De cementerios y mercados

Deconstrucción celestial. Quetzaltenango, 2010


A lo largo de un día normal el clima cambia tres o cuatro veces: se nubla, clarea, llueve, sale el sol, y entretanto el mercurio del termómetro sube y baja varios grados. Amanece a las cinco y media; una fina llovizna me invita a sentarme a fumar en el pasillo exterior, con la montaña al fondo. La lluvia arrecia acelerando el peculiar tamborileo de las gotas sobre los techos de lámina de la parte vieja de la ciudad. Salgo. Camino hasta el cementerio (no pregunten qué hago en un camposanto ajeno un domingo a las siete de la madrugada: yo tampoco lo sé) y recorro sus veredas entre criptas clásicas o modernistas y multicolores nichos populares. Aunque la muerte sea inevitablemente igualitaria, las estructuras de clase llegan hasta el cementerio, que es algo así como la última escala terrenal. De pronto, un bello paisaje de ángeles decapitados se deja ver. Pregunto el motivo y la respuesta me sorprende por su ligereza: «Oh, se las han arrancado a balazos». Claro, cómo no se me ocurrió antes...

En el portón, un letrero advierte que por motivos de salud se prohíbe la venta de alimentos en el cementerio; afuera, unas señoras venden flores y otras comidas y bebidas. Bebo un vaso de chocolate con arroz, una poderosa mezcla capaz de levantar a un muerto y hacer que ande. Y eso hago: me pongo de pie y comienzo a caminar hasta un mercado que sin ironía alguna se llama La Democracia, ahí donde piratería y legalidad conviven en plural armonía y corrupción.

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Jacobo Árbenz Guzmán nació en esta ciudad en 1913. En 1950 se convirtió en el segundo presidente democráticamente electo en cien años de independencia guatemalteca. Era un militar liberal, según algunos biógrafos fue su esposa, una aristócrata salvadoreña, quien lo acercó a las ideas de izquierda, que ella leía con avidez. Sin embargo, el objetivo de Árbenz no era el socialismo sino el desarrollo del capitalismo nacional: «Convertir a Guatemala de país atrasado y de economía predominantemente semifeudal en un país moderno y capitalista», era su objetivo y así lo pronunció durante la toma de posesión. En tanto capitalista liberal Árbenz se opone al monopolio como eje del desarrollo económico; en tanto político social-nacionalista (no confundir con nacional-socialista, que se parece pero no es lo mismo) se oponía, claro, al monopolio extranjero.

La historia de la primera mitad del siglo XX en Guatemala está indisolublemente unida a la de la United Fruit Company, empresa que nació como un negocio tangencial de cierto marino y comerciante norteamericano que entre el resto de sus mercancías comenzó a llevar plátano de Jamaica a Estados Unidos, fruta hasta entonces desconocida en la Unión. A los pocos años, la venta de plátano ya se había convertido en su principal negocio, y se instituye la Boston Fruit Company con grandes extensiones de tierra (y exenciones de impuestos) gracias a un acuerdo con el gobierno costarricense. El crecimiento de la compañía en Centroamérica se acelera al inicio del siglo XX y ya para los años cuarenta, la United no sólo monopoliza en Guatemala la producción de plátano, también los ferrocarriles y el único puerto moderno del país. Es decir, controla el movimiento de mercancías, así interno como exterior.

El recién instaurado gobierno de Árbenz, sin duda bajo inspiración cardenista (su otro héroe era Roosevelt, cuyas políticas sociales transformaron Norteamérica), propone un plan de nacionalización y una reforma agraria que tiene como principal aunque no único objetivo a la United Fruit Company. Es interesante que a la postre fueran los propios tejemanejes de la compañía los que la pusieran contra la pared. Durante décadas la empresa había subvaluado sus tierras en aras de minimizar su carga fiscal. Cuando Árbenz inicia el plan de expropiación y consecuente indemnización tasa las tierras de la United según las propias declaraciones de impuestos de la empresa (si mi memoria no falla, algo así como medio millón de dólares), y ésta reacciona exigiendo una indemnización de varios millones, quizá por encima de su valor real.

Puesto que la defensa del monopolio no estaba de moda en los Estados Unidos, la empresa organiza una cuidadosa campaña de prensa en tenor con los lineamientos de la Guerra Fría, acusando al gobierno de Jacobo Árbenz de comunista. Desde luego el proyecto arbenzista atrajo a la izquierda latinoamericana (mis abuelos, por ejemplo, se conocieron aquí en esa época) pero la influencia de éstos en las decisiones de Estado era mínima, si no es que nula. Nacionalización y reforma agraria no eran proyectos exclusivos de la izquierda, también la «derecha social» apeló a ellos y desde luego las burguesías nacionales, que aspiraban al control de la producción y los mercados internos. Fue esta confluencia de intereses entre diversos y antagónicos sectores de la sociedad lo que aceleró el proceso, acelerándose también la caída del propio Árbenz.

La campaña anticomunista en Estados Unidos rendía frutos. El proyecto de Árbenz era sin duda revolucionario, pero difícilmente socialista: en realidad se parecía más a las revoluciones burguesas descritas por Marx en el siglo XIX que a los proyectos de inspiración comunista del XX. Aún así, diversos congresistas y senadores (casualmente algunos de ellos poseían acciones de la United) comenzaron a exigir una intervención en Guatemala con la habitual excusa de la defensa simultánea de los intereses norteamericanos y de la democracia, salvando el pequeñísimo detalle de que el gobierno de Árbenz era el justo resultado de un genuino proceso democrático que por fin enorgullecía al país. Así, un día de 1954 los aviones estadounidenses aparecieron en el cielo, se intensificaron las actividades de grupos disidentes de las Fuerzas Armadas (también financiados con dólares) y en julio de ese año el presidente fue obligado a renunciar y a exiliarse, hasta su muerte en la ciudad de México, en 1971.

Luego vendría la guerra civil...

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No es extraño que en estas tierras abunden los poetas; la propia melancolía del entorno parece estimular la versificación y la metafísica. Cierta languidez domina a esta ciudad sumida en la niebla dominical y las poderosas ganas de hacer nada se instalan en mí con inusual fuerza. Sin embargo, hace días que quiero salir de aquí; es el lamentable estado de las carreteras tras el paso de Agatha lo que me obliga a aguardar un poco más. Un poco de normalidad parece conveniente antes de continuar el viaje. Los daños estructurales no sólo afectan a Guatemala, buena parte de Centroamérica sufrió los efectos de una tormenta cuyas secuelas sin duda serán recordadas durante mucho tiempo (no hay día en que el noticiero no muestre imágenes de la devastación).

Mientras tanto, recorro cementerios y mercados en busca de inspiración. Y si no, siempre queda la fascinante historia de este país como refugio en estos largos días de lluvia, sol, lluvia, niebla, sol, niebla, lluvia...

Quetzaltenango
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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