Domingo en la iglesia

Puerta del Diablo, 2010


Despierto, y me pregunto si es lícito matar cristianos en domingo. Desde luego, no me anima el deseo de una guerra antisanta, el punto, en realidad, es mucho más mundano (y por tanto mezquino): justo atrás de mi habitación hay un templo protestante, y los malditos tienen por costumbre perturbar a los vecinos con sus cánticos colectivos, mezcla de pop y gospel, como si los Beatles corearan Aleluyas. Así las cosas, salto de la cama, me ducho, y parto al otro extremo de la ciudad, donde se encuentran los museos. A diferencia de lo que ocurre con los templos, que se cuentan por docenas en los barrios populares, a los muy cultos promotores culturales no se les ocurrió nada mejor que edificar sus museos en casa del demonio, bien lejos del populacho, para luego quejarse de que «al pueblo» no le interesa el arte.

El Museo de Arte, estratégicamente llamado MARTE, está ubicado de tal forma que sólo puedes llegar a él si de verdad lo estás buscando. Nadie cae ahí por casualidad, no tropiezas con el museo. Para ser franco, así como no comprendo los gestos vanamente populistas, menos aún entiendo los elitistas. El hecho de que un museo esté en el centro de la ciudad no significa que todos los habitantes o visitantes del centro lo conozcan, pero si está en un entorno «privilegiado», rodeado de un hotel empresarial, un centro ferial-industrial, la casa presidencial y una base militar, es dudoso que tenga algún impacto en la población, aún si los domingos la entrada es gratuita.

Desciendo, pues, del bus a trescientos metros del museo. Camino hasta tropezar con un policía que al ver mi porte y aspecto (greñudo, barbón, sudoroso y desaliñado) se me para enfrente y pregunta: «¿¡Cómo te llamás, a dónde vas!?» (así, con militarismo y provocación). «Me llamo Canek, voy al museo —le muestro toda mi dentadura, sin sonrisa alguna—: ¿y tú cómo te llamas?», pregunto (omito el usted por obvias razones). «Ah —dice el policía—: no sos de aquí; disculpá, feliz día», y no puedo evitar preguntarme qué habría ocurrido si yo fuera un friki salvadoreño, un «marero» o un «vago». Es decir, con todo respeto, intento no extrapolar ni exagerar conceptos como lucha de clases, burguesía, elitismo, etcétera, etcétera; pero si para llegar a un simple museo tengo que atravesar niveles y trampas similares a los de un videojuego, comienzo a pensar con total seriedad que aquí hay un grave problema de programación.

La verja frontal de museo está cerrada y todo se ve vacío tras ella. Me acerco a los taxis y pregunto si el museo está abierto: «Sí —responde un taxista—, pero tenés que dar la vuelta y entrar por el parqueo». Sigo las instrucciones y en efecto entro al recinto, en cuyo interior, si acaso, tropiezo con diez personas, guardias incluidos. Lamento decirlo, pero es como si se empeñaran en guardar el secreto, en hacerlo inaccesible a los no iniciados —el típico «somos pocos pero bien sectarios»—. Luego, claro, si «la gente» no está dispuesta a desperdiciar su tiempo en un museo sin duda es respetable; en todo caso, no seré yo quien lo discuta, pero ponérselo difícil no es la mejor manera de divulgar la llamada «alta cultura».

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De la colección permanente (un recorrido por dos siglos de pintura salvadoreña), un cuadro atrae mi atención. Se trata de un paisaje ocre, árido, cielo beige, tierra inútil, casas de piedra, techos de tejas y un gran vacío, enorme, que se sitúa en las antípodas del existencialismo. La vida huye, sólo hay materia inerte, naturaleza muerta, paisaje huero. Parece un escenario postapocalíptico (tras la explosión sólo queda el desierto), y a la vez recuerda a la pintura popular, al paisajismo del campo cotidiano. Observo y sueño, me hundo en ese mundo baldío, encerrado en un museo baldío, en una calle baldía de la gran ciudad.

Hay una exposición temporal, que fue la que en principio me hizo llegar hasta aquí. Arquitectura de las remesas es una documentación fotográfica de las pintorescas viviendas construidas por esos «cosmopolitas involuntarios» que son los migrantes. Sus casas mezclan con total impunidad columnas de concreto estilo grecorromano, techos de dos aguas, balcones semicirculares, torres neomedievales, colores vibrantes (y a veces disonantes), lujo clasemediero, iconografía híbrida y transnacional. Las fotos, tomadas en comunidades rurales de todo el país, retratan los gustos de estos campesinos urbanizados en el Norte, que han sucumbido ya al encanto arquitectónico del mundo moderno, y lo aplican. Sus casas son un collage.

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El distanciamiento entre las instituciones culturales y «el público en general» es abismal. Desde luego, en un mundo en crisis el arte es la última de las preocupaciones; los intereses son más inmediatos, la urgencia, la contingencia, marcan el ritmo de la vida. Eso es comprensible, pero no explica por sí sólo el distanciamiento en sí: el fútbol o las telenovelas tampoco solucionan los problemas de un pueblo dado, y sin embargo prosperan en el imaginario colectivo. La contemplación de la materia artística parece requerir una calma, una tranquilidad, que la cotidianeidad no provee; requiere tiempo también, pero ¿de dónde obtenerlo si el tiempo libre se ocupa frente al televisor? En el fondo, deleitarse ante una pintura es un ejercicio tan escapista como sentarse frente al televisor (a mí las telenovelas me aburren, y el fútbol casi siempre también, pero suelo ser paciente con los delirios de un artista). Además, en una pintura no hay «triunfo», no hay goles, los malos no mueren, nadie gana. Quizá en ello radique el distanciamiento: el arte es metáfora y duda en un mundo que parece requerir de certezas.

Insistir en promocionar la actividad artística como algo «elevado» y por tanto contrario a la «bajeza» del vulgo, agudiza la fractura; la disociación parece ser primero teórica, al grado de inventarse la categoría de «arte popular». Insisto en que no soy populista, no pretendo que todo el mundo disfrute lo que yo considero bello (el gozo es siempre individual, y no pocas veces temporal: lo que hoy disfruto quizá mañana ya no me plazca), pero el forzado elitismo con que se erigen ciertas instituciones culturales resulta por demás violento. ¿Cómo puedo saber si algo me gusta si ni siquiera tengo acceso a ese algo? La entrada al museo es gratuita el domingo, pero el museo sigue estando aislado de la ciudad real, en una suerte de clasismo geográfico que no hace sino acentuar el divorcio entre arte y sociedad.

Luego, al salir, tomo un bus al centro y me hundo en el mundo de colores de las ventas callejeras, mil veces más dinámico, a la vez popular y conceptual que todo lo visto en la hora anterior. Entonces recuerdo por qué detesto los museos: su sacralidad me molesta.

San Salvador
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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