E pur si muove

Guatemala, 2010


No sé si soy capaz de expresar cuán profundamente me enamoré de este país, tierra de contrastes violentísimos y hermosos, de amistades infinitas, paisajes imponentes y pobreza y riqueza, ambas mal repartidas. El nombre es correcto, Cuahutlemallan (en náhuatl, lugar de muchos árboles): el verde está por todos lados en esta tierra, aún si la minería extranjera continúa deforestándola gracias a contratos que en poco o nada benefician al país (la participación fiscal de estas empresas es ridícula, no así los vertidos de cianuro para separar los metales de las rocas, ni la impresionante cantidad de agua que este proceso requiere). En muchos aspectos la estructura clasista de la Colonia sigue vigente, mezclada ahora con las clases emanadas de la república: Las diferencias entre los mayoritarios mestizos, una elitista minoría blanca y la inmensa minoría indígena son abismales, creando de manera simultánea un mundo de inequidades económicas y una diversidad cultural que enriquece a la sociedad a pesar de su pobreza. En estas condiciones el verdadero desarraigado es el indígena que abandona la vieja comunidad para migrar a la gran urbe: aún no comprende la nueva cultura y ya tiene que ir dejando atrás la suya; intenta adaptarse, los conocimientos heredados no siempre son útiles en esta nueva vida (campesino sin tierra, intentando arar las calles de la jungla citadina): algunos lo logran; otros se ven atrapados por el subempleo, si les va bien, o por la mendicidad, así sea estatal. Y hay otra Guatemala, muy rica, con gente bonita, ropas caras, discotecas de moda, grandes casas y autos y toda la parafernalia asociada. En la ciudad tienen sus zonas: limpias, con excelentes servicios y transportes, casi primermundistas si no fuera por las fronteras que comparten con barrios mucho menos agraciados. No es rencor, tan sólo exasperación al constatar cuánto tarda en desparramarse ese desarrollo al resto de la sociedad (si es que algún día llega a abarcarla por entero).

*

La modernidad acarrea sus propias paradojas y frente a un desarrollismo que impacta de manera desigual en los distintos sectores de la población, aparece y se expande la idea del retorno a una vida pequeña, sencilla, comunal, en parte impulsada por la certeza de que los poderes fácticos y la administración de la res publica se han vuelto demasiado grandes, enormes, y trascienden con mucho los pequeños problemas locales, lo inmediato de cualquier comunidad, barrio, poblado. Más grande y abarcador es el Estado y más parece distanciarse de la realidad cotidiana del ciudadano promedio. Más corrupto parece también. A la vez, sin cesar, se le sigue exigiendo a ese mismo Estado que resuelva los acuciantes problemas de la sociedad, sea por costumbre, por hábito, o porque la sociedad no cuenta con los espacios ni detenta los medios para autorrepararse y autoadministrarse. Quizá tampoco con la educación, en la que el Estado nunca invierte suficiente. Por un lado el discurso desarrollista avanza (el progreso, la industrialización, la inversión extranjera, etcétera) y por otro un contradiscurso antiprogresista (la paradoja sigue abierta), antindustrial y a ratos abiertamente primitivista y que aparece, sobre todo, en ciertos sectores de las clases medias, henchidos de hiperidealización comunitaria o neorromanticismo posturbano, aunque esta atracción no siempre sea tan fuerte como para abandonar la urbe ni su dulce individualismo colectivo...

Pero hay otros reclamos más concretos, de las comunidades indígenas, que se debaten entre la subsistencia y su propio desarrollo, entre impulsar sus culturas y conocimientos y absorber los del mundo moderno, entre ser parte plena de la sociedad o ser una excepción protegida; y es justo en el mundo de la militancia indígena donde se resumen algunas de las paradojas políticas de la modernidad, quizá porque sus líderes e ideólogos son también hijos de ésta. El indigenismo, como cualquier otro cuerpo ideológico está plagado de corrientes diversas, a veces antagónicas, contradictorias, y aunque partan todas de un mismo reclamo, de una misma necesidad, no necesariamente conducen al mismo sitio, a la misma cristalización de las aspiraciones (la frase me encanta: las aspiraciones, siempre tan frágiles, cristalizan y al primer golpe se rompen). Así, los reproches por el abandono al que el Estado ha condenado a los pueblos indios se mezclan con la exigencia de que el Estado los deje en paz y a su libre arbitrio; la apología de la comunidad cultural se entrecruza con la de la comunidad biológica, así como la lucha por la igualdad y la exaltación de la diferencia van siempre de la mano, eso es inevitable también.

*

Hace pocas semanas se celebró en Guatemala el Día del Indígena, ocurrencia oficial tan determinante como el de la madre o el del niño. Lo interesante en todo caso son los comentarios de líderes y militantes, constatar la variedad de tendencias, dudas y certezas que animan un debate complejo como pocos (en efecto, se trata de un choque histórico, cultural, político, económico, sociológico sin duda más abrupto que otros conflictos sociales contemporáneos). Uno de los discursos que atrajo mi atención es aquel que propone el aislamiento como meta, el encierro como liberación. Entonces, lo que para la progresía occidental siempre ha sido una institución retrógada, reaccionaria y discriminatoria (la reservación india, el espacio reservado para un pueblo dado) aparece como una de las genuinas aspiraciones de la lucha indigenista, o al menos de un sector de ésta (al fin y al cabo, la épica del «territorio libre» no es local ni reciente, y de hecho recorre la historia de principio a fin). Visto así, las comunidades autónomas zapatistas —por poner un ejemplo— son, de facto, reservaciones indígenas, aún si el término tiene reminiscencias otras y las construcciones ideológicas que las sustentan difieren por entero.

Desde luego, nunca se qué conclusiones sacar de temas que rebasan mi entendimiento, y ni siquiera me animaría a desvariar sobre ellos si no fuera por esa profunda fascinación por las contradicciones y paradojas del momento, aquello que me mueve dentro de un mundo a su vez en constante movimiento. Es justo en medio de este descontrol que me dispongo a partir hacia la terminal, sin saber aún si me dirijo a Honduras o a El Salvador y dejando el destino a merced del primer bus que salga. Me despido entonces de un país que me sedujo no a pesar de sus contradicciones y paradojas, sino gracias a ellas (su gente, sus paisajes, los trazos de culturas mayenses —a la vez abandonadas y exaltadas con folclorismo y discursividad— y la siempre inconclusa modernidad, así como sus pobrezas), y sé que cuando vuelva a este país algunas cosas habrán cambiado aunque todo siga igual. Las transformaciones tardan en ser palpables pero ello no significa que no ocurran: la dinámica de las sociedades supera siempre a la de los Estados, que existen para contenerla o encauzarla. Por otra parte, lo sé, la espera exaspera.

Quizá por eso me muevo...

Guatemala
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
Diseño: Despacho de Utopías · Motor: Joomla! · Alojamiento: Site 5