Bajo del bus en la Terminal Nacional de Transportes, tras haber cruzado el kilómetro y medio que mide el Puente de las Américas, una de las tantas obras de ingeniería de las que presume esta ciudad. Tomo un taxi rumbo al Casco Viejo, que inevitablemente me recuerda a La Habana de mis amores. Zapateo con la mochila a cuestas hasta que encuentro un hotel barato, fachada anodina y al interior, una rara mezcla de art-decó y detalles arabescos por todos lados. Las habitaciones blancas, de techo alto, recuerdan a un viejo sanatorio cinematográfico (hasta la cama de hierro con sus blancas sábanas remite a una película de lisiados de guerra). Me ducho y salgo a recorrer la parte antigua de la ciudad. A las tres horas ya he sucumbido al encanto y contradicciones de este rincón del mundo. Los contrastes impresionan: edificios superpoblados que se caen a pedazos (o en el total abandono) y otros recién restaurados, de lujo. Los restaurantes y hoteles de alcurnia conviven con las fondas de esquina y los hostales para mochileros. Los bares finos y las oscuras cantinas con la puerta eternamente cerrada para ocultar lo que adentro acontece, se desperdigan por sus calles. Si se planea bien, uno puede caminar sin ver gran parte de la pobreza de este sitio: no es mi caso, desde luego: siempre he sido un tanto desorganizado, incluso al andar.
El barrio de San Felipe, en el casco antiguo, colinda con barrios mucho más modestos y rotos; a un lado, El Chorrillo, donde se concentró el fuego durante la invasión norteamericana de 1989, una de las zonas más peligrosas del nuevo Panamá; al otro, el barrio chino, con el eterno desorden que se espera de un sitio así. Mientras tomo fotos se me acerca un hombre de unos treinta años, de mirada dura y brazos de gimnasio, y con la mejor intención del mundo me aconseja que guarde mi cámara y me pierda de aquí: «Te puede ocurrir algo muy feo», sugiere, aunque sin intención de amenazar. Sostengo su mirada y respondo que —con todo respeto— mi cámara y yo hemos sobrevivido al Distrito Federal, a Ciudad Guatemala, a San Salvador y a Tegucigalpa, urbes con peor fama que ésta. El hombre me mira otra vez —con nuevos ojos, digamos— y me invita una cerveza en la cantina más cercana, donde me dedica un discurso de dos horas en torno a la corrupción en este país corrupto, redunda él.
Al salir, el sol me ataca y por un instante me mareo. El calor es endemoniado a esta hora de la tarde. La población —mestizos, indígenas, mulatos, chinos— llena las calles cruzándose con turistas y vagabundos de otras latitudes, una legión de almas en pena en busca de algo que al parecer se encuentra aquí. Como ellos, yo también busco, aún sin saber qué.
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«Ciudad Panamá es el centro del universo conocido», me dijo un camionero hace ya muchos kilómetros, creo que en Honduras. Al principio pensé que exageraba —¿qué camionero no lo hace?—, que el universo conocido es demasiado amplio y Panamá muy estrecha, pero ahora que por fin estoy aquí comienzo a intuir que razón no le falta, al menos no toda. También recuerdo lo que me contó un viejo amigo, el primero del grupo en irse de Cuba, rumbo a Argentina, y en su escala panameña pensó —me lo contaría años más tarde, mientras bebíamos ron Varadero en Barcelona— que Panamá era como La Habana pero con muchos dólares.
Aunque el balboa es la moneda oficial, la de uso corriente es la divisa estadounidense, que circula desde 1904, cuando Estados Unidos financió la independencia panameña de Colombia. Dada la paridad, que ha sido constante a lo largo del siglo, los precios suelen anunciarse en balboas, aunque el pago se realice en dólares. Ocasionalmente, tras una compra, el vuelto incluye algunas monedas en denominación local (1 centécimo, 10 centésimos y las de 25 centésimos, también llamadas cuaras), todas de la misma medida y peso que sus equivalentes en dólares (no hay billetes, empero: a principio de los años cuarentas se imprimieron hasta 300 mil balboas pero fueron retirados de circulación e incinerados a los siete días de entrar en vigor, siendo ahora objeto de coleccionismo).
Para nadie es un secreto que Panamá es una enorme lavandería, y se nota en el pedazo de Miami que se erige frente a la bahía, un impresionante skyline con altos edificios modernos llenos de apartamentos vacíos. Viendo los precios en el periódico no puedo evitar preguntarme cuánta gente en esta ciudad puede pagar los dos mil o tres mil dólares que cuesta el alquiler de los mismos, aunque algunos cuestan el doble o el triple. En las noches, la mitad de esos edificios aparecen como sombras en la oscuridad.
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Desde la terraza del hotel se ve el océano, El Chorrillo, buena parte del Casco Viejo, el pedazo de Miami, los barcos en espera de su turno para cruzar el Canal, la belleza del atardecer. Tres hombres se refugian bajo la sombra y me dan la bienvenida a lo que llaman el Club de las Almas Perdidas: un escritor de Chicago (más o menos de mi edad), un pintor texano y un jazzista inglés, ambos de unos sesenta años. El británico va a su habitación en busca del clarinete y entona una melodía que compuso en honor a cierta dama cubana que conoció en San Juan de Puerto Rico en los años setentas y que, a juzgar por las tristes notas tropicales que repite una y otra vez, torturó su alma perdida como sólo una cubana sabe hacerlo. Luego, a capella, canta un blues compuesto en tiempos más recientes para una colombiana que lo dejó varado, con el corazón roto y el bolsillo vacío, con ese humor que los súbditos de su majestad son capaces de exhibir cuando se burlan de sí mismos —algo sobre un viejo idiota engañado por una gacela que se fue cuando a éste se le agotaron los fondos—. El buen humor y las largas conversaciones sobre música, cine y literatura llenarán mis tardes con ellos, seguro estoy.
Salgo a dar otra vuelta por el barrio y tropiezo con un hombre flaco, de unos cuarenta años, acelerada habla, quien asegura ser guía turístico. Lo miro de arriba a abajo y comprendo que es un superviviente. Comenzamos a hablar y al final me lleva «al gueto», como él llama al sitio en el que vive, una vieja y derruida casa de madera ocupada por una veintena de familias. La pobreza es lo cotidiano ahí —pobreza de verdad, no metáforas de mierda—; a dos cuadras de ahí los turistas cenan en un restaurante lujoso, con vista a la bahía, de espaldas al gueto. Cansado, me tiro en la cama a leer El sastre de Panamá hasta que caigo dormido y sueño con espías que no lo son.
Sueño también con escribir algún día algo así...
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