El español

Gramática elemental. Quetzaltenango, 2010


Cabal que el idioma es un ente vivo que se transforma constantemente y varía de territorio en territorio. Pensamiento y lenguaje son indisolubles; ambos se forjan en el transcurso de la cotidianidad al tiempo que determinan nuestra participación en ella. Por obvio arrebato literario los juegos del lenguaje me apasionan, sobre todo aquellos que se incorporan con naturaleza al habla común, la que compartimos día tras día. Aquí, por ejemplo, el término «cabal» se utiliza en toda frase afirmativa, dotándola de seguridad. Todo es cabal si uno es optimista, y si de verdad se quiere reforzar la afirmación de una frase, ésta debe comenzar diciendo Cabal que...

Cuando uno carece de fondos monetarios, tiene problemas en casa o vive embargado por traumas existenciales, se dice uno anda bien pisado. El adjetivo también se usa para referirse a alguien (el pisado aquel), no necesariamente con desprecio. Otro término común, de gran fuerza expresiva —entre nulo y escatológico—, es cerote. «El cerote ese», «un cerote cualquiera», «los cerotes de más allá», son expresiones comunes, sobre todo al hablar de compañeros que no están presentes. En términos estructurales una construcción me fascina: «Voy a salir con una mi amiga», o a realizar un mi trámite, o a visitar a una mi novia, si se tiene varias. Admito que al principio me abofeteó la frase con su insistencia propietaria (mi, mío, mía) pero tras oírla cada día me parece percibir más bien una deliciosa acentuación individual, como si contrastando con el mi resaltara aún más el un, una, uno. Es decir, la unicidad.

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Fue en 1492, año de la llegada de los españoles a las islas del Caribe y de la conquista de Granada, que apareció la Grammatica, o Gramática castellana, o de Nebrija, como también se le conoce. Hasta entonces todo estudio lingüístico se dedicaba al latín o al griego, únicas lenguas cultas y por tanto dignas estudio; fue Antonio de Nebrija el primero en analizar una lengua vulgar en Europa y establecer reglas para ella, dividiendo la gramática en ortografía, sintaxis, prosodia y etimología, y definiendo los componentes de la oración, estructuras que seguimos utilizando hoy en día.

Tras estudiar humanidades en la Universidad de Salamanca y Teología en la de Bolonia (donde sin duda se nutrió del naciente renacentismo), fue profesor de retórica y desde luego de gramática. Era un latinista consumado; su primer tratado es una introducción a esa lengua que para entonces sólo sobrevivía como idioma común a los académicos del continente. Aquella Europa que apenas sale del medievo busca «nuevos» referentes en la Antigüedad clásica: los nuevos poetas miran a Roma, los nuevos artistas, las nuevas legislaciones, las nuevas repúblicas y desde luego los nuevos imperios se nutren también de aquella Roma aplastada por el oscurantismo. Roma, entonces, no es algo superado, sino aquello que hay que continuar y superar. Comienza a insinuarse así la idea del progreso, concepto imposible en un mundo fatalizado por la divinidad como era la Edad Media.

Nebrija también busca un modelo en el latín clásico. Acercar el castellano a su raíz latina y la gramática latina al castellano es su obsesión, y también su originalidad. En el siglo XV nadie podía siquiera intuir que el dialecto castellano se convertiría muy pronto en una lengua internacional, y en general, las lenguas contemporáneas no interesaban a ningún erudito. La publicación de la Gramática no sólo abrió las puertas a una nueva ciencia (pasarían casi cuatrocientos años antes de la aparición de la lingüística y otra centuria hasta el advenimiento de nuestra señora la semiótica), también expandió la conciencia de que las lenguas vulgares se estaban convirtiendo, de facto, en idiomas totales.

Pero si España llenó sus arcas con las colonias americanas, más se enriqueció la lengua española tras su contacto con el Nuevo Mundo. El lento y constante proceso de mestizajes y sincretismos varios a lo largo del continente y durante cinco siglos de inmigraciones y emigraciones ha creado un idioma rico en diferencias, matices y colores. De vez en cuando sueño con un monumental diccionario capaz de contener todos los regionalismos, modismos, arcaísmos, neologismos y extranjerismos que conforman el mundo hispánico (y ya soñando, que incluya términos jerigónzicos de las distintas profesiones, ciencias, artes, doctrinas, ideologías, dogmas, cismas y otros etcéteras). El diccionario de la Real Academia Española —seamos honestos— es un torpe bosquejo incapaz de retratar la inmensidad de un idioma que es oficial o cooficial en una veintena de países; aunque siendo justo, ningún consejo de sabios puede administrar a plenitud el bien común generado (y degenerado) por quinientos millones de usuarios...

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Una de las quejas cultas más extendidas en la actualidad es aquella que asegura que el idioma se empobrece día tras día, tesis con la que a veces concuerdo pero con cierto recelo: ¿se empobrece el idioma o es que ahora aquellos que lo dominan pobremente pueden expresarse en público, así sea de manera «virtual»? Es decir, el hecho de que un individuo digamos liberado de las reglas ortogramaticales publique un blog, ¿es de verdad un empobrecimiento? Quizá el reclamo inconsciente sea por una ortografía mucho más fonética y despojada de adornismos innecesarios como la hache, que se ve muy bonita en el papel pero en realidad poco aporta cuando es muda. Quizá no se escribe bien porque nunca se aprendió a leer del todo bien —el divorcio entre educación y lectura es una de las tragedias del mundo hispanohablante, donde el acto de leer a menudo es interpretado como una soberana pérdida de tiempo...

En todo caso, es cierto que la fractura en el dominio del idioma es hoy más evidente que hace unas décadas, entre otras cosas porque la palabra pública ya no la detentan en exclusiva las élites económicas, políticas, culturales, científicas o religiosas, sino que cualquier charlatán (yo incluido) puede colgar sus tonterías en la red, y cuántas más personas tengan acceso a las diferentes tecnologías de la comunicación, más parecerá que se degrada la palabra; sin embargo, esto sólo significa que aquellos que nunca habían escrito, que nunca se habían expresado en público están empezando a hacerlo. Y eso no es empobrecimiento.

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Divago. A mi lado, una pregunta me distrae: «Mirá vos, ¿será que hay muchas diferencias entre el español que se habla en Cuba, en México y el de aquí?». Tras pensarlo un instante, respondo: «Sí. Cabal que sí». Y sonrío...

Quetzaltenango
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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