El avión

Guayaquil, 2011


Con la visa vencida por más de un mes, temí que la migración panameña me multara en el aeropuerto, sobre todo porque el mismo día de mi partida un querido amigo cubano fue detenido y el chiste le salió en 700 dólares (lo suyo no era un mes, claro); para colmo, el leguleyo que lo sacó del apuro le pasó una factura por tres mil verdes. Por fortuna, una vez que arribo al aeropuerto, el agente migratorio se limita a formular las preguntas de rigor y a desearme buen viaje. Lo cierto es que los controles aeroportuarios suelen tensarme. Sacar las cosas de mi mochila, quitarme zapatos y cinturón, escudriñar mis bolsillos en busca de monedas o llaves y ser palpado de arriba a abajo, brazos de crucificado, no se encuentra entre mis rituales favoritos. Me exasperan las dos horas previas al vuelo, así como los precios del autodenominado «duty free», que en realidad son más elevados que allá afuera. Odio la comida que sirven en el avión (un amigo que está en el negocio de la aviación me contó que lo que no se consume se tira intacto a la basura, lo cual, dadas las condiciones del mundo me parece delincuencial: será chatarra, pero sigue siendo comida). También detesto las planillas de migración, que siempre vienen en plural; la bandeja del asiento, que al abrirla cae sobre mis rodillas sin quedar recta, y mis rodillas, que se quejan el viaje entero. Fuera de eso, me encanta volar.

Soy como un niño chiquito que se emociona con cualquier cosa; la curiosidad me mueve, incluso si intento fingir displicencia. Al entrar al avión y ver la cabina abierta asomo la nariz y husmeo atraído por las lucesitas, botones y palancas, hasta que un suave regaño me obliga a buscar mi asiento, siempre del lado del pasillo para que mis piernas busquen su espacio. Junto a mí va sentada una llorona, mujer de mediana edad, ni gorda ni flaca, ni fea ni bonita, que escribe frenéticos mensajes en su teléfono mientras moquea, llora y se enjuga con un pañuelo las secreciones de ojos y narinas, hasta el despegue, y entonces apaga el teléfono y se acurruca en un rincón. Intento imaginar qué le ocurre, si ha sufrido la irreparable pérdida de un ser querido, si ha sido abandonada por el novio o el marido (o la novia, vaya usted a saber), si la expulsaron del país o si… Pero no soy adivino, y la fulminante mirada que me lanzó cuando saludé con un «buenas noches» fue más que suficiente para mantener a raya mi curiosidad, que después de todo no es sino literaria. Así las cosas, finjo no verla (no oírla) y me entrego a la lectura y a la escritura.

*

El descenso me distrae. El altoparlante anuncia que el aterrizaje está próximo y desde la ventana sólo se ve la negrura del mar océano. Poco a poco aparecen las luces de la enorme mancha urbana de Guayaquil, que palpitan de norte a sur por la ribera del río Guayas, donde se reflejan. Luego viene el cambio de presión y por último la brutal fricción del aterrizaje —la inercia tonteando con el asfalto—. El aeropuerto es pulcro y moderno, y siendo casi medianoche, el trámite migratorio es acelerado. Al subir al taxi rumbo a un hostal en el malecón, frente al río, pregunto por el proceso de dolarización, establecido en el 2000. El taxista —trabajador a destajo, como todos sus congéneres— está contento con el proceso, con la estabilización económica, el fin de la galopante inflación que en los noventa sufrió la moneda local (al momento del cambio, el dólar estaba a veinticinco mil sucres).

Por supuesto, se trató de un proceso complejo en el que a priori ganaron los de siempre. Las clases pudientes, listas de antemano para la dolarización, habían cambiado su dinero a tasas muy favorables; los trabajadores, azuzados por los populistas a luchar por la «independencia económica» (¿puede ser independiente un trabajador asalariado, sujeto siempre al patrón, al Banco Central y a las tasas cambiarias?) guardaron sus sucres como oro sólo para convertirlos en dólares cuando ya era tarde, a un precio de mierda. Sin duda la vida se encareció de golpe, todo se redondeó hacia arriba y los alquileres se dispararon, tal y como ocurrió con la adopción del euro. De todas formas, se siente, al menos en Guayaquil —ciudad comercial, financiera, abierta al mundo— una cierta estabilidad, resguardada acaso por la imposibilidad de inflar o devaluar la moneda (producirla artificialmente) según el antojo y conveniencia de los señores del «señoreaje», eterno mal latinoamericano (ahora, en cambio, todo eso depende de otros «señores»…). Según leí en algún informe, Ecuador tenía suficiente metal y petróleo como para respaldar su moneda pero, por alguna otra razón, prefirieron amarrarse al dólar.

Siempre he tenido una relación dual —y por tanto contradictoria— con la tan mentada soberanía monetaria. Por un lado me parece «bonito» (o folclórico) todo ese asunto de la moneda nacional, con los billetes llenos de héroes patrios, símbolos propios y la parafernalia de «lo nuestro»; por otro, suelo preguntarme si la tal soberanía no es en verdad más que la prerrogativa de los soberanos estatales de hacer lo que les venga en gana con una moneda que, se supone, es de todos. En otras palabras, mi rechazo a los bancos mundializados y fondos monetarios falsamente internacionalistas no se convierte, como por arte de magia, en un aplauso indecoroso a la banca centralizada y estatista, por muy «soberana» que ésta pretenda ser. Suelo soñar con otra economía, más dinámica, más ligera, más propia (sí, en el sentido de propiedad y apropiación) y más común (si usted quiere agréguele el ista, mas no en el sentido de Lenin y sus epígonos, por favor) pero eso, claro, es tan sólo un sueño.

*

Bajo del taxi con la conversación en la cabeza y me interno en un hostal orgánico y reciclador, también tranquilo. Esto es un viernes en la noche, y durante el fin de semana los recorridos por la ciudad me muestran una urbe tranquila y silenciosa. Es un espejismo, claro: apenas llega el lunes y Guayaquil muestra su lado ruidoso e hiperquinético y se vuelve un caos la ciudad. Una de las primeras impresiones que me deja esta gran ciudad es la de su limpieza, también su orden. Es cierto que hay policías por todos lados, pero a diferencia de Centroamérica, éstos no portan armas largas, lo que los hace menos visibles, por decirlo de alguna manera. Los precios de la comida, no así los del hospedaje, me parecen un poco más altos que en Panamá, y el salario mínimo, en cambio, sensiblemente más bajo (400 mensuales allá, 240 aquí).

En fin, recién llegado es poco lo que puedo contar. Por lo pronto, me dedico a caminar.

Guayaquil
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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