El lago Suchitlán (o embalse Cerrón Grande), nació tras la construcción de una hidroeléctrica a mediados de los años setenta. Cuentan que los hacendados fueron debidamente indemnizados, aunque por alguna extraña razón los campesinos no tanto. Luego estalló la guerra y muchos poblados se vaciaron. Suchitoto, población que dio nombre al lago, todavía muestra heridas en sus muros, y a veces en sus gentes. Un pueblo pequeño, donde por fuerza algunos se unieron a la guerrilla, otros a los escuadrones y otros más a la Guardia Nacional, deviene con facilidad infierno grande.
El lago es alargado, y poquísimas construcciones afean sus márgenes. Se intenta una modesta explotación turística pero la contaminación de sus aguas no contribuye a la expansión. La mierda desagua aquí, amén de otros vertidos. No es inteligente comer pescado del lago, mucho menos bañarse en él. Es, en cambio, un buen lugar para tirarse a leer, garabatear algunas notas (tomar algunas fotos) y matar el día en santa paz, sin soldados ni guerrilleros ni bombazos ni nada. Resulta un poco difícil imaginar tanta mortandad: «Ahora aquí la gente muere de aburrimiento —comenta un amigo—, pero antes moría de ejecución». Otro recuerda el inicio de la guerra desde la niebla de la borrachera: «Yo era alcohólico —dice—, alcohólico perdido, y ahora me parece que fue gracias a eso que mi hija no se volvió loca. Aquella mañana, la niña, como siempre, abrió la puerta de la calle para sentarse en los escalones, pero enseguida volvió corriendo para avisar que afuera había unos borrachos en el piso, y que se habían golpeado y sangraban. Salí corriendo, y cabal, eran tres cadáveres maniatados, con tiro de gracia. A partir de ahí comenzaron a “aparecer” cuerpos un día sí y otro también. Una vez, cabal a cien metros para allá, encontramos a una señora y a sus dos hijas, las tres violadas. A la madre le arrancaron el rostro y a una de las hijas alcanzaron a despellejarla a medias». «El problema de esa época —interviene otro— es que no hacía falta ser de izquierda para acabar muerto». La arbitrariedad, entonces, impone el consenso. Y también el descenso.
Comienza a llover y regreso al hostal pensando en la tranquilidad, en la calma de este pueblo en el que no escasean los ebrios de esquina a media mañana, con el pomo de aguardiente de maíz —dulzón, suave al tacto— que aquí llaman chaparro. El otro día, en ese contexto, escuché una discusión desagradable, en la que uno le reprochaba a otro que su padre había sido un guardia asesino, como si el hijo fuera responsable de las progenitoras acciones (lo narro con minimalismo, en realidad fue una disputa expresionista): son las heridas abiertas, y a veces uno se las lame y a veces, si otro las toca, uno muerde. El mamífero se asoma entre el humanismo, se revela y se rebela...
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Desde Guatemala me escribe un amigo acusándome de crímenes de lesa naturaleza: «Hazte una limpia, compadre, que por donde pasas hay calamidad». Es en virtud de estas últimas tormentas que decido quedarme varado en Suchitoto (en náhuatl Xóchitl-Tototl, o flor-pájaro) a descansar un poco del caos capitalino. Llevo días posponiendo el viaje a la frontera, apenas a dos horas de aquí, oyendo la lluvia en el tejado, arrulladora, y el noticiero, estremecedor. Leo y escribo a medias, dormito mucho y parloteo otro tanto. La lluvia, la grisura del cielo, el vapor que emana de la tierra, todo estimula la pereza, la contemplación, la meditación y desde luego, la automedicación.
Salgo en pos de un vino chileno, arrastrando las chanclas entre charcos y piedras. En una esquina, unos chicos se reúnen no en torno a una ghettoblaster, sino al amparo de un celular con emepetrés. Suena un hip-hop demasiado urbano para este pueblo y, en comparación, eso me alegra el diapasón. Todo los días, en todos lados, se oye inoportuna esa maldita música ranchera que el imperialismo televisivo mexicano exporta, y en el comedor en el que almuerzo me acompañan las telenovelas aztecas, tan moral-costumbristas ellas. Luego, para variar, se escucha un reguetón de refinada chabacanería poética —«¡de pinga, caballero!», dirían en mi pueblo— y también una exasperante canción «romántica» que gime con tesón. Cosa rara esta globalización que se empeña en saltar de un sitio a otro; para paliarla me encierro en el cuarto, enciendo la tele y salto de CNN a Telesur, saboreando las filias y fobias de unos y otros (en las habitaciones aledañas se alojan un inglés y un español, ambos con sus respectivos futboles a todo volumen). Descorcho el tinto, llamo a un amigo en Panamá y hablamos del estado del mundo, que a ambos nos parece irremediablemente provinciano en el fondo. Es la maldición de quien creció con la ciencia ficción, soñando con el universo y la robótica como única progresión. Quizá por ello admiro a Stephen Hawking, el más evolucionado de los nuestros: su apéndice es una computadora, su voz un sintetizador y su movilidad unas ruedas mecanizadas, próximo escalón de la especie. Su pensamiento, por cierto, parece posthumano, aunque algunos lectores creyeron que hablaba de Dios...
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Desvarío, claro, atrapado entre el materialismo y la religiosidad del mundo que me rodea. La dialéctica y la metafísica chocan en el cielo desparramando su incontinencia sobre uno (en constante movimiento la tormenta se desvanece en la nada), y aquí en la tierra, las múltiples fes se encargan de arruinar un presente de por sí frágil, a la vez que concreto, cotidiano e incomprensible. Lo único que se repite cada día es el hoy; cada día me digo que hoy podré continuar el viaje (los meteorólogos siempre anuncian que mañana dejará de llover) y mientras espero me entrego a la dulce práctica del nihilismo organizado: despierto a las siete a.m. y no hago nada hasta las tres de la madrugada, hora en que por fin vuelvo a dormir. El resto del tiempo lo dedico a soñar despierto, actividad agotadora donde las haya.
Así se acaba por ahora El Salvador, tierra dinámica y lenta, moderna y preindustrial, feudal y contemporánea, violenta y pasiva, bella y sórdida, orgullosa y acomplejada. Ahora se adentra en la socialdemocracia, titubeante, atrapada entre (perdón por el lugar común) la vieja derecha oligárquica y la antigua izquierda ortodoxa. Los discursos de unos y otros parecen remedos de la Guerra Fría, y reiría si no fuera por el hecho de que muchos se los toman en serio, puntos y comas incluidos. En medio, claro, un mundo vibrante, tan complejo y contradictorio que ningún manual ideológico acierta a descifrarlo o contenerlo. La violencia juvenil, consistente pero de ninguna manera totalizante, es el mejor reflejo de este estadio (escapa a todo esta violencia). Hijos de la guerra, se aburren en tiempos «de paz» y la representan de mala manera. El retorno de miles y miles de refugiados reconfiguró la sociedad al traer valores otros, no sé si mejores o peores pero sin duda transformadores...
En definitiva, un país normal, como tantos que hay por ahí. Mañana, pues, si los meteorólogos no mienten, me hundiré en Honduras. A ver qué pasa.
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