Días de lluvia y de pereza

Mapa de metáforas inconexas. México D.F., 2010


Me gustan los atardeceres lluviosos, a condición de que no se eternicen. El repiqueteo en la ventana coincide con el de las teclas, se arritmizan, entrecruzan y riman. Tamborilean a la vez. El agua escurre en los cristales desenfocando la urbe. Un claxon se interna en la composición aullando desde lo lejos, con eco y provocación. En tardes como ésta añoro la máquina de escribir, su tableteo de ametralladora coja. La poesía es percusión, ritmo, y la máquina también lo es. La lluvia, por supuesto, marca la cadencia.

Pero otra cosa es estar fuera. Sales del metro orondo y desprevenido y te recibe el aguacero. Insultas a Tláloc, a Tutatis y maldices la absurda adoración que los poetas adolecen por la lluvia. Resoplas hasta la guarida más cercana, empapado y sin pizca de poesía en tu ser. Pareces, más bien, una metáfora poco afortunada. Al romanticismo, no tienes duda, lo mata una ducha fría. Poco importa en estos instantes que la lluvia sea fecundidad, que limpie la ciudad con su incontinencia o que las luces se reflejen con estruendo en las paredes húmedas, tú sólo ves los charcos, los automóviles que te salpican y recuerdas horrorizado la ropa que dejaste secando a la intemperie. Entras a un café, pides un capuchino y en ese momento —con la taza humeante entre las manos— te dices que sería un verdadero alivio estar encerrado en casa, con las gotas rebotando en los cristales y las teclas de la máquina llevándoles la contraria...

*

Salgo a tomar algo. A pocas cuadras hay una librería-café-biblioteca donde me siento a gusto. Una especie de minijardín interior luce una fuente de piedra, cuyo sonido recuerda que afuera llueve. De alguna manera el agua me hipnotiza; me descubro mirándola con fijeza, hundiéndome en su gotear. Me pregunto, entre sorbos de café, si hay algo de erotismo en todo este culto a la humedad...

Estar rodeado de libros provoca escalofríos en la columna vertebral del lector empedernido. Con qué voracidad me abalanzaría sobre sus páginas si ciertas leyes de la decencia y de la economía no se interpusieran entre el pensamiento y la acción. Con fabulosa gula comería todas las letras. En el fondo, la lectura no es otra cosa que un profundo y delicioso vicio —a veces legal, a veces muy caro, y cuyos efectos secundarios son siempre inciertos—. Si hay algo bello en la lectura es precisamente ese carácter de droga que lleva implícito; si las palabras no se internan en el torrente sanguíneo y asaltan el cerebro entonces es inútil y su lectura un vano ejercicio melancólico o una vil obligación escolar. La pregunta, respecto al imperante moralismo laico, sería cómo inculcar un vicio a la juventud si todo el discurso público advierte contra éstos. Cualquier campaña en pos de la lectura se estrella de frente contra esta cuestión ineludible, pues lo único decente que se puede decir a favor de la letra impresa es que no hay nada más delicioso que estar despatarrado con un libro en la mano, sin hacer absolutamente nada más.

Como un adicto, pues...

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Despierto. Los libros, desde sus estantes, me miran aterrorizados. Leen mis pensamientos, que se alborotan con el recuerdo del detective Pepe Carvalho y su inveterado hábito de alimentar la chimenea con libros de su biblioteca, manuales leninistas primero. Sonrío con incendiarismo y malevolencia, y los libros tiemblan. Pido otro café. Extingo el fuego, vuelvo al trabajo.

La lluvia golpea el techo traslúcido sobre el falso jardín. La cafetería es un espacio oficinesco en esta nueva cultura laboral derivada de la computación y las comunicaciones inalámbricas. Todos con portátil, libros, cuadernos. Algunos, reunidos en grupos, parecen discutir proyectos laborales, creativos, o algo. El trabajo escapa de la oficina cuando la computadora es el medio, creándose de paso una profunda fractura entre quienes tienen computadora y acceso a la red, y los que no. Y la barrera es ante todo laboral. Y el trabajo sigue siendo el eje de la vida individual y social.

La computadora mediatiza no pocas relaciones hoy en día. Se realizan trámites bancarios y pagos de servicios a través de una computadora, sea desde casa o in situ, en el cajero automático. Los procesos fabriles se digitalizan, por decirlo de alguna manera, y el control de las máquinas-herramientas ya no está en manos de operarios, sino de hombres con teclado y pantalla. En el supermercado sólo la computadora sabe el precio de todas las cosas. La oficina, a pesar de su sempiterna pulsión por almacenar papeles, se organiza en el disco duro. Casi todo el trabajo intelectual, técnico, industrial, educativo, etcétera, en cualquiera de sus áreas o ramas, se realiza, almacena y/o difunde con computadoras.

Así las cosas, ¿puede alguien en su sano juicio afirmar que la tecnología libera del trabajo?

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Tras un año de laborar para la misma revista, un día, por fin, visité la oficina, conocí a los compañeros de trabajo, a la jefatura. Todo fluye por la red entre nosotros, regaños incluidos. Se trata de una relación laboral que no había vivido en otros sitios, donde el paso obligatorio por Recursos Humanos impone las reglas del juego. Comprendo que la mía no es la más normal (habitual) de las profesiones; aún así me sorprende y disfruto como niño este modus vivendi o laborabilis que me dispensa de la obligación de asistir a la oficina en aciagos y hermosos días como el que nos asiste. Entonces, la computadora y las redes inalámbricas emergen como el milagro tecnológico que en realidad son, y su potencial liberador aparece en todo su esplendor.

Durante años —tentado estuve a decir siglos o alguna otra conveniente exageración temporal— he trabajado con computadoras. Sé por experiencia propia que se trata de un enorme y delicioso vicio, y que si por error, azar o caos se cruza, en el sentido semántico-fecundador del término, con la palabra escrita, entonces la adicción adquiere tintes astronómicos, casi universales. No hay dios que me aparte de la computadora en la que leo, mucho menos en días de lluvia en los que resulta fácil acurrucarse frente a la pantalla...

*

Me distraigo una vez más. Debo volver al trabajo y no tengo idea de qué escribir cuando lo único que deseo es tirarme en el sofá con una colección de poemas y un café bien cargado. Lo malo de la tecnología, de laborar a distancia, es que uno no puede simplemente faltar al trabajo. De lo que libera la computadora es de tener que lidiar personalmente con otros seres humanos, aunque eso, humanitariamente hablando, ya es algo positivo.

La lluvia, empero, ha dejado de ser una excusa.

Y contemplarla pasó de moda.

México D.F.
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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