Un accidente me sacó de mi refugio caribeño. Por suerte nada tiene que ver con terremotos, tsunamis ni plantas nucleares en plena ebullición. El accidente tampoco fue mío, sino de una querida amiga a quien conocí en Nicaragua. Al despedirnos, yo me adentré en Costa Rica y ella continuó su divagar por el país de los sandinistas. El plan, sin embargo, era encontrarnos en Panamá para trabajar juntos en un extraño proyecto internacional para el que solicitó el «concurso de mis modestos esfuerzos», digamos. Hace dos semanas mi amiga llegó a Tiquicia, donde el azar y una perniciosa escalera le jugaron una mala pasada y acabó en el suelo, de espaldas y con una linda fractura en el codo. Tras once días de hospitalización por fin la operaron, agregándole un pedazo de acero a su brazo izquierdo. La amiga que viajaba con ella, también del grupo «nicaragüense», fue la que se puso en contacto conmigo y como ninguna de las dos habla español me movilicé cruzando el país hasta la ciudad de Liberia, capital de la provincia de Guanacaste.
Cierta actividad turística se desarrolla en la ciudad, sobre todo por su cercanía con las bellas playas del Pacífico, que se han vuelto refugio de expatriados de diversas latitudes, surferos, mochileros y millonarios internacionales. El centro de Liberia aún muestra rastros de la vieja arquitectura tropical, aunque predominan ya las modernas construcciones encabezadas por la extraña iglesia católica que sin duda aterrizó junto al Parque Central en los años sesentas o setentas. El edificio, blanco y profundo, carece por entero del linaje arquitectónico europeo: parece más próxima a la imaginería adventista (los que creen en la segunda venida de Cristo) o mormona (los que aseguran que los hebreos poblaron Norteamérica 600 años antes de Cristo). La iglesia, por supuesto, parece un disparate, una incoherencia. Quizá por eso resulta interesante.
En las afueras de la ciudad se encuentra el hospital público, también grande, blanco y moderno aunque con toda seguridad más utilizado que la iglesia en cuestión. Cierto desgaste se adivina en sus instalaciones y aunque Costa Rica cuenta con mejores estructuras y servicios que el resto de Centroamérica, participa también de esa especie de laissez-faire tropical mezclado con el autoritarismo funcional que nuestros Estados tan bien fomentan. Supongo que en mayor o menor grado todos hemos chocado con la infranqueable barrera que es un funcionario encaprichado o encabronado; cualquiera, enfrentado a la intrincada maraña de la administración de los servicios estatales ha llegado a la conclusión de que Kafka no era un simple literato sino todo un profeta de mal agüero. Con el tiempo, al noble ideal de la democratización de los servicios asistenciales le sucedió, quizá de modo inevitable, una suerte de tiranía médica que llega al exceso de prohibir ciertas drogas mientras exalta el uso de aquellas producidas por los grandes laboratorios farmacéuticos. Sin embargo, los gestos de esta tiranía no se limitan «a lo público», se extienden también a lo estrictamente individual, a lo privado. ¿Quién no se ha sentido humillado alguna vez por el trato de un doctor, de una enfermera, de un policía, de un burócrata? A veces parecen decir: «No te quejes, recuerda que todo esto es gratis», cuando en verdad uno debería gritar: «No, imbécil, todo esto, incluyendo tu salario, lo pagan nuestros impuestos». El poder, conviene parafrasear, es de quien lo ejerce.
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Mi amiga no tiene seguro médico. Por supuesto, eso no le impidió recibir los servicios médicos necesarios ni una linda factura por diez mil dólares (a razón de 900 diarios) que por supuesto, no sabe cómo pagar. Sin embargo, lo que de verdad la tiene de mal humor es la larga lista de pequeños maltratos que presenció en el hospital: «En la misma habitación —dice— había una señora que después de su operación apenas podía moverse. Un día, el enfermero le trajo la comida, pero ella no podía comer sola y quince minutos más tarde, cuando el enfermero regresó a recoger los platos y vio que aún no había comido, se enojó: "señora, ¿usted no quiere comer?", y se llevó el servicio dejándola con hambre. Se supone que una está aquí para que la atiendan, para que la ayuden con las tareas más simples e imposibles» cuenta mi amiga en un arranque de sano malestar. De vez en cuando, siempre siguiendo su relato, las enfermeras chocaban con las camas al pasar: «Todas estábamos ahí esperando una operación o recién operadas: ¿sabes cuánto duele la menor sacudida en esas condiciones?». Además, me parece, hay un choque demasiado profundo entre una paciente primermundista y un hospital del tercer mundo.
No todo es un infierno; uno siempre encuentra un rostro amable, una sonrisa y ayuda en medio del funcionariado. Y se agradece, claro, porque lo que más se necesita en esas situaciones es algo de comprensión, pero lo que en verdad se espera es un trato profesional. Para eso les pagan, piensa uno. Se supone que son especialistas en el cuidado de un enfermo, de un convaleciente. Sin embargo, los problemas a los que me refiero no son exclusivos de este hospital, ni de este país, ni de este continente; tienen que ver, más bien, con la industrialización de la salud, con el tratamiento objetual —no siempre objetivo— que recibe el paciente-cliente. De alguna manera, en estas circunstancias, uno tiene la extraña sensación de ser una especie de ganado al servicio del Estado, y no al revés. A veces parece que la burocracia no existe para resolver los problemas de la ciudadanía: existe, y punto. Aún a riesgo de generalizar o exagerar, algo parece estar muy mal en la relación entre el Estado y nosotros, sus subordinados...
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«Aquí no tenemos cuarteles pero tenemos hospitales», respondió un amigo tico cuando le conté los avatares de la detención de mi amiga. Como no hay embajada de su país aquí en Costa Rica, una serie de mensajes electrónicos y llamadas celulares con su embajada en México se hizo necesaria (ellos, genuinamente preocupados por la situación de una connacional, están sin embargo demasiado lejos para ayudar). Al final, logramos sacarla del hospital con la cuenta todavía pendiente: comprendieron que era imposible conseguir el dinero con ella adentro, practicamente incomunicada.
Así, el asunto dista mucho de estar resuelto pero al menos ella todavía tiene su brazo (conozco un par de sitios donde se lo habrían amputado a la primera), ya está libre y, por si fuera poco, le dieron un montón de pastillas de codeína, quizá para compartir con sus amigos.
Amigos como yo...
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