poco a poco dando paso a grandes y límpidos centros comerciales o financieros, o a oficinas públicas. Se pretende derribar el antiguo puente y la familia Eiffel lucha por su preservación en lo que parece un gesto inútil: sus toscas formas poco encajan con la curvilinieidad que se le da a las nuevas villas.

Burdeos se encuentra en la región de Aquitania, en el departamento de Gironda. Debe su riqueza al tráfico de esclavos aunque ahora, en los tiempos de la corrección política y el moralismo laico resulte poco agradable recordarlo. Luego fue un mediano centro industrial, mientras el puerto estuvo activo, hasta que se hundió en el abandono y la ciudad decayó. Recobra en las últimas décadas su figura, sus edificios han sido limpiados del hollín que los cubría y se blanquea; la reimplantación del tranvía, redescubierto por el urbanismo ecologista, así como la reconversión del puerto en zona de ocio le dan nueva vida, pero me sigue pareciendo una ciudad conservadora y poco dinámica. La estación de trenes tampoco escapa a esta pulsión renovadora por lo que un caos de zonas cerradas al público, desviaciones de tráfico, estacionamientos mal organizados, se hace sentir. Es raro pero de alguna manera este descontrol la humaniza, al menos en el contexto de una sociedad en exceso cuadriculada.

*

Compro el boleto y debo esperar tres horas; me siento en los andenes a ver pasar los vagones. Si mi memoria no falla es a ese gesto al que el escritor Irvine Welsh llama trainspotting, y al nombrarlo da vida a uno de los principales hitos culturales de los años noventa. A las doce y cuarenta parto hacia Narbonne, a unas cuatro horas de viaje. Conforme nos acercamos se hace obvio que llegaremos con retraso y temo perder la conexión hacia Cérbere, último pueblo del Mediterráneo francés antes de cruzar a Cataluña. Se acerca un funcionario de la SNCF (Sociedad Nacional de Caminos de Hierro) y le planteo mis dudas. Me tranquiliza asegurándome que el tren esperará. La chica que va sentada al otro lado del pasillo escucha atenta; luego se dirige al empleado y le explica que debe tomar el directo Narbonne-Barcelona, y esta vez el hombre dice que lo siente, que ese tren no esperará. Intervengo, le explico que tendrá que hacer lo que yo, viajar hasta la frontera y de ahí tomar otro tren hasta el destino final. El hombre confirma lo que digo, y al desaparecer, ella comienza a hablarme en español. Resulta ser canadiense (o quebecuá), oenegera medioambiental; ha trabajado en algunos países latinoamericanos y ahora está de vacaciones.

Hacemos el viaje juntos, al llegar a Cerbera cruzamos hacia Portbou, y ahí a esperar un par de horas el próximo tren. Pocos recuerdan que fue en este pueblo fronterizo donde Walter Benjamin se quitó la vida en septiembre del año cuarenta (hay quien afirma que se trató de un crimen estalinista, a estas alturas del partido ya nada sorprende) y creo, aquí yacen sus restos. Tras la ascensión del nazismo huyó hacia Francia, tras la ocupación alemana quiso cruzar España con dirección a Lisboa, y de ahí embarcar rumbo a América. El franquismo le negó el derecho de paso y sólo le otorgó un día de estancia. Ahí quedó, en medio de aquella nada: Atrás, el campo de concentración; al frente, el campo de concentración. Era él un hombre trágico, su último gesto lo confirma.

Hace buen tiempo y bajamos a la playa, sólo para encontrar un conglomerado de cantos rodados, acomodados con cierto orden y un montón de niños jugando en la «arena». Nos sentamos a conversar. Aquellos dos desconocidos que se encuentran en el tren están aquí contándose sus vidas, proyectos, amores y desamores. Nunca dejarán de sorprenderme los encuentros fortuitos, alianzas naturales que se forjan con el concurso del azar. No hay el menor gesto de coquetería en todo esto: somos dos compañeros de viaje con algunos intereses y gustos comunes, y los compartimos. Por conversar perdemos el tren de las siete y media, así que nos quedamos una hora más hablando de cualquier cosa. Llegamos a Barcelona a las once de la noche; nos separamos en la boca del metro, tomando líneas diferentes y despidiéndonos, quizá para siempre.

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Las despedidas me entristecen y dejar Burdeos significa despedirme una vez más. Aunque el viaje en sí me llene de optimismo lo que atrás queda actúa como lastre, no en un sentido negativo sino por entero emocional, activo, digamos. Ese ya no es mi hogar pero sigue operando como punto de retorno, y sin embargo en Barcelona, al llegar a casa, tampoco siento que llegue a un sitio propio. No me desagrada donde estoy ---ni la compañía ni el entorno--- pero no se me antoja plantarme aquí. Lo disfruto mientras estoy, me entrego a la ciudad y sé que volveré muchas veces más. Ahora, durante el verano, debo planear a dónde ir, dónde quiero estar el próximo año. Hay algo en el moverse, en no tener casa, a la vez divertido y agotador. Divierte porque creas y vives tu propia aventura, al menos aquella que puedes permitirte, y agobia por estar a salto de mata, con lo mínimo y siempre a mano para salir corriendo si las deudas se enrevesan o un proyecto se presenta en otro sitio; o por simple aburrimiento, que a la postre es el mejor motor para cambiar de aires.

Ser pobre y vivir bien no es cosa fácil, pero tampoco se trata de una imposibilidad total; temo que alguien quiera leer aquí una suerte de apología de la miseria ---nada más lejos de mi hedonismo--- pero sí un grito, o un simple comentario, a favor de la libertad de no tener nada. Me refiero, claro, a esa ausencia elegida y no a la condena de la realidad; hablo de un gesto más cercano al del asceta (en mi caso sin misticismo ni radicalidad) que a la imposibilidad real de consumir. No es que no tenga dinero, gano poco, me las arreglo, es cierto; el punto es que carezco de propiedades otras que mis ropas y mi equipo de trabajo, y por extraño que parezca me siento bien así. Lo último que deseo en estos tiempos que corren es una hipoteca, o las mensualidades de un automóvil (¡la gasolina!) o el impuesto sobre la tierra. Tampoco me veo pagando abogados, ni necesitándolos, y en general cualquier cosa que requiera del esfuerzo de firmar documentos me aterra. Ahora bien, tampoco pretendo pasar por hipócrita: llevo esta vida porque de momento no puedo vivir otra. Siempre he tenido la seguridad de una casa, y dentro de ésta un estudio en el cual encerrarme a trabajar; ahora no puedo pagarlo, y lo añoro, pero no tanto como para abandonar mi vagabundeo, la dulce irresponsabilidad que es mi existencia.

*

Llego a casa; el calor es agobiante, la bienvenida de los amigos calurosa; mi gusto por verlos de nuevo también. Conversamos buena parte de la noche; despierto temprano a revisar mis notas y poner esto por escrito, y hacia el mediodía el desastre es evidente: Nos cortaron el agua por exceso de pago. Welcome home, compañero... Reality rules!

Barcelona
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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