Pretendo tomar el directo Tegucigalpa-Managua, pero la encargada de la compañía de buses alega que eso no es posible: «Su visa venció hace tres días, señor, y así no puede viajar con nosotros». Maldigo dos o tres veces y luego tomo la decisión de ir directo a la frontera para arreglar el problema in situ. Un taxista me recomienda un busito que hace el trayecto. Llego a la terminal y pregunto si van a la frontera. «No —responde el chofer—, éste sólo va hasta El Paraíso; de ahí es media hora al otro lado». No se trata, en rigor, de una experiencia religiosa mas convengamos en que algo de paranormal hay en ese adquirir un boleto al más allá. Sin metafísica, pues, abordo el bus.
Dos horas más tarde llego a El Paraíso, y casi una hora después al puesto fronterizo, donde el desastre se hace evidente. La multa por la visa vencida es enorme, y no tengo efectivo para pagarla. Además, dice la encargada, tengo cinco días para abandonar Centroamérica. Intentaré explicarlo: hay dos Centroaméricas; la geográfica, que comienza en el sur de México y acaba en Panamá, y la del tratado migratorio, que se compone de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. El tratado migratorio implica dos cosas; la primera, que los ciudadanos de estas naciones pueden moverse libremente por los cuatro países (hay fronteras, claro, pero basta el documento de identidad para cruzarlas); y la segunda, que los extranjeros adquirimos una misma visa para los cuatro países, y sólo puede ser renovada al salir de esta Centroamérica (es decir, al salir hacia México o Costa Rica). Así las cosas, la empleada de migración me dice que mejor vuelva a Tegucigalpa a pagar la multa en la oficina central de migración, donde será más barata que en la frontera, y de cualquier forma, sólo me darían cinco días más, suficientes para cruzar Nicaragua hasta la frontera costarricense.
La situación es grave. Para un escritor pobre un sablazo de casi doscientos dólares es tan doloroso como una patada en el testículo izquierdo, o más. De cualquier forma, debo volver a El Paraíso en busca de un cajero. En el centro del pueblo encuentro a un par de vividores que se ofrecen a cruzarme la frontera por un «punto ciego» a un par de kilómetros del puesto fronterizo. En una situación de emergencia la opción es válida, pero en mi caso sólo significa la continuidad del problema: de todas formas estaría en Nicaragua ilegalmente y al salir la multa sería peor. Además, ¿puedo confiar en un par de desconocidos que se ofrecen a cruzarme de noche por el monte? Luego de mucho conversar llego a la conclusión de que lo más sensato es volver a intentar el cruce más tarde, al anochecer, tratando de pagar un soborno más modesto que la multa.
*
Llego a la frontera a las seis de la tarde, cuando ya está oscuro, y no sólo no logro pasar, sino que pierdo el dinero del soborno y acabo detenido en condición de extranjero indeseable y endeudado con el Estado hondureño. Es así como me encuentro en este purgatorio (o limbo, no sé bien) que es la tierra de nadie entre los dos países, una franja de apenas cien metros donde la ciudadanía no existe y los policías y soldados mandan. «Mañana —dice el jefe del puesto migratorio— te llevamos a El Paraíso para que retirés dinero y pagués la multa». Es un hombre simpático e inteligente, de mediana edad, que se queja del operar de la policía: «Te quitaron el dinero y te entregaron», dice, ladeando la cabeza en señal de desaprobación. Un buen tipo con un mal trabajo, pienso. «No quiero hablar mucho de eso —continúa— pero aquí la policía tiene unos métodos un tanto retorcidos». Le duele, como a tantos otros, la crisis que atraviesa el país. La empleada de migración que me atendió al mediodía pasa a verme, preocupada: «Esto es una grosería —se indigna—, si agarraron el dinero lo menos que podían hacer era ponerte los sellos y dejarte pasar». Eso mismo pienso yo, respondo: Ya no hay respeto...
Mi detención, claro, no es física. No estoy tras las rejas ni nada por el estilo. Basta con que retengan mis papeles para no tener a dónde ir (encerrado entre dos países, pienso). Me dan una milimétrica colchoneta para pasar la noche en una estrecha y desvencijada oficina de madera, con el viento de la montaña colándose entre las tablas. La escena es profunda: la noche, el pedazo de carretera lleno de trailers que deben ser revisados, la soledad existencial. Los policías, diez o quince años más jóvenes que yo, me tratan de «muchacho». Es lógico, ellos tienen pistola, uniforme y un trabajo serio; yo sólo soy un escritor errante, barbudo y pelilargo. «¿Vas a escribir sobre esto, muchacho?», preguntan con interés. Respondo que desde luego, que por nada del mundo me perdería esta historia, y me dejan en paz. El televisor está encendido. El noticiero anuncia que el retorno de Mel Zelaya se pospone indefinidamente y río ante la ironía: a fin de cuentas, si me quedé una semana más en Honduras fue por ese supuesto regreso suyo.
Duermo mal, despertando cada dos horas, sin quitarme las botas por si tengo que correr. El frío cala y no tengo nada para taparme; además, una violenta migraña me aqueja, sin duda por el esfuerzo de sacar cuentas e imaginar cómo demonios voy a sobrevivir tres semanas sin los doscientos dólares que me está costando el asunto. En la madrugada despierto una vez más y, harto de todo, preparo un buen porro y lo fumo entre los camiones, compartiéndolo con un par de choferes: A fin de cuentas, pienso, ya estoy detenido, ¿qué más me puede pasar? Entonces, como un bebé, duermo hasta las ocho.
*
Despierto con los huesos helados y los músculos tiesos. La migra me lleva hasta El Paraíso para retirar el dinero del banco —la gasolina la pago yo, claro— y luego comienza el trámite burocrático de mi liberación (todas las instancias sacan fotocopias de mi pasaporte, cosa que me pone de peor humor). Del lado hondureño, carteles de la Policía Preventiva con su lema («Dios, Patria, Servicio»), y de la Dirección Nacional de Servicios Especiales de Investigación («Dios, Ciencia, Seguridad»), pero cuando llego al lado nicaragüense me recibe un gigantesco póster con el sólido rostro de Daniel Ortega y una críptica leyenda: «Nicaragua cristiana, socialista y solidaria». Esto va de mal en peor, pienso, y me pregunto en qué quedaron las revoluciones liberales del siglo XIX, la separación entre Iglesia y Estado, entre política y religión: ¡¿Dónde ha quedado el sacrosanto laicismo?!, grito para mis adentros. Por fin, a las once de la mañana, logro posar mi bota izquierda en territorio nicaragüense y, con tremenda elegancia, bártulos a cuestas, corro en pos de un bus que se aleja tierra adentro.
Por fin, dejo atrás El Paraíso...
León| < Anterior | Siguiente > |
|---|