Las bolsas de basura se acumulan en la esquina, quizás más que de costumbre. Es una extraña costumbre, pues en lugar de usar contenedores de basura, ésta se acumula en el piso hasta que el bulto es tal que se vuelve necesario el uso de una pequeña grúa, cuya pala recoge los detritos y los lanza dentro de la caja de un camión. Parece un proceso enrevesado, y sin duda más caro que el habitual pero es, parece, la costumbre en esta calle.
En las noches aparecen los «menos favorecidos» —eufemismo con el que se identifica a los pobres de la urbe, la mayoría de piel oscura— a hurgar entre las bolsas en busca de latas de aluminio y cualquier otro residuo vendible o incluso comestible, actividad esta última en la que compiten con gatos, perros y unas aves que a la distancia parecen cuervos de plumaje opaco. No dudo que ratas y ratones participen también del juego, así como cucarachas de diversas tallas. Para realizar su trabajo, los buscadores deben abrir todas y cada una de las bolsas, desparramando aún más la basura contenida. El espectáculo, en conjunto, me parece un tanto sórdido, si es que el adjetivo abarca su totalidad lo que veo en esa sucia esquina.
Esa sucia esquina está justo bajo mi ventana y es el paisaje que me recibe cada vez que me asomo a fumar un cigarro. Durante la última semana, entre las tormentosas lluvias que se han dejado caer por estos lares y la inmensa acumulación de trabajo de corrección y edición que me he echado encima, apenas he salido de mi estrecha habitación, donde las voces del televisor hacen las veces de compañía. Así, sin salir más que a lo esencial —comer, estirar las piernas, respirar el aire nauseabundo de la avenida— no he hecho otra cosa más que leer, leer y leer, mas no como el divertimento que de habitual es, sino con la presión de no saltarme una línea, pues todas deben ser revisadas y corregidas. Para alguien obsesionado con la lectura y las posibilidades del lenguaje se trata de una actividad hermosa, y por ello mismo extenuante.
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Mis horarios se han vuelto a invertir. Ya la luz de la mañana ilumina la habitación cuando comprendo que es hora de dormir. Despierto al mediodía y retomo el trabajo justo donde lo dejé cinco horas antes, como si sólo hubiera hecho una pequeña pausa. Pese a todos mis esfuerzos por mantenerlo bajo control, el obsesivo-compulsivo asoma su sucio rostro, ríe con esa gutural carcajada que tan bien conozco y, sin misericordia alguna, se apodera de mi modesta existencia. Entonces dejo de ser libre, obligado como estoy a plegarme a sus extenuantes ritmos de trabajo, a comer una vez al día, a dormir cuatro o cinco horas. A no ver a nadie, so pena de distraerme con superficialidades sociales.
Quizá lo más difícil en mi mundo individual sea la relación entre el yo y el otro yo, una dualidad a la que no puedo escapar. Pese a los intentos por ocultarlo o al menos subordinarlo al yo habitual, el otro aparece de vez en cuando y acaba controlando todo lo que soy. Es el yo que adora la soledad, el silencio y el trabajo compulsivo; para quien las humanas relaciones son un estorbo innecesario, las conversaciones —así sean telefónicas— un dolor de cabeza y cualquier forma de socialización, incluso las más superficiales, una obligación agobiante.
Pero no es ese un yo que sufre, al contrario, es el yo capaz de aislarse del sufrimiento, de desinteresarse de cualquier otra cosa que no sea el Proyecto, cualquiera que sea el que le obsesione en un momento dado. Ese yo requiere del silencio mientras el otro se nutre de mil encuentros y conversaciones. Uno ama el encierro, el otro la socialización. Uno necesita sufrir la vida y el otro sufre si se conecta con ésta. Y son esos dos yos los que construyen al que soy; entre ellos me debato y a cada uno le otorgo su espacio en aras de mantener algo cercano al equilibrio y la ecuanimidad...
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Fumo mirando por la ventana —la madrugada avanza con lentitud y pasmo—: afuera, un hombre duerme en una banca del parque, otro camina dando tumbos por la avenida, un automóvil pasa a toda velocidad. El sereno de la mueblería de junto camina de un lado a otro de la calle, no sé si para evitar dormirse o para mover los músculos en esta noche fresca y húmeda. En algún momento alza la vista y me saluda con un gesto, ya habituado a mis nocturnos horarios.
Vuelvo a la computadora, donde corrijo un libro de sociología lleno de terminajos y frases subordinadas (una idea dentro de otra, y luego dentro de otra más). Recuerdo los días en que vivía sólo de hacer correcciones, y sonrío. Recuerdo mañanas en que me despertaban sueños en los que corregía libros y, al abrir los ojos, pensaba que era una broma de muy mal gusto comenzar a trabajar antes de salir de la cama. Y lo mismo me ocurre ahora, que no sé si estoy despierto o si aún duermo. De pronto alzo la mirada y ya es de día, aunque la grisura es densa y elocuente: En efecto, media hora más tarde comienza a diluviar y la cortina de agua me cierra la vista, enmudeciendo el paisaje urbano.
Hago una pausa con el texto sociológico y abro un archivo con relatos de terror, que corrijo con menos tensión, mayor placer. Me sumerjo en los submundos narrados, llenos de muertos, fantasmas y demonios (en uno de los cuentos, leo: «Sufría de insomnio, y ese no es un mal agradable»), y cuando vuelvo a la ventana ya es de noche, aunque la lluvia no amaina ni su bramido se silencia. Salgo entonces en busca de comida —necesito cadáver de res— y camino pegado a los edificios para no mojarme, o no demasiado, y a dos cuadras, en una esquina solitaria tropiezo con muerto despatarrado en plena acera. Reparo en la presencia de una patrulla policial, parqueada a escasos metros del cuerpo y miro a los guardias con ojos inquisidores. Uno de ellos, el que parece el jefe, dice que no me preocupe: «Es sólo un borracho más, al rato resucita», y los otros policías ríen, y yo también, aunque no muy convencido. El «muerto», en todo caso, apesta a aguardiente y orín.
Mientras ceno, leo las últimas noticias del caso que aturde a Panamá desde hace varios días: la muerte de dieciséis personas y el contagio de otras cincuenta en un hospital público de la ciudad, a causa de una nueva cepa de bacterias (o una mutación) resistente a los antibióticos habituales y que, al parecer, se acumuló en sus quirófanos. Así, uno va al hospital a curarse y acaba peor, incluso muerto. «Pero lo bueno —dice un comentarista radial—, es que eso sólo afecta a los que utilizamos el Seguro Social». Pago la cuenta. Al volver a la pensión paso junto al bulto de basura, donde un hombre bucea en busca de latas u otras cosas útiles.
Esta noche tampoco duermo.
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