Detectives y piratas

Barcelona, 2009


Es raro. Siempre he hecho lo que me da la gana; me resulta difícil establecer barreras entre placer y trabajo, que suelen, para mí, significar lo mismo. Cuando los chicos con los que vivo me «regañan» un sábado en la noche por estar pegado a la computadora, y luego, a las cinco de la mañana, cuando vuelven a casa, sigo ahí, como si no me hubiera movido, no comprenden que no estoy «trabajando», sino pasándola bien. Desde luego, esto no indica que dedique todos los fines de semana a teclear, sino que la barrera entre horario laboral y ocio a veces es confusa, etérea. Tenía quince años cuando entré de aprendiz a un periódico; desde entonces todo lo que he hecho está relacionado con los medios impresos o con la comunicación visual. Eso trataba de explicarle a mi roommate: Hago lo que me gusta hacer, y encima me pagan por ello; pero a él le resulta extraño, como a cualquiera que realice un trabajo que poco o nada tiene que ver con sus placeres íntimos.

De todos los terrores contemporáneos el que más me incomoda es el del trabajo perpetuo: Siempre en la misma empresa, en el mismo puesto, en la misma mesa, con la misma rutina por el resto de la existencia. Por eso, aunque comprendo a quienes se aferran con uñas y dientes a su empleo, soy, en el fondo, incapaz de sentirlo, o de percibirlo en un sentido íntimo, visceral. Es decir, me parece un problema para quien está a punto de perderlo, y lo compadezco, pero cuando me ocurre a mí lo único que soy capaz de pensar es que se trata de una oportunidad para comenzar de nuevo, dar rienda suelta a mis fantasías laborales. Al final, vivo reinventándome; cada vez que alguien me habla de la reencarnación, de recuerdos de vidas anteriores o de cualquier otra lindeza semejante me digo que en cierto modo, despojado de misticismo y teología, renazco de vez en cuando.

Estas últimas semanas las he dedicado a hacer entrevistas, lo que ha disparado mis deseos de realizar ciertos cambios en mi vida: Oír a los demás hablar de sus experiencias, trabajos y proyectos me anima a ello. Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en un cambio es precisamente el asunto de los trabajos y los cobros. Una mezcla de optimismo, ansiedad y miedo se apodera de mí mientras me estrujo el cerebro en busca de soluciones viables, de un «algo» que me saque de aquí, considerando que no me refiero sólo al lugar en que me encuentro, sino al conjunto de situaciones que conforman mi vida actual.

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Eso pensaba el otro día, cuando pasé frente a una agencia de detectives privados y me quedé hipnotizado ante el cartel, soñándome ya como un personaje de Hammett o de Chandler. Durante instantes eternos me quedé con el dedo a escasos milímetros del timbre, dispuesto a pedir trabajo; sin embargo, conforme pasaban los segundos comencé a decirme que lo más probable es que éste consista en vigilar a un marido adúltero en sus escapadas al motel o al burdel, lo que me obliga a preguntarme cómo demonios podría arreglármelas para pasar desapercibido durante un seguimiento. Además, ya no se estilan la gabardina y el sombrero, indispensables en todo detective que se respete, por no hablar de la Smith & Wesson, que encima es ilegal. Luego, googleando, comprendí que aparte de los asuntos familiares, el grueso del trabajo de un detective consiste en hurgar en la vida privada de los empleados de una empresa (incluyendo informes sobre consumo de drogas o conducta sexual), investigaciones financieras, de seguros, de propiedad intelectual y unas pocas agencias se dedican al «contraespionaje» industrial... En resumen, nada que excite mi romanticismo, mucho menos la escasa ética que poseo.

También se reavivaron mis infantiles sueños de corsario al enterarme que en Suecia se presentó a las parlamentarias europeas el Partido Pirata (su logo, claro, es la bandera negra) y que obtuvo un nada desdeñable siete por ciento, a pesar de habérsele prohibido participar en el debate televisivo, y que se tradujo en un escaño. Lo interesante del Piratpartiet es que sus «únicos» objetivos en el Parlamento son reformar la Ley de derechos de autor, abolir el sistema de patentes en la industria farmacéutica y desmantelar los mecanismos de vigilancia electrónica sobre los individuos. No se mete en temas de política internacional ni discute sobre el aborto o la inmigración. Su objetivo es claro y no se sale de éste. Desde luego, si se tratara de elecciones presidenciales nadie le habría hecho caso a los piratas, pero tratándose de obtener representantes ahí donde se gestan y votan las leyes, resulta por lo menos importante que exista un partido (porque parece ser el único) dispuesto a discutir sobre la base misma del capitalismo: la propiedad, en este caso la intelectual.

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El tema de la piratería se ha vuelto recurrente en los últimos diez años, poniendo en un mismo plano la copia privada (que incluye el intercambio no lucrativo entre individuos) y la venta de copias ilegales. En cuanto al primer punto, se trata de una práctica social de larga data: está en nuestra naturaleza compartir aquello que más nos place o que consideramos importante. Así se transmite el conocimiento, el gusto, la cultura. Durante siglos hemos estado embarcados en la creación de tecnologías para duplicar la información, y ahora, después de tanto invento y comercio de máquinas para copiar y transmitir conocimiento, pretenden que no las utilicemos, que es ilegal hacerlo. Hay algo de absurdo en todo ello, de antinatural, en el sentido más profundo del término.

En cuanto al lucro con la propiedad ajena la cosa se complica: la producción y el consumo de piratería obedecen también a la ley de la oferta y la demanda, y en el fondo de todo se encuentra la muy discutida propiedad intelectual. No es que piense que los autores deban carecer de derechos sobre su obra (por el contrario, el punto es que en la mayoría de los casos la propiedad la detenta un tercero), sino que la verdadera discusión es el derecho de los ciudadanos al libre acceso al conocimiento. Cierto, estoy hablando de bienes culturales cuando en verdad la piratería se extiende a todos los bienes de consumo; pero si me centro en los primeros es porque ahí ocurre el fenómeno que me interesa: por un lado el lucro ilegal con el trabajo ajeno, sí, pero por el otro, el libre intercambio de la información y los conocimientos culturales. El asunto es que a ambos procesos, por igual, se les conoce como piratería... y a las patentes sobre medicamentos o semillas, en cambio, se le llama negocio.

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Mientras tanto, sigo sin decidir qué hacer con mi vida, hacia dónde ir, en un sentido más que geográfico. Lo que está claro es que hoy soy pirata, tal y como lo fui de niño y lo seré de viejo.

Barcelona

 

 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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