Dolor instrumental

Bacteria Sound System. Quetzaltenango, 2010


En cierto modo cada sitio impone un modo de vida, al menos si uno no es hermético. Así, por ejemplo, mi dieta cambia por entero según dónde me encuentre, mis horarios se modifican, las costumbres cotidianas se construyen día a día, los amigos se hacen sobre la marcha y hasta la relación con los gestos culturales se altera, mediada por la propia amistad. Por alguna razón, para mí Xela suena a hip-hop, música que directa o indirectamente me ha acompañado desde que llegué a esta ciudad. Mi primera noche transcurrió en un concierto rapero, entre ríspidas rimas y acerados ritmos que de alguna manera recuerdan simultáneamente a añejos rituales africanos y al implacable avance de una división blindada por los barrios de la urbe. El hip-hop es tierra de metáforas pero rara vez de sutilezas.

Quizá lo que me fascina de este movimiento es justo lo que lo hermana al punk; el brote del reclamo, el aullido de la rabia y la filosofía subyacente expresada en una orden individualista e insoslayable: Do it yourself. El abaratamiento de la tecnología fomenta la producción casera en este género que desde su nacimiento abolió el instrumento musical como fuente sonora directa: tornamesas, samplers, máquinas de ritmo y un par de micrófonos bastan para crear beats, algún simulacro de melodía y versos en movimiento perpetuo. Como el punk, el rap subterráneo es antisistémico por vocación y por tanto solidario con sus pares en el mundo: no hay dos o más sistemas, hay uno sólo, y no es otro que aquello que controla, impone y reprime. En este sentido sorprende y agrada que los raperos guatemaltecos que cantan contra el capitalismo escuchen con igual placer y comprensión a los raperos cubanos que riman contra su propio modelo socioeconómico. Es como si hubieran entendido aquello que los militantes de uno y otro bando se niegan a aceptar: que la opresión quizá no sea igual, pero es igualmente existente en ambas orillas.

Leo en un fanzine de hip-hop una entrevista con un grafitero e ilustrador guatemalteco que ha realizado diseños para diversos colectivos isleños. El entrevistador le pregunta por qué se ha vinculado al movimiento cubano y éste responde algo así: «Cuba nos viene a estallar los oídos a muchas bandas de Latinoamérica[...]; de ahí apareció una cantidad de exponentes que a las claras están construyendo la historia del verdadero rap en español. La mentalidad en casos como este no está en “veré si puedo ayudar”, sino que quiero apoyarlo ya que lo que ha entregado en estilo, mensaje y calidad es algo que durará muchos años[...]. Con esto no se puede pagar el precio de tanta rima que los raperos cubanos nos han regalado, sabiendo que en el lugar en donde están no es nada fácil».

Entonces, la solidaridad y el internacionalismo huyen por fin de la política para instalarse, justamente, en la crítica de la política misma. El hip-hop no entiende gran cosa de diferencias ideológicas, más bien parte de una ideología sencilla y universal: El sistema (el estado de las cosas y los individuos) es la fuente de toda opresión. No puede, desde luego, ser más simple...

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El gobierno y la sociedad parecen desmoronarse. Cada día los periódicos se llenan de escándalos de corrupción, renuncias de ministros, ceses en diversas comisiones ciudadanas, desvíos de recursos y, como reportaje de investigación, la locura de ciertos sicarios que al parecer estaban (estuvieron, estarían) bajo las órdenes de una conocida ex jefa policiaca. El presidente acusa a oscuras fuerzas de la oposición de preparar un golpe de Estado («como en Honduras», dice), y la cosa, aunque dé risa, es peligrosa: ese tipo de insinuaciones pueden provocar terremotos militares. Ya ha ocurrido antes.

En Guatemala no existe esa gran violencia organizada que hoy desgarra a México; hay, en cambio, multitud de microviolencias diarias, familiares, sin propósito, sin fin; una violencia pobre y desesperada que se expresa en asaltos armados a transeúntes, a pequeñísimos comerciantes de esquina, a casas despojadas de lujo, y en general, asesinatos carentes por entero de sentido económico: puro despecho, borrachera o simples ganas de matar, no lo sé. Quizá la mejor representación visual de este fenómeno sea el anuncio que se encuentra en la mayoría de los bares junto al letrero de No fumar: el revólver encerrado en un círculo rojo con una franja que lo atraviesa. El arma parece haberse convertido en una extensión del cuerpo, de la mano, de la mente. Es la imaginación subordinada a la violencia.

Aunque la violencia sea inherente al ser humano (no seamos hipócritas, jamás hemos renunciado a ella), y sin duda uno de los más potentes combustibles de la historia, hay algo terriblemente nihilista en este ejercicio cotidiano: es decir, esta violencia nada transforma; por el contrario, es aquello que debe ser transformado. ¿De qué sirve, en rigor, una violencia que sólo aspira a la violencia misma? Así, pese a las poses, los gestos y los versos agresivos, es justo contra esta violencia que se rebela el hip-hop guatemalteco. Su relato es ya una acusación.

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No siempre me interesó el hip-hop. Hubo un tiempo en que me parecía una expresión inútil, tonta, sosa, aburrida, etcétera. Tardé mucho en comprender que se trata de algo más que un mero fenómeno estético, que no debería ser juzgado a partir de la teoría musical y mucho menos desde el territorio de la poesía clásica. Su rítmica bebe de los ritos africanos; su baile (break) de la capoeira, y sus letras y grafitis de la decadencia urbana. La «batalla de rimas» sigue el mismo principio que la décima guajira (combate verbal) mientras la improvisación con las tornamesas aparece como la expresión más radical de la creación sonora: ahí se separan el dj que «pone música» y el que ha convertido el tocadiscos en un instrumento musical.

Quizá sea el propio minimalismo estructural del hip-hop lo que me gusta, minimalismo que le permite ser mezclado con cualquier género musical (reggae, salsa, punk, funk, electrónica o jazz, por ejemplo): un movimiento que desde sus inicios apeló al collage y actuó en consecuencia. Es justo en esta aparente pobreza sonora donde se esconde la riqueza del hip-hop: su simpleza lo hace potencialmente complejo. Algunos lo logran.

Subo el volumen y los versos del poeta Saul Williams atacan las bocinas: I'm no musician but the pain has been instrumental...

Quetzaltenango
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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