Tras dos semanas de intenso trabajo e insomnio decidí tomarme tres días de absoluto inhacer, dos de los cuales los pasé durmiendo —o al menos tirado en la cama, con un par de libros al lado y el televisor en un canal de películas— y al tercero, al renacer, me fui a la parte vieja de la ciudad con la sana intención de vagar el día entero, sin más preocupación que el acaso ni más prisa que el pasado mañana. Así, me fui a desayunar al Café Coca Cola, que pese al nombre es uno de los símbolos de la panameñidad urbana, abierto en 1875 y que adquirió, en los albores del siglo XX su nombre actual. Ocurre que Cuba y Panamá se disputan el dudoso honor de ser los primeros países en recibir, e incluso embotellar dicha bebida (recuérdese, por ejemplo, que la Cuba Libre fue inventada tras la guerra cubano-española-americana, o como quiera que se llame, para celebrar la nueva «libertad» isleña mezclando Coca Cola estadounidense y ron cubano).
El Café, que sin duda vivió mejores épocas, es ahora una especie de templo proletario en una esquina del parque Santa Ana, en el barrio del mismo nombre, con mesas de formica ideales para el dominó e indolentes meseras que ocultan la sonrisa con profesionalismo y pundonor (hay días en que es imposible arrancarle una sonrisa a una mesera, o a la china de la tienda, o al chofer del taxi o a las recepcionistas de la pensión. Sé que cualquiera tiene un mal día —yo el primero— aunque sé también que si me dieran propinas por cada sonrisa prodigada me la pasaría con una permanente en los labios. Una tarde, después de haber pasado varias horas escribiendo y bebiendo cerveza en uno de mis bares habituales, y tras muchos infructuosos intentos por recibir una sonrisa de la morena de siempre, ésta, al terminar el turno y pasar a mi lado, me sonrió a modo de despedida. Aquello me distrajo un buen rato, preguntándome porqué diablos durante el trabajo no sonríe y al salir sí. Entiendo que a nadie le gusta trabajar, que si se tratara de una fábrica nadie le exigiría una sonrisa y, al contrario, se consideraría distractivo y de «mal gusto», pero tratándose del mundo de los servicios, la sonrisa es sin duda parte importantísima del trabajo).
Por el Café Coca Cola han pasado toda suerte de personalidades foráneas y nacionales. El Che Guevara se detuvo aquí en su ruta rumbo a la Guatemala de Árbenz, aquí almorzaba William Burroughs durante su estancia en Panamá y son también famosas las imágenes de la golpiza que el entonces candidato a vicepresidente Billy Ford recibió en las afueras del café a manos de los indignos «Batallones de la Dignidad» del general Noriega (tan idénticos a las «Brigadas de Respuesta Rápida» cubanas), durante los últimos estertores de su régimen, ante la servil mirada de la policía antidisturbios.
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A una cuadra del café, sobre la Avenida Central, se entra a un callejón llamado Salsipuedes. A fines del siglo XVII el callejón era visto con temor (de ahí el colorido y explícito nombre) y los pudientes, honorables y coloniales habitantes de San Felipe no se acercaban al mismo, al menos no si eran de verdad decentes (los que se adentraban lo hacían en busca de opio o de «trabajadoras sociales», y si salían era trasquilados). Salsipuedes se encuentra justo en la frontera entre los barrios de San Felipe y Santa Ana, siendo el primero el de los ricos y el otro no, y baja desde la Avenida Central hasta el mar, donde antes se encontraba el Mercado Público.
En el siglo XIX, con la llegada de una gran migración de comerciantes chinos y su apropiación de la zona baja de Santa Ana, el callejón se volvió comercial y populoso, lleno de especias, perfumes, adornos y, en fin, chinerías varias. Salsipuedes se convirtió en escala obligatoria de las amas de casa de la ciudad, y del interior venían hombres y mujeres a realizar sus compras. Con los años el paisaje cambió; en algún momento hubo tiendas departamentales que acapararon el comercio hasta que el abandono generalizado del Casco Viejo acabó también con ellos. Entonces volvieron los buhoneros que son dueños de este callejón de apenas tres cuadras de largo en el que sólo se puede caminar por las aceras, a cuyas veras hay negocios variopintos, incluyendo una tienda esotérica llamada Rincón Yoruba, y oscuras cantinas, y en el centro de la vía, un enredo de puestos de artesanías, chucherías y libros usados, todos de techo bajo.
Son los libros los que le dieron nueva vida a Salsipuedes, sobre todo los escolares, que se reciclan de curso en curso, revendiéndose y recomprándose. Hay también novelitas baratas, de esas que llaman «románticas», viejas revistas ilustradas, elepés y casi cualquier cosa usada que uno pueda concebir o necesitar. También hay ropa, zapatos, sombreros y juguetes baratos. Se trata de un microuniverso en el que no falta el ebrio que duerme la mona en un rincón, el que grita en demasía, ni el regateo perpetuo. La oscuridad, sin duda, es parte del encanto del callejón.
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Salgo al mar por la otra boca de Salsipuedes —¡sí se puede!— y recorro los quinientos metros que me separan del maloliente Mercado de Mariscos, una construcción moderna, junto al mar, donada por el gobierno de Japón para sustituir al antiguo Mercado Público. La pestilencia del sitio se debe a una sana mezcla de cadáveres del mar y mierda de zopilotes y pelícanos, que conviven en espera de que algo caiga en sus picos, y a veces se baten hasta que algún pelícano fenece y los zopilotes se dan banquete (los pelícanos, que en los dibujos animados se ven blancos y bonitos son aquí grises, sucios y «despeinados»). Pero el ceviche es excelente y por eso, pese al aroma, me instalo un rato ahí. Devoro un combinado con corvina, pulpo, camarones y no sé cuántos bichos más, mientras veo el trasiego de pescados y mariscos desde el pequeño puerto que lo nutre, a un lado del mercado. A veces, en las madrugadas, tras la fiesta paso por el mercado de regreso a casa, cuando los primeros pescadores vuelven con sus presas y los gatos, ante la ausencia de las grandes aves, pueblan sus pasillos y alrededores.
Aunque narro todo esto a velocidad indecente, lo cierto es que viví el día con calma extrema, de modo que atardece cuando enfilo por la cinta costera rumbo al barrio que me contiene. El mar a mi diestra, el río de automóviles a mi siniestra. Mientras me alejo, los zopilotes me miran con curiosidad y un minúsculo gatito amarillo me sigue un rato sabiendo que soy un felino disfrazado de humano. Al llegar a la pensión, cansado y sudoroso, sonrío con amabilidad y saludo a la recepcionista, que no es la misma de la mañana: «Buenas tardes, señora, ¿cómo está usted?», pero la cabrona se limita a gruñir y a tirar las llaves sobre el mostrador.
Algún día tendré que salir de aquí.
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