Los edificios de enfrente forman un muro de televisores, como si en cada ventana se desarrollara una telenovela, un noticiero o un anuncio comercial. Fumo en el balcón bajo el tamborileo de la lluvia y me dedico por unos instantes al noble arte de observar a los demás, oculto tras una nube de nicotina. Cada ventana muestra una escena de lo cotidiano, una repetición de rutinas que transcurren a diferentes velocidades, lejos de toda coreografía. Pienso que si para mí la ventana es el televisor, para ellos es la cámara —la webcam— a través de la cual se asiste al espectáculo de sus vidas. Es un decir, claro, ellos sólo llevan sus vidas, ajenos a mi insidiosa mirada. A la vez, me pregunto, ¿quién me observa a mí?
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La mayor parte de mi vida la he pasado en edificios; algunos más colménicos u hormiguerísticos que otros, según la densidad poblacional del mismo. Edificio y ciudad son la misma cosa, indisolubles. En el fondo, todo edificio es una microciudad, o un ensayo de ésta. Quizá por ello, una ciudad sin edificios parece un pueblo grande. La ciudad no sólo crece hacia los lados, también hacia arriba y desde luego, hacia abajo.
Quizá uno de mis viejos placeres sea mirar por la ventana. Todo se altera visto desde arriba; cuantos más pisos te separen del suelo más ajeno parece lo que abajo ocurre. Es como si fuera un mundo de juguete, empequeñecido y por tanto escrutable. La vida parece transcurrir en un terrario, entonces. Algo similar ocurre con los edificios de enfrente, que dejan de ser percibidos como tales. Insisto en la metáfora del muro de televisores. Me acomodo y enciendo otro cigarro...
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¿Cuánta gente ve televisión en este instante? Los cuento, una decena, en los cuatro o cinco edificios que veo. En una casa se cocina, en otra alguien lee; en una más, abajo, una chica estudia (hay un montón de papeles en la mesa). Otra, en su balcón, habla por teléfono moviéndose de un extremo al otro del mismo, con cierto nervio, aprensión o algo. La chica cuelga, se acoda en el muro y mira hacia donde estoy. Nuestras miradas se cruzan, separadas por una cincuentena de metros. Luego, ella da media vuelta y entra.
Mientras divago pienso en la posibilidad, como en una vieja película hitchcockiana, de presenciar un asesinato, entreverlo, intuirlo quizá. Paseo la mirada por todas las ventanas en busca de «algo» que en realidad no quiero encontrar. Hurgo en los detalles de la vida cotidiana de otros como si viera una película...
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Soy parte de una cultura exhibicionista (la nuestra, la de nuestro tiempo) que para serlo debe ser también, por fuerza, voyeur. Ver y ser visto parece el deporte favorito de nuestra sociedades. La televisión —ahí donde todo ocurre— está llena de gente «común y corriente» que exhibe lo que sea a cambio de aquellos warholianos quince minutos de gloria. Pero la televisión está siendo destronada como altar máximo del exhibicionismo: Internet ha mostrado ser más eficiente y democrático, no sólo para el observador, sobre todo para quien quiere ser observado. Filmarse y exhibirse es cada día más fácil.
El famoso video de Paris Hilton captado con un celular no disparó el fenómeno, sino que lo exhibió al mostrarnos a la Hilton en acción. En rigor, ella es la suma sacerdotiza de esta religión mediatizada. Recuerdo haber leído una entrevista en la que se le preguntaba qué era ella en verdad, a lo que respondió, para sorpresa mía, con dos neuronas: I'm a brand...
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La contrafantasía de George Orwell parece real en este mundo entregado por entero al ejercicio de la videovigilancia. En apenas quince años las ciudades se han ido llenando, poco a poco, de cámaras de seguridad. Antes eran los bancos y algunos edificios similares los únicos en poseerlas; ahora están en todas partes, incluyendo modestas viviendas.
Sentado en el balcón se me ocurre un ejercicio. Busco la computadora y la cámara, las conecto y enfoco hacia el edificio. Ahora tengo al edificio real ante mí y el video de éste en la computadora. Lo que comenzó siendo un mero pasatiempo (fumar un cigarro mientras observo distraidamente a mis vecinos) se ha convertido en una obsesión casi científica. Esto empieza a volverse un tanto obsceno... no contento con que me videovigilen, videoespío a otros. Es lo bueno del zoom.
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Bajo a comprar cigarros. Estoy en un quinto piso, sin ascensor. La vida en el edificio transcurre con calma; de vez en cuando me topo con alguien en la escalera —un torpe «buenos días» mientras dejo pasar al gordo del tercero— y sólo tengo trato con el mitómano del primero. En la calle me encuentro a la chica de enfrente; nos miramos tres segundos antes de continuar en opuestas direcciones. En el bar de al lado hay una máquina expendedora de cigarros. Compro un paquete y vuelvo a casa, reptando por las escaleras.
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Estoy de nuevo en el balcón. Nada parece haberse movido. Los que ven televisión siguen pegados a ella, los que leen leen, los que conversan conversan y todos en general, en la misma postura y acción. Me pregunto si será exactamente igual todos los días. Si los hábitos son tan poderosos como irrenunciables y por tanto vivimos repitiéndonos aún si nada ni nadie nos obliga a ello. Me pregunto qué descubriría si filmara esto durante un mes, a una hora fija cada día. Una antropología de lo cotidiano, digamos.
Desvarío. Ni pienso pasarme un mes filmando esto ni creo que haya interés alguno en algo así. En el fondo, lo que resulta irritante de observar las repeticiones ajenas es que nos recuerdan a las propias. Si alguien me observara, me vería siempre frente a la computadora, levantándome cada pocos minutos y fumando sin parar. También hablo solo y hasta manoteo, más cuando estoy trabajando, concentrado. Las rutinas no son iguales; lo rutinario sí.
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Me doy cuenta que muchos viven solos. Hay un edificio, con apartamentos al parecer pequeños y modernos, ideal para singles. Observo al tipo que está tirado en el piso, viendo televisión y con un gran vaso de plástico que a la distancia parece de un litro. Lleva una hora ahí, sin moverse, acariciando a un gato que ronronea a su lado. Supongo que todas las noches hace lo mismo. Imagino que conversa con el gato al volver del trabajo.
Creo que podría ser yo...
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